lunes, 27 de diciembre de 2010

Incurable adicción


“Hola. Mi nombre es J y soy bibliófilo, un adicto a la compra y la lectura de libros”. Estas serían mis palabras iniciales si existirá un grupo u organización que tratase la adicción a las letras y yo me presentara en una de sus reuniones buscando evitar las visitas a las librerías, la compra de libros y la lectura a ojos llenos, pero cómo no existe un grupo de ayuda cómo tal, tendré que seguir padeciendo, gustoso, mi obsesiva adicción por la literatura.
Los libros me embelesan, son objetos de papel letrado que tienen un efecto hipnótico en mí. No existe tienda, ya sea de autoservicio, abarroteril o departamental, en la que no me dé una vuelta por la sección de libros y revistas cuando sé que el área existe dentro del lugar. Por desgracia, las editoriales surten mucho libro de contenido chatarra, contenido que raras veces nutre el intelecto y en cambio hace más morbosas y baquetonas a las neuronas; aun así es posible pescar buenos títulos en las tiendas cuyo eslogan evoca una invitación a llenar la alacena y el refrigerador. La empresa de buscar y encontrar buenas obras literarias es mucho más fácil en las librerías que son exclusivamente librerías. Sin embargo, y casi al borde de la desesperación, he encontrado buenos ejemplares en los mercados misceláneos, y a precios de risa. Hace cómo cinco meses, en un lote de saldos del supermercado que ostenta la frase “aprecio por ti”, encontré la novela Memorias de una superviviente, de Doris Lessing, en una excelente edición debolsillo que me costó menos de cuarenta pesos. El libro de la escritora inglesa me cerró el ojo quince días antes de que me decidiera a comprarlo, o más bien de que pudiera comprarlo, ya que la raquítica economía que me acompañó durante todo el año, con unas subidas desmoralizantes y unas bajadas de pánico, imponiéndose las segundas, no me dejó llevarme la novela de Lessing, a pesar del bajo precio, cuando se dio nuestro primer encuentro. Cada vez que iba a surtir la despensa veía el libro y, según yo, lo escondía detrás de un montonal de novelas modernas, desconocidas y caras. Cuando regresaba a la tienda, Memorias… ya estaba destapada de nueva cuenta, al frente de los demás volúmenes. Tuve que sacrificar la crema para afeitar aquel sábado que me decidí a todo o nada con tal de hacerme de la novela de la Premio Nobel de Literatura 2007.
En mis constantes excursiones a la caza de joyas literarias conocí las librerías del usado. Las primeras ocasiones que porfié entre los estantes de libros Remi -aquellos vendidos por sus padres adoptivos- quedé desilusionado. Y es que en ese entonces, hará como cinco años, yo era un lector de bestsellers de moda, no más. Mi desilusión se dio porque el libro usado ofrece muy pocas alternativas bestsellerianas, y esas pocas son a precios tan altos que por una diferencia no muy grande es mejor ir a otro lugar por el mismo título, pero nuevo.
Así hubiese seguido entre pura novedad editorial hecha casi al vapor de no ser porque decidí escribir, pero no sin antes aprender a hacerlo lo mejor posible. En el afán de conocer los secretos necesarios para enfrentar a la hoja en blanco caí a mi primer taller de literatura llamado “Taller de apreciación y creación literaria”, impartido en el Icocult Laguna. El taller me acercó a los grandes de las letras, sobre todo de las letras latinoamericanas. Ese año, el 2006, gracias a las primeras cátedras literarias enfocadas a la creatividad, leí por primera vez las obras de gigantes cómo Juan Rulfo, Jaime Sabines, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Mario Vargas Llosa y muchos escritores más, no solo de nuestro continente, sino de todo el orbe, incluyendo a los clásicos. A falta de los títulos más antiguos y poco publicados de estos literatos en las librerías de nuevo, volví a las de usado, y desde entonces dichas librerías me vuelven loco tanto cómo todas las demás; son tan estimulantes e interesantes cómo las del nuevo, incluso más, ya que entre los libros usados uno puede encontrar muy buenas ediciones de colección, ediciones que jamás volverán a frecuentar los estantes que rebosan contemporaneidad.
A pesar de la situación económica que no logra despuntar, logré hacerme de un buen número libros, entre nuevos y usados, entre compras y obsequios, durante este año que ya casi se nos escurre por completo. Algunos de los títulos que engrosaron mi biblioteca personal en el 2010 son: Parábola del moribundo y Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña periodística, de Jaime Muñoz Vargas; Polvo rojo y Con las piernas ligeramente separadas, de Daniel Herrera; Artificios y El Aleph, de Jorge Luis Borges; Alí Chumacero, poesía y prosa, de Alí Chumacero; El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier; Dos crímenes y Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; Más allá del desierto, de Yolanda Natera; Imaginario de voces, de Julio César Félix; Antología narrativa, de Agustín Yáñez; Los de abajo, de Mariano Azuela; Pasos, repasos y tropiezos de dos centenarios, de Jesús de León; Claridad errante, poesía y prosa, de Octavio Paz; Quien de nosotros y Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; Escribir, por ejemplo, de Carlos Monsiváis; La lección de las diosas, de Silvia Salinas; Los hechos, de Philip Roth; El secreto de la fama, de Gabriel Zaid; Autorretrato con Rulfo, del maestro Saúl Rosales; La ninfa inconstante, de Guillermo Cabrera Infante; y cómo cinco o seis títulos más, sin contar todos aquellos que se leen dentro de las cátedras del diplomado en letras.
Durante los últimos doce meses la cosecha de libros fue cuantiosa, seductora e irresistible; seguro estoy que avivará y mantendrá el fuego de mi incurable adicción por las letras.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El estrés decembrino


A finales de noviembre comencé a sentir un estrés que hasta la fecha me ha acompañado cómo sombra: el estrés decembrino. Esta especie de presión física y mental es común durante el último mes del año, mes en que los negocios y las calles son sorprendidos por marejadas y marejadas de gente a cualquier hora del día, y se podría decir que también de la noche, al menos hasta el momento del cierre establecido por las tiendas. Todo mundo busca los regalos de noche buena, los ingredientes para la cena de ese día y, si el presupuesto alcanza, darse uno que otro gustillo con lo que quede del aguinaldo.
La chamba que realizo para sobrevivir y los trabajos finales del diplomado en letras me atestaron un estrés, pocas veces experimentado, durante los últimos quince días, pero un estrés bastante gozoso, sobre todo el proveniente de las tareas finales del diplomado. La noche del viernes 10 de diciembre, incluyendo la madrugada del sábado 11, dormí, a lo más, hora y media. Dicho sábado tenía que presentar dos ensayos con aparato crítico (uno para la clase de ensayo y otro para la clase de novela), un poema y un cuento. El cuento fue bolillo engullido debido a que en mis tiempos libres, y en los no tan libres, me la paso escribiendo y corrigiendo cuentos. El poema me rondó por la cabeza cómo si se tratara de una mariposa perdida en un vivero, sólo tomé, cuando lo consideré oportuno, la red y atrapé al ser revoloteante para después fijarlo en el papel. Los ensayos si fueron otra cosa. Al igual que con el poema, dejé que las ideas para el estudio de cada tema, junto con sus respectivas conjeturas y digresiones, se divirtieran en mi azotea hasta que me asaltó la incontrolable necesidad de subir a la terraza a cazar a los pájaros juguetones que me asediaban para por fin estamparlos contra la hoja en blanco. Y aunque ya llevaba un buen trecho en ambos textos ensayísticos, las llamadas y sus notas al final de cada trabajo me robaron mis horas de sueño, pero la vivencia fue bastante estimulante y placentera. A eso de las diez de la noche degusté un café bien cargado, a las doce otro, y a la una de la madrugada uno más. Para no correr el riesgo de perder la lucidez mientras escribía, puse en práctica la técnica que, según los historiadores, utilizaba Leonardo Da Vinci para soportar largas y extenuantes jornadas de trabajo, y que consiste en trabajar durante tres o cuatro horas y después dormir de quince a treinta minutos. Así que aquella madrugada me la pasé alternado dos horas de escritura con treinta minutos de sueño, hasta que dieron las ocho de la mañana. Esta técnica del pintor y genio florentino la leí hace tiempo en el artículo de algún periódico o de alguna revista, quedándose grabada en mis neuronas por el aspecto práctico y tan interesante que le encontré. Lo mejor de todo es que me funcionó.
El sábado pasado presenté los trabajos a tiempo y anduve fresco y despierto todo el día. Fue a eso de las diez de la noche cuando me pegó la resaca de la amanecida gracias al reventó de letras que me aventé. Al ir a dormir caí inconsciente, tanto que no recuerdo la forma en que llegué a la cama. Desperté la mañana del domingo, más o menos cómo a las once, y ya un poco recuperado.
El estrés decembrino me alejó de mi blog, pero tengo el firme propósito -no de año nuevo, sino de ya- de escribir sobre las vivencias más significativas que experimenté durante el 2010 y con ellas subir un post cada tercer día durante la segunda mitad que resta de diciembre. Después de estas líneas va el primer post: una reseña sobre El amante de Janis Joplin, de Élmer Mendoza.

Narcotráfico, béisbol y Janis Joplin


Ahora que el narcotráfico y su desenfrenada violencia, la corrupción a gran escala y la inseguridad han avasallado a México abarrotado los encabezados de las noticias a nivel nacional e internacional, el escritor sinaloense Élmer Mendoza a ganado más lectores, tanto en nuestro país cómo en todos aquellos lugares del mundo donde se publican sus libros, que abordan con bastante calidad y originalidad la cruda situación que padecemos los mexicanos.
El amante de Janis Joplin, novela de Élmer que sale de las imprentas en el 2001, trata sobre los ires y venires de David Valenzuela, joven medio tontolón y poco agraciado físicamente, quien, después de matar a Rogelio Castro en defensa propia y en forma involuntaria durante un baile de cumpleaños que se llevaba a cabo en el pueblo aserradero de Chacala, tiene que huir a casa de unos tíos que viven en Culiacán, Sinaloa. Gracias a su tío, David comienza a jugar béisbol, deporte donde la pichada se le da de forma muy natural debido a que en Chacala se la pasaba en el monte cazando conejos y armadillos a base de pedradas, limpias y certeras pedradas. Cuando menos acuerda, el improvisado lanzador de pelota caliente va a jugar a Los Ángeles, California, ganando fama y notoriedad gracias al contrato, con el equipo de grandes ligas de los Dodgers, que le ofrece un buscador de talentos beisboleros. En ese mismo viaje, David conoce y hace el amor con Janis Joplin, la cantante hippie que anduvo de moda en la época en que transcurre la novela. David se enamora de la estrafalaria cantante de rock, y a pesar de que pierde el contrato con los Dodgers debido a una borrachera, motivo por el que regresa a Culiacán con sus tíos, su más grande sueño es volver a los Estados Unidos para encontrar a la Janis y casarse con ella.
Es en el regreso al pacifico mexicano donde comenzarán las aventuras y pesadillescas desventuras para David, ya que uno de los Castro lo anda rastreando para cazarlo y así vengar la muerte de su hermano Rogelio. Los Castro son un clan dedicado al narcotráfico, perteneciente al cártel del Triángulo Dorado. Entre todas las peripecias que sufre y goza David, va a parar a un puerto y se convierte en pescador, vive de cerca el narcotráfico -al que ingresa por accidente-, tiene contacto con una guerrilla a través de su primo El Chato, quien es uno de los líderes -además de plagiador y contrabandista de armas, tanto para su causa cómo para las organizaciones criminales de la droga-, conoce la ilegalidad, atrocidades y prepotencia de la policía judicial representada en Los Dragones -un grupo de élite- y su avasallante comandante, y, a pesar de ser demasiado feo, es acosado por una de las mujeres más bellas del pueblito pesquero en el que aprende los gajes del oficio de San Pedro.
En El amante…, Élmer Mendoza, además de dar vida a una historia bastante ligera de leer, y que divierte cómo pocas, destapa ante nuestros ojos una de las cloacas más pestilentes del país para mostrarnos la realidad que desde hace décadas hace de las suyas en el inframundo y que en la actualidad se ha desbordado inundando con sus inmundicias a todo México, entre cuyas corrientes bullen el narcotráfico y su influencia en la vida y la cultura de la gente de todas aquellas regiones que absorbe, así cómo la corrupción y la impunidad que han existido desde tiempos inmemoriales en esta parte del orbe.
Algo bastante digno de mención es el estilo y el leguaje de que se vale Élmer Mendoza para narrar la historia, donde se nota una influencia muy marcada en él por la “Literatura de la Onda”, entre cuyos representantes destacan Parménides García y José Agustín. Esta forma de narrar es muy ágil, más rápida, ya que los diálogos se entrelazan entre los párrafos de la narración sin necesidad de utilizar guiones cada vez que algún personaje toma la palabra. Asimismo, el lenguaje es tomado del mundo real por Élmer Mendoza, con todo y sus modismos y leperadas sin censura, e insertado en la novela, dándole una naturalidad muy mexicana, tanto que pareciera que nos encontramos escuchando la historia de voz de algún familiar o amigo, jocoso y mal hablado, técnica también utilizada desde hace varios lustros por los dos citados escritores de “la onda” o “contracultura”.
La literatura de Élmer Mendoza contenida en El amante de Janis Joplin nos muestra la droga a gran escala, los cuernos de chivo, las autoridades -legales e ilegales- y la porquería de que están hechas, las ejecuciones, la gran vida que se dan los narcotraficantes y la muerte que suelen encontrar, la importancia que toma el azar en la vida de las personas que, aunque no muy inteligentes pero con un talento excepcional para sobrevivir, llegan a disfrutar y padecer todas aquellas situaciones que muchos solo conocen en sus sueños más locos, y todo aquello que antes nos asombraba cuando nos enterábamos a través de los periódicos, la radio o la televisión, pero que ahora es el salpique de sangre nuestro de cada día.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Día Nacional del Libro


Hoy, en México, es el Día Nacional del Libro. Fue establecido por decreto presidencial en 1979 para conmemorar el nacimiento de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, a quien la historia inmortalizó cómo Sor Juana Inés de la Cruz. Hay que festejar leyendo hasta que nos emborrachemos de letras, cómo comenta el escritor lagunero Frino.
Se supone que el día de hoy se van a obsequiar 50 mil ejemplares del libro Claridad errante. Poesía y prosa, de Octavio Paz, Premio Novel de Literatura 1990. La edición del libro corrió a cargo de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, La Asociación Nacional del Libro y la dirección de publicaciones de CONACULTA.
Aunque lo veo difícil, espero poder hacerme de uno de estos ejemplares de la obra de Octavio Paz. Lo atroz es que por lo general los libros gratuitos caen en las manos de personas que no leen ni los instructivos de los aparatos electrónicos que compran, y que van y aprisionan en un cajón, o en un inmaculado librero, todo libro que consiguen gracias a un golpe de suerte o a la llamada que hicieron antes que nadie a una estación de radio que en ese momento se encontraba obsequiando obras literarias.
Sea cual sea la situación o las situaciones que nos permitieron la posesión de esos amigos incondicionales que son los libros, leámoslos; hoy -y siempre- es un día propicio para empezar a forjar el hábito de la lectura.

martes, 9 de noviembre de 2010

Boris Vian y su caricaturesca espuma erótica


Es casi imposible tratar de vislumbrar con precisión que libros llegarán a nuestras manos cuando nos apasiona leer, y el adivine se vuelve aun más nebuloso al momento de tomar en serio el estudio de la literatura. Las obras de algunos escritores son escogidas por catedráticos, un buen número -de acuerdo al gusto- son elegidas por instinto, otras nos son vendidas por la publicidad basada en una mercadotecnia sutil, férrea y efectiva: cuando menos lo pensamos ya existe en nosotros un deseo irreprimible de comprar cierto libro (de preferencia el más nuevo), o por lo menos alguno, del autor de moda. Algunos libros llaman nuestra atención debido a los buenos comentarios vertidos en las reseñas de los escritores y periodistas que admiramos. Muchas obras literarias más despiertan nuestro interés y echan a andar nuestro deseo de poseerlas gracias a la recomendación de familiares, amigos, conocidos y maestros. Es aquí donde en verdad necesitamos descubrir con que nutren su intelecto las personas más allegadas, aquellas de quienes aceptaríamos su opinión sobre cierto volumen, y saber si consumen calidad, calidad y chatarra, o sólo chatarra; así nos daremos una idea un poco más certera de que es lo que nos están recomendando y si dicha recomendación vale la pena.
Fue gracias a una tarea de lectura con tintes de recomendación que cayó en mis manos La espuma de los días, de Boris Vian (1920-1959), escritor francés de la época de grandes literatos cómo Albert Camus y Jean Paul Sartre. De hecho, Sartre lo invitó a escribir para Les Temps Modernes, donde Vian publicó cuentos, crónicas y críticas de aspectos sociales; y en el periódico Combat, dirigido por Camus, abordó la crítica de jazz.
La espuma de los días comienza con apariencia de novela realista y naturalista, poblada con descripciones al estilo de Flaubert, pero conforme avanza la historia, la fantasía gana cada vez más terreno hasta que nos encontramos en un mundo paralelo, surrealista, al que llegamos sin darnos cuenta. En esta novela, Boris Vian detalla la vida de Colin, un joven soltero de clase media alta y poseedor de una pequeña fortuna que lo coloca cómo un pequeño burgués que no necesita trabajar para vivir bien y con ciertos caprichos el resto de su vida. Colin es un bonachón que vive en un sencillo pero amplio y elegante departamento, con un ratón cómo compañero, y que se da el lujo de tener un chef de alta cocina -Nicolás- y una sirvienta ocasional para el aseo del lugar. Colin vive una vida apacible, tranquila; gusta del jazz, de la buena cocina, y de vivir haciendo lo primero que ataque sus ganas. Su mejor amigo, Chick, está jodidón: es ingeniero y trabaja cómo esclavo por un ínfimo sueldo. Así que Colin, siempre con tacto para no ofenderlo, lo invita a cenar frecuentemente.
En una de esas cenas comienza a tomar forma el mundo paralelo creado por Boris Vian: antes de pasar a la mesa, Colin muestra a Chick su pianocóctel, un piano al cual le ha hecho unas adecuaciones mecánicas y la instalación de una buena variedad de los ingredientes líquidos necesarios -frutales, etílicos y demás- en la preparación de cócteles y otras bebidas alcohólicas elaboradas. Cada tecla pulsada por Colin al interpretar una melodía en el pianocóctel equivale a un ingrediente; al final de la interpretación musical en turno, el panel delantero del piano cantinero se abate y arroja una hilera de vasos con uno, dos o más -según la canción- llenos de un apetitoso brebaje.
Otro toque que acerca cada vez más la fantasía a la novela es el pastel de anguila de la cena. Chick pregunta cómo nació la idea del platillo y Colin le relata que la anguila se colaba al baño del departamento por la cañería del agua fría del lavabo y mordisqueaba el tubo de la pasta de dientes; de ahí le surgió la idea a Nicolás de atrapar a la anguila y preparar un pastel a su salud. Y hago mención de un mundo paralelo, más allá del surrealismo, porque Vian cambia el nombre de ciertos personajes reales de su tiempo para insertarlos cómo algo relevante en la trama de su historia. Aquí destaca el caso de Jean Paul Sartre, a quien llama Jean Sol Partre, que en esa época era el escritor existencialista de moda. Y así, sucediéndose cada vez más continuos, los hechos fantásticos terminan por ser algo natural, común y corriente en el mundo y la vida de cada uno de los personajes.
Todo es felicidad para Colin, hasta que Chick lo invita a patinar y en plena pista de hielo le presenta a su novia, Alise, una rubia de ensueño que le llena el ojo a Colin, pero que queda descartada cómo conquista, o cómo algo más, debido a que es la pareja de su mejor amigo. A partir de aquí, Colin llora su soledad y comienza la obsesiva búsqueda de su media naranja, misma que lo lleva a la fiesta de cumpleaños de su amiga Isis, donde conocerá a Cholé, quien será su novia y también su futura esposa.
A través de la novela pareciera que Vian, además de eslabonar los sucesos de la trama, borda de ocurrencias la historia, casi todas ellas chistosas. En una describe el fatigado ascenso a la torre principal de la catedral del sacerdote que lo casará y sus dos ayudantes. Los tres hombres decoran la parte más alta de la iglesia, que es donde tocarán los músicos, con adornos ostentosos. Al terminar su labor decorativa, en vez de bajar por las escaleras, cada uno se coloca un paracaídas y los tres se arrojan al vacío desde lo alto de la catedral; en el trayecto de caída activan sus paracaídas, planean y caen sobre las pulidas losas de la nave. En otro pasaje de la novela, poco antes de la ceremonia de bodas, el director de la orquesta que se encuentra tocando en la torre principal da vuelo con tanta enjundia a la batuta que trastabilla de espaldas y, cómo se encuentra en la orilla del abismo que rodean las escaleras del lugar, sufre una caída libre a través de un vacío de cientos de metros hasta que su cuerpo se embarra en el suelo de la planta baja de la catedral. El subdirector de la orquesta, ni tardo ni perezoso, toma la batuta y sigue blandiéndola por los aires con el fin de que la música no cese y todo continúe de acuerdo a lo programado. El director muerto adquiere la misma importancia de un instrumento musical: cae al vacío y se arruina sin remedio, muere; se sustituye y ya está. Aquí no ha pasado nada. El significado de la escena es muy claro: cuando alguien muere, la vida sigue, el show continúa. Sin importar lo cruel que sea la realidad, no puede ser de otra forma: nadie es indispensable. El tiempo no se detendrá en el reloj del mundo, sus manecillas continuaran, impecables e implacables, la marcha para la que fueron creadas.
Además de las situaciones caricaturescas, el erotismo y sus flirteos -aunque en menor medida- también se hacen notar en La espuma de los días. Es imposible olvidar la escena donde Chloé se encuentra preparándose para la boda, junto a sus damas de compañía, en una recamara con todo y baño. Tanto ella cómo las demás son pintadas desnudas por las letras de Boris Vian, solamente vistiendo sus piernas con una medias chachondonas y calzando sus pies en zapatos de tacón alto. Por si fuera poco, Chloé se acerca a Alise y le acaricia la espalda, los costados y las caderas provocándole cosquillas, un claro guiño de las tendencias lésbicas contenidas en la personalidad de la novia.
También las escenas donde los recién casados amanecen juntos y acaramelados entre las sabanas son descritas sin velo alguno y con una embelesante narrativa, al igual que cuando Alise visita a Colin, ya casi al final de la novela, cubierta nada más con un abrigo que deja caer al piso delante del joven y deprimido esposo de Chloé, para luego ir y sentarse en sus piernas tratando de seducirlo.
Pero nada es para siempre, mucho menos la esquiva felicidad, que comienza un declive sin freno en la vida que comparten Colin y Chloé justo después de su luna de miel. Chloé enferma de los pulmones, cae en cama y esto va a provocar la bancarrota de Colin a causa de los costosos tratamientos que debe seguir su esposa, razón por la cual llegará el momento en que tendrá que trabajar para poder pagar las medicinas y la terapia de flores que Chloé requiere, y también para que puedan seguir subsistiendo los dos.
La espuma de los días refleja los temas que más preocupan al hombre: El amor, profundo y extremo, a través de Colin y Alise, viviéndolo cada uno hacia sus respectivas parejas y que los llevará a bordear el límite entre la razón y la locura; la obsesión adictiva que sólo conduce a la destrucción propia y de los demás, representada en Chick; La nobleza y la amistad verdadera encarnadas en Nicolás. Así mismo, la enfermedad y la muerte acompañan cómo sombras, de principio a fin, al círculo de amigos; la religión es criticada por Vian con las contradictorias actitudes que muestra el sacerdote en una boda con todos los lujos y después en un entierro de pobres; y la música de jazz, que siempre aparece cómo telón de fondo a través de toda la novela.
Boris Vian creó un cómic erótico novelado al escribir La espuma de los días, donde los dibujos no hacen falta, su pluma es capaz de despertar la imaginación más adormecida y evocar a través de ella las más seductivas imágenes.

martes, 2 de noviembre de 2010

Día de muertos, algo que se vive a diario en México


Acabo de dar un recorrido por el centro de Torreón y, al igual que el año pasado, el día hace honor a su nombre en el antiguo cuadro comercial de la ciudad: está muerto. Solo me topé con dos o tres despistados en dos de tres librerías visitadas -una estaba cerrada- a las que apliqué un escudriño profesional dada la raquítica economía que ostenta mi cartera.
Si las cosas siguen cómo hasta ahora en el país, sobre todo acá en el norte (con Torreón pisándole los talones a Ciudad Juárez, abusando del lugar común) donde padecemos un diluvio de plomo que no tiene la menor intención de escampar, el 2 de Noviembre va a convertirse por decreto gangsteril en el Día Nacional de Todos los Mexicanos, día que debemos hacer un alto en el camino y reflexionar cual es nuestra misión en la vida para empezar a llevarla a cabo lo más pronto posible, ya que en cualquier momento la muerte pude caernos de sopetón en forma de una ráfaga de balas de uno o varios AK-47 terminado con nuestra folclórica existencia. El día de muertos es algo que se vive a diario en nuestras calles. A esto hay que sumarle la economía que, diga lo que diga Calderón, está cómo la guerra contra el crimen organizado: perdida y sin una luz de esperanza que dé, por lo menos, un pequeño atisbo de tranquilidad.
Otra cosa que está casi muerta es la intención de los mexicanos por unirse a los países con buenos lectores. Y es entendible. Cómo hacerlo si los libros, con una socarrona actitud de no quedarse atrás, han subido sus precios como si el nivel de vida en México fuera similar al de Gringolandía o cualquier otro país de primer mundo. Libros clásicos, cómo Los miserables y Nuestra Señora de París, ambos de Víctor Hugo, hace año y medio se podían conseguir en cuarenta y cinco pesos; hoy rondan los setenta y cinco. En los de moda, entre los que destacan las obras de J.K. Rowling, Stephenie Meyer y Dan Brown, es mejor no ver el pequeño pegoste de papel blanco que exhibe su costo y que solo pueden pagar las clases sociales media alta y alta, porque para los que nos encontramos entre todos los demás es comer o leer y más vale vivir inculto que morir intelectual.
Siempre existirá la posibilidad de encontrar buena literatura a precios de risa, pero hay que buscar cómo quien anhela encontrar policías honestos en La Laguna, o séase, está bien cabrón.
También el monstruo informático de Internet es una buena opción, pero, volviendo a lo mismo, somos pocos los que contamos con el lujo de una computadora, ya sea en formato de PC o Laptop, y aun con el milagro tecnológico, no todos podemos pagar el servicio que nos convierta en internautas. Muchos accedemos a la red a través de la chamba. En este punto las neuronas me espetan en el pensamiento la frase de “un pueblo inculto y de ignorantes es un pueblo sin consciencia y, por lo tanto, de más fácil atropello”. Por ello no pocas veces mi razonamiento ase con rabia la idea de que así es cómo todos nuestros gobernantes y todos los líderes -políticos, empresariales, sindicales y sociales- nos quieren tener. Pero bueno, habrá que seguir con la resistencia de no caer en el sótano de la apatía cultural y gritar cuando se tenga que gritar contra tanta estupidez, injusticia, inequidad, violencia e inseguridad que promueven, directa o indirectamente, quienes tienen el timón de nuestro país.
Y para no perderme más en las atrocidades de gobernabilidad que nos azotan (si es que aun queda algo de gobernabilidad en México), recomiendo leer y releer el día de hoy, y siempre, Pedro Páramo, de Juan Rulfo. ¿Por qué el día de hoy? Porque en su novela, Juan Rulfo mezcla magistralmente el mundo de los vivos con el de los muertos, tanto así que es necesario el regreso entre las páginas -con un placer cómo pocos- para comprender mejor su obra cumbre. Yo he leído dos veces, y en forma completa, Pedro Páramo, y releo con frecuencia algunos de sus capítulos y pasajes. Este mes voy por la tercera vuelta total. Para muestra, un fragmento de los periplos de "Comala", el pueblo mítico al que da vida el maestro jalisciense:

Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer.
Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas de yerba. ¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba? “La capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya la gente para invadir las casas. Así las verá usted”.
Al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera. Después volvieron a moverse mis pasos y mis ojos siguieron asomándose al agujero de las puertas. Hasta que nuevamente la mujer del rebozo se cruzó frente a mí.
-¡Buenas noches!- me dijo.
La seguí con la mirada. Le grité.
-¿Dónde vive Doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
-Allá. La casa que está junto al puente.
Me di cuenta de que su voz estaba hecha de hebras humanas, que su boca tenía dientes y una lengua que se trababa y destrababa al hablar y que sus ojos eran cómo todos los ojos de la gente que vive sobre la tierra.
Había oscurecido.
Volvió a darme las buenas noches. Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aun no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza estaba llena de ruidos y voces.

jueves, 21 de octubre de 2010

Historia secreta de un Premio Nobel


El pasado 7 de octubre sufrí y gocé una alegría como pocas debido al choque que me provocó una noticia: La Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura 2010 a Mario Vargas Llosa, argumentando la concesión con estás palabras: “Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual”. Sufrí debido a que me enteré de la buena nueva gracias a Brenda Navarro, amiga y compañera del Diplomado en Letras, que escribió en su muro de facebook “Y el Premio Nobel es para...Vargas Llosa”. Al igual que el autor de Conversación en La Catedral al recibir la noticia, cuando leí la frase pensé que Brenda estaba bromeando y le pregunté que si era en serio; ella contestó que sí, que lo habían anunciado muy temprano en la mañana. Fue entonces cuando sentí que una alegría inconmensurable me corría por todo el cuerpo cómo si se me hubiera disparado la adrenalina en una de sus dosis más altas. Era cierto, Mario Vargas Llosa por fin había recibido el galardón más prestigioso de las letras, después de años y años de nominaciones. Mi alegría fue tan grande cómo la pena que me avasalló cuando supe de la muerte de José Saramago.
Cuando has leído a un escritor, a un excelente escritor, cómo Mario Vargas Llosa, quedas atrapado por su obra y, la mayor parte de las veces, sin darte cuenta, lo asumes cómo si lo conocieras de toda la vida, cómo el maestro que siempre ha estado a tu lado fustigando tu carácter para probarlo cuando cometes horrores literarios, sin intención de burla, y sí con un sincero deseo de ayudar a convertirte en un buen escritor; maestro que a su vez sonríe y te felicita cuando das en la mera cabezota del clavo con tu pluma.
Hay muchos buenos escritores que pasan inadvertidos para el lector frecuente, para el lector de hábito. Cuando uno de estos literatos recibe un reconocimiento importante es que muchos de esos lectores se interesan por su obra, más aún si se trata del Premio Nobel.
Gracias al primer taller literario que tomé es que puedo jactarme de que conocí a Mario Vargas Llosa, y comencé a leerlo, hace cuatro años. La primera novela que engullí de él fue La casa verde, que me sacó de onda por el juego con el tiempo, situación tal vez bastante común en el lector de bestsellers que por entonces yo era. Pero, aun con la confusión de una lectura poco común, me gustó bastante la historia del burdel enclavado en el desierto.
Parece increíble, pero en el 2006 -y todavía a principios del 2008- era muy difícil conseguir los libros de Vargas Llosa en este inclemente desierto donde están erigidos Torreón y Gómez Palacio, y ni que decir de la ciudad jardín, abundante en vegetación pero asolada por una sequía de letras. Así que no me quedó de otra más que bucear en lo más profundo de las inagotables corrientes de Internet tratando de encontrar los libros electrónicos del peruano-español. Después de más o menos tres horas di con una biblioteca virtual argentina que contaba con toda la obra literaria de Vargas Llosa. Un titulo llamó mi atención: Historia secreta de una novela. El libro es un ensayo donde Mario Vargas Llosa expone cómo surgió en su mente la idea de La casa verde, cómo se dio su desarrollo, y el tiempo que le llevó terminarla en su totalidad. Yo buscaba novelas, pero quedé deslumbrado con la prosa de su ensayo. En él, Vargas Llosa no sólo relata todas las faenas que tuvo que llevar a cabo al escribir la novela, sino también algunos de los sucesos que vivió mientras se convertía en escritor, cómo cuando narra que escribía a escondidas: “…seguí escribiendo mientras estudiaba en la universidad. Es muy difícil pensar en ser un escritor si uno ha nacido en un país donde casi nadie lee: los pobres porque no saben o porque no tienen los medios de hacerlo y los ricos porque no les da la gana. En una sociedad así, querer ser un escritor no es optar por una profesión sino un acto de locura. En esos años, pues, yo no me atrevía a alentar siquiera la ambición de ser alguna vez sólo un escritor: un día me decía que, después de todo, por qué no ser abogado; al siguiente que sería profesor, al otro que tal vez lo sensato era el periodismo. Cambiaba mis decisiones y mis profesiones todo el tiempo y, a la vez, seguía escribiendo, en secreto, cómo quien practica una vocación vergonzosa”. ¿Quiénes de los que escribimos, y que vivimos en México o en algún otro país de Latinoamérica, no nos identificamos con las palabras de Vargas Llosa? Todos, o casi todos, sufrimos las mismas dudas certeras y, por si no fuera ya suficiente flagelo psicológico, muchas de las veces se suma contra nosotros el acoso denigrante de familiares, amigos y conocidos cuando se enteran de que deseamos ser escritores.
Algo que también me gustó mucho de Historia secreta de una novela es el profesionalismo al que se somete Mario Vargas Llosa al momento de escribir, como cuando describe la forma en que comenzó a darle rienda suelta a su pluma escribiendo dos novelas al mismo tiempo, paralelas cómo los durmientes del ferrocarril, hasta que decidió fusionarlas para dar vida a La casa verde. Es aquí donde el Premio Nobel confiesa lo mucho que le costaba escribir cada sílaba, y cómo llegó a la conclusión de que la inspiración no existía para el novelista; tal vez visitara a los escultores, pintores, poetas y músicos, pero no al novelista, que “era el desairado de las musas y estaba condenado a sustituir esa negada colaboración con terquedad, trabajo y paciencia”. Vargas Llosa tardó tres años en escribir La casa verde y, cuando por fin la terminó, en 1964, aun se sentía inseguro por los vagos recuerdos de que se había valido para describir un pueblito, una aldea, Santa María de Nieva, lugar perdido en la región amazónica. Así que tomó la determinación de no publicar el libro mientras no hubiera retornado a la selva del amazonas, y lo hizo. Cuando regresó a París realizó algunos cambios y la novela salió publicada a mediados de 1966.
Así fue cómo Historia secreta de una novela descubrió ante mis ojos las deslumbrantes letras y la maestría narrativa del también autor de La ciudad y los perros. Mario Vargas Llosa, independientemente de sus ideas políticas, de ser liberal y abrazar la derecha, y de una que otra cosa más que le achacan, con su trabajo intelectual, la estética de su prosa y su inigualable calidad narrativa, ha rebosado desde hace mucho tiempo, y por mucho, la bandeja de méritos que es necesario llenar para merecer el Premio Nobel de Literatura.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Adiós a septiembre y su vacua celebración


Por fin acabó septiembre, el tan mentando mes patrio, el tan vitoreado mes de la celebración del Bicentenario de la Independencia (?) de México. El descanso y la flojera del día 16 se extendieron desde el 15 hasta el 18 para muchos, cómo nuestros bien queridos burócratas, entre ellos los maestros. También nuestros amados políticos gozaron del mega puente, pero se lo merecen, porque en vez de gastar a manos llenas en una celebración del grito que nada más ellos disfrutan plenamente -antes, durante y después del desmadre con campanazos, pólvora ardiendo en el cielo de la noche y jubilosa borrachera- dieron un grito austero, encendieron la bóveda celeste con unos cuantos juegos pirotécnicos y reservaron los millones de pesos que tenían destinados al despilfarre para seguir aumentado el nivel en la calidad de la educación en México, además de incentivar a los diferentes grupos y organizaciones empresariales de modo que inviertan en el país e inyecten combustible en forma permanente al vehículo del empleo que ayudará a que salgamos más pronto del bache económico en que nos encontramos, dando de pasada una buena fumigada a la violencia y a la inseguridad. Sí, lo sé, todo esto es tan real cómo la sequía que acaba de azotar a Veracruz.
Cada año, mis padres, mi hermano y yo celebrábamos el 15 de septiembre viendo el grito en familia a través de la embustera pantalla del televisor. En lo personal, a mí se me hinchaba el músculo que bombea la sangre a todo el cuerpo y la piel se me ponía chinita; no dudo que también alguien más de la familia experimentara lo mismo. Por entonces me sentía orgulloso de ser mexicano, de vivir en México, de estudiar lo que se me diera la gana, de poder andar en las calles de mi ciudad a cualquier hora del día y de la noche, de manejar mi carro -también a la hora que se me diera la gana- sin temor a que me lo fueran a quitar a punta de pistola, de poder ir a un antro o a una cantina y salir del lugar en la madruga sano y salvo, de llevar gallo, o por lo menos serenata, a la chava que me robara las ganas de dormir, y de tantas otras cosas, así que yo gritaba cada 15 de septiembre ¡Viva México! sin importar que el presidente en turno que parecía llamar a misa quitándole el sosiego a una campana en cadena nacional fuera Salinas.
La llama de todo ese patriotismo absurdo se extinguió en mí con el raudal infestado de desempleo, violencia e inseguridad que inundó al país en los últimos cuatro años, y que sigue teniéndolo bajo sus corrompidas aguas sin que se vea la más ínfima intención de drenarlas por parte de nuestros gobernantes. Por eso este año apagué la televisión a la hora del grito, no quise formar parte de todos aquellos paisanos que actuaron como borregos: siguiendo a nuestros inútiles y parásitos políticos en una pachanga donde malgastaron el dinero que producen nuestros impuestos, centrandose solo en el efímero desmadre sin dar importancia a que -al dizque gobernar- terminen por sacrificarnos a la hora de sus mezquinas, egoístas, partidistas y convenencieras decisiones. Este año no di el grito ni en pesadillas; me vale madre que me tilden de amargado. Los mexicanos no estamos para celebrar el grito que dio Hidalgo hace doscientos años, sino para volverlo a dar, esta vez en contra de todo aquello que ya nos tiene hasta la chingada: la violencia, la inseguridad, el desempleo, el empleo mal pagado (dentro de la iniciativa privada, por supuesto, ya que en las plazas del gobierno casi no se da), los innumerables y altos impuestos, la corrupción, la casi nula aplicación de la leyes (llevadas a cabo con rigor solo en contra de los jodidos, cómo su servilleta), la mafia política y sus ilimitados sueldos de nobleza europea, y, lo más importante, la apatía e indiferencia que mostramos ante todas estas broncas, ante todas estas atrocidades, que no tienen a México más empinado ni más hundido en el abismo desesperanzador que nos jala más y más cada día que pasa, porque, cómo decía mi abuela, Dios es grande.
Por eso es que estoy tan feliz de que por fin acabara septiembre, el mes patrio, el que alguna vez llegó a ser el mes donde, en su exacta mitad, la mayoría de los mexicanos desbordábamos todo nuestro patriotismo. Ahora solo lo hacen unos cuantos, aquellos que adoptaron de forma voluntaria una patética ceguera.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Un mito y toda una leyenda de las letras colombianas: Andrés Caicedo


La semana pasada terminé de leer El cuento de mi vida, memorias inéditas, del escritor colombiano Andrés Caicedo, libro que se publicó en el 2008 por el Grupo Editorial Norma, de Colombia. Caicedo, a pesar de no haber llegado más allá de la edad de dos décadas y media, se convirtió en todo un ídolo de las letras colombianas. Comenzó a darle vuelo a la pluma desde muy temprana edad, a los trece años, escribiendo poemas de amor y cuentos breves, según él mismo relata en el capitulo inicial del libro. En 1966, cuando ya había cumplido los quince, escribe su primera obra de teatro, Las curiosas coincidencias. De ahí en adelante daría forma a su producción literaria más conocida, o hasta ahora conocida, hasta que el 4 de marzo de 1977, a sus veinticinco años y después de recibir un ejemplar de su primera novela ¡Viva la música!, se suicida dando cuenta de varias decenas de pastillas de Secobarbital (Seconal), una droga que actúa cómo sedante del sistema nervioso central, y que provoca desde una suave sedación hasta anestesia.
A la muerte de Caicedo, su madre guardó sus libros, manuscritos, cuentos, afiches, guiones, casetes de música, revistas y diarios en arcones y baúles que cerró y depositó en el cuarto de su hijo, poniendo candado a la puerta. Un día, al padre de Andrés lo asalta la idea de revisar los baúles que contienen la obra literaria de su hijo, la clasifica y la manda publicar. Pero los diarios de Andrés Caicedo son rescatados y guardados celosamente durante treinta años por su hermana María Victoria, según ella misma describe en la presentación de El cuento de mi vida; es de esos diarios y una que otra carta que nace este libro de memorias inéditas.
El cuento de mi vida está compuesto por cinco capítulos: “Remontando el río”, “Silvia”, “De película por Los Ángeles”, “La recta final” y “Último capítulo”, además de la presentación escrita por María Victoria y una serie de fotografías, al final del libro, de los padres de Caicedo, de sus hermanos y de él mismo, donde abundan anotaciones que explican las diferentes imágenes.
El libro refleja la gigantesca depresión que padece Andrés Caicedo mientras escribe su diario, el cual se empeña en no llamar propiamente “diario”, sino más bien ejercicios de escritura, siempre buscando una especie de catarsis para la decepción que siente de él mismo y la abismal tristeza que le provoca su adicción a las drogas y el no poder expresar cómo quisiera los sentimientos que alberga hacia su madre. Caicedo padece durante toda su corta vida una extrema sobreprotección por parte de su madre, derivando esto en una muy ahondada mamitis; ambas cosas, sumadas a su adicción por las drogas, causan su depresión y un sentimiento de inferioridad que allanan el noqueado cerebro del joven autor colombiano para que, después de varios intentos, por fin consiga poner punto final a su vida.
En El cuento de mi vida se vislumbra el posible paseo de Caicedo por las páginas existencialistas de Sastre y de Camús, al menos que el precoz escritor colombiano, sin proponérselo, haya dado forma a una novela existencialista latinoamericana con los duros adobes de su propia vida. Considero que los mejores capítulos del libro son los primeros tres: “Remontando el río”, “Silvia” y “De película por los Ángeles”. Es en estás páginas donde se ve el oficio literario de Caicedo, aun cuando habla de que no ha podido escribir el capítulo que tiene en mente para el proyecto de su primera novela. Es también en las líneas de estas primeras tres partes del libro donde el colombiano confiesa su gusto por el séptimo arte (todo un cinéfilo declarado) y por escritores clásicos, entre los cuales destaca su fervor por Edgar Allan Poe.
Los capítulos restantes del libro siguen mostrando crudamente el hundimiento anímico de Caicedo. El “último capítulo” (titulado así) es demasiado cursi y a la vez desesperante para Andrés; incluye una carta a su pareja de entonces, Patricia, sabiendo que quizás -o talvez ya con la certeza en la sangre, y de ahí el empujón mayúsculo para caer en su decisión sin marcha atrás de suicidarse- dicha carta nunca llegaría a manos de la susodicha, que lo acaba de abandonar. La carta está fechada en Cali el día de su trágica muerte. Las últimas líneas de Caicedo, a diferencia de las primeras, se ven bastante improvisadas y descuidadas, se nota el estado indiferente del colombiano ante la estética de lo que deja ver su pluma, y se deduce más un desahogo con el que probablemente Andrés buscaba espantar a sus demonios, que le aconsejaban optar por terminar con su depresión acabando él mismo con él mismo.
El cuento de mi vida muestra a un niño prodigio que consiguió convertirse en un buen escritor, pero no cabe duda que el suicido en plena juventud contribuyó enormemente a que la figura y la obra de Andrés Caicedo fueran objeto de culto, y a que él sea visto en todos los países a donde han llegado sus libros, incluso en su misma tierra, como un mito y toda una leyenda de las letras colombianas.

Letras existencialistas



Las novelas existencialistas me gustan bastante, sobre todo las escritas por Albert Camus y Jean Paul Sartre, ambos acreedores al Premio Novel de Literatura en 1957 y 1964, respectivamente; Sartre lo rechazó. Es inevitable perderse placenteramente entre las páginas de El extranjero, de Camus, y La náusea, de Sastre. Aunque también es muy cierto que este tipo de literatura puede llegar a ser un poco deprimente; tal vez ese sea su fin, tal vez no, pero las letras existencialistas suelen, por lo general, ser tristonas y reflejar una realidad cruda y pesimista. Aun con todo es gozoso leer y releer a estos dos escritores y filósofos franceses.
Bueno, pues acabo de leer un libro existencialista latinoamericano basado en las memorias inéditas del escritor colombiano Andrés Caicedo. Estas memorias fueron escritas por Caicedo en una especie de diario que llevaba para, al parecer, buscar una especie de catarsis debido a su adicción a las drogas, a la profunda depresión que padecía y a su oscuro pesimismo. La obra se titula El cuento de mi vida. El libro está escrito muy al estilo de Sastre y de Camus y es bastante deprimente; quizá Caicedo logre que uno asimile y se hunda en su depresión mucho más que en otras páginas de este tipo debido a que no se trata de ficción, si no de la realidad vivida a través de sus pesimistas sentidos.
Hay que reconocer que Caicedo conocía y practicaba en forma excelente el oficio de escritor, pero en cuanto a letras existencialistas prefiero quedarme con las de Camus y las de Sastre. No es que yo practique un malinchísmo latinoamericano, ni mucho menos; me gusta el estilo de Caicedo, pero no comulgo con su forma tan oscura, trágica y depresiva de ver la vida. Caicedo se dejó llevar tanto por su filosofía existencialista que acabó por suicidarse cuando tenía una vida y una carrera literaria, seguramente con mucho éxito, por delante. Considero que vale la pena leerlo, siempre y cuando no seamos muy susceptibles de caer en la influencia depresiva envolvente que tienen ciertos escritores cómo Caicedo, al menos que después de cada sesión de lectura de este tipo de obras se tenga a la mano algún material de Alex Dey. En su tierra, así cómo en todos los países a donde ha llegado su obra, Caicedo es objeto de culto y toda una leyenda.

Enseguida de este post, y en orden del más reciente primero (arriba), dejo la reseña de las deprimentes memorias de Caicedo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Atracón de letras


Últimamente me he sentido como guachinango en las aguas del Golfo de México, por supuesto que en las corrientes donde no llegó el manchón de petróleo ocasionado por la compañía petrolera británica, o séase como pez en el agua; lo escribo así tratando de darle un toque diferente al pronunciadísimo lugar común. Y es que, debido al diplomado en letras que curso, me he sumergido en un tsunami de libros que me ha inundado de un placer como pocos. No sé si todo aquel que gusta de la lectura, sobre todo de libros, sentirá lo mismo que yo: cómo iniciado en una cofradía secreta del conocimiento. Los libros te permiten entrar en un número ilimitados de mundos, de universos. La cabeza de cada escritor es un universo, y cada universo es un misterio. Parafraseo un dicho muy mentado por mi tío Gerardo, que reza: “Cada cabeza es un mundo y cada mundo es un misterio”. Si la frase no nació de la meditada ocurrencia del tío Gerardo, sabrá Dios de donde la plagió. Lo más curioso del asunto es que los libros son mundos y universos que siempre han estado al alcance de todos, de cualquiera que desee echarse un clavado en ellos, pero somos pocos los que sucumbimos a su llamado.
A varios de los escritores que hemos estado leyendo ya los conocía, algunos solo los había escuchado nombrar, y otros tantos más eran completamente desconocidos para mí, pero hasta ahora todos me han deleitado con sus plumas, con sus maquinas de escribir y, los más modernos, con sus laptops.
En el diplomado nos han puesto a que desarrollemos ejercicios literarios. A partir de hoy voy a empezar a subir a este espacio estos ejercicios. Espero que gusten de ellos y los disfruten tanto cómo yo me divertí al escribirlos.
Aquí, bajo este post, dejo el primero.

Ejercicios literarios I: Reseña

Esto que ves es un rostro, ¿Pero de qué, de un cuento o de una novela?


A partir de la segunda mitad del Siglo XX los escritores latinoamericanos llamaron la atención en todo el mundo debido a sus propuestas literarias frescas, vanguardistas y con una calidad irrefutable. Jorge Luis Borges ya había comenzado a garabatear, antes de los años cincuenta, sus cuentos fantásticos que hasta la fecha pocos entienden; entre sus libros más conocidos están Ficciones (1944) y El Aleph (1949). En México, a comienzos de la segunda mitad del Siglo pasado, Juan Rulfo revolucionó la forma de escribir una novela con Pedro Páramo (1955). Se podría decir que es a partir de la aparición de Pedro Páramo que muchos otros escritores en Latinoamérica lanzan al mercado obras rebosantes de una literatura que no se había visto hasta entonces. Entre los exponentes más famosos del llamado Boom de la literatura latinoamericana están Julio Cortázar y su inigualable e inagotable Rayuela (1963), Mario Vargas Llosa y su juego con el tiempo en La casa verde (1966), y Gabriel García Márquez y las historias entremezcladas de todos los integrantes de la familia Buendía en Cien años de soledad (1967).
En este siglo que corre algunos escritores no se han quedado atrás y también han arrojado propuestas a las aguas cambiantes de los océanos literarios actuales. Una de esas propuestas es la novela Esto que ves es un rostro, de la escritora española Lolita Bosch. Además de ser su primera novela, esta obra la llevó a conseguir el "Premio de Experimentación Literaria de Òmnium Cultural" en el 2004.
Esto que ves es un rostro trata sobre una mujer joven a quien se le acaba de morir su padre. La chava va escribiendo a manera de diario las impresiones y vivencias que le deja la muerte del hombre que, a pesar de ser el único sobreviviente a un incendio además de ella, no frecuentaba y al que cree culpable de la muerte de su madre y sus hermanos a causa de las llamas. La forma en que escribe Elisa Kiseljak, la protagonista, es siguiendo a su alter ego y lo que este le dicta; sigue a su consciencia, a su otro yo, diría Benedetti, y todo lo que ese otro yo recuerda de su presente, de su pasado, del tiempo que ha vivido y que está por vivir es viéndolo como un corredor, un pasillo con muchas puertas con un número cada una de ellas. Esas puertas representan los años que se fueron y los que vendrán. La propuesta de Bosch es interesante, su pluma da correría desbocada a largas frases durante toda la novela, frases que a veces en más de media página no llevan ningún punto, ninguna coma y tampoco punto y coma. Las frases simplemente se suceden a través de la voz del alter ego de la protagonista como una serie de pensamientos que llevan un orden pero vuelan desbocados mientras ella los sigue y los aterriza en el papel.
La novela de Bosch deja mucho trecho abierto para que el lector lo llene con sus conclusiones y su imaginación. Se entiende que el cadáver del padre tiene el rostro desfigurado, y ahora que la hija lo puede ver, no lo reconoce y busca hacerlo a través de tres textos del fallecido; esos tres textos son, a mi parecer -junto con la propuesta de las frases sin las anclas de la puntuación- lo mejor de la novela. Los tres textos son bastante poéticos, parecen versos escritos uno seguido del otro y solo separados, estos sí, por puntos y comas; además están escritos en cursiva, lo que les da un toque muy ad hoc.
Un detalle bastante intelectual que habla muy bien de Lolita Bosch es el hecho de que incluyó, cómo inicio de la novela, un párrafo de Luz de agosto (1932), de William Faulkner.
La novela de Bosch me gustó, pero siento que queda a deber, por el hecho que es repetitiva en algunos de sus párrafos, además de que sí se llega a notar en algunos de ellos la falta de las comas en frases que, a mi parecer, debieran llevarlas. Algo a favor de esta propuesta de escritura es que, a pesar de la falta de puntuación necesaria, si es comprensible la trama y si se pueden detectar los comienzos y finales de dichas frases. A leguas se nota la influencia en la escritora española del último capítulo del Ulises, de James Joyce, donde una serie de pensamientos desenfrenados pueblan las páginas dando pie a que el lector los interprete cómo más le venga en gana; pero, aun así, Joyce es Joyce.
También me parece que la extensión en el número de páginas deja la clasificación de la historia entre un cuento largo y una novela corta, aunque con mucho más de cuento que de novela.
Esto que ves es un rostro convence aun cuando le hace falta esa parte de la narrativa que da las características necesarias para que una historia se considere novela.

El guiño


No son pocas las veces que una pregunta ha flagelado mi pensamiento y mi consciencia inútilmente, y esa pregunta es ¿Porqué no seguí mi instinto literario en el momento en que me hizo el primer guiño? Si así lo hubiera hecho lo más seguro es que, en vez de estudiar contabilidad, ahora tendría en mis haberes el título, y hasta la maestría, de una licenciatura en letras o por lo menos en ciencias de la comunicación. El guiño que no advertí lo recibí mientras cursaba los primeros semestres de preparatoria, y fue en la clase de “Taller de lectura y redacción”. Por aquel entonces conocí a Kafka, a García Lorca, y algunos otros escritores de lujo de quienes nos encargaban, como tarea semanal, leer completa una de sus obras y hacer el resumen con todo aquello que nuestra memoria retuviera. La maestra de esta clase era eficiente, nos obligaba a leer mediante la amenaza de que ella leería todos y cada uno de nuestros resúmenes y si ante sus ojos pasaban dos tareas iguales, una de alguien que sí cumplió y la otra un clon hecho por un flojonatas, a ambos alumnos les pondría cero dado que a su juicio era imposible identificar el trabajo original del trabajo copiado. Algunos compañeros confiaron en que la amenaza no iba a pasar de ser solo amenaza y tanto al alcahuete como al holgazán les signaron con un círculo colorado sus cuadernos del taller.
Yo disfrutaba leyendo y escribiendo los dichosos resúmenes, pero esta situación no fue el guiño a que me refiero. En la sección del semestre que yo cursaba había una chava muy guapa y, hay que reconocerlo, muy viva: a veces me pedía que le leyera mi resumen del libro en turno, y en base a lo escuchado ella redactaba el suyo. Nunca me negué a sus peticiones, que ojalá y hubieran llegado más allá de lo académico, ya que bastaba que me mirara para perderme en sus lindos ojotes color miel. La chava tenía otras cualidades; además de guapa era muy buena onda y también muy estudiosa. Y algo más: gustaba de la literatura. Cuando no escribía su resumen al parecer se debía a que trabajaba por las tardes en una miscelánea que tenían sus papás en donde si la chamba se tornaba agobiante no le daba chanza de leer el libro entero que tocaba.
El guiño consistió en que, al enterarme del gusto por la literatura de mi guapa compañera, escribí mis primeros cuentos para ella; fueron dos y los garabateé en una sola tarde. Recuerdo que la experiencia fue parecida a un ejercicio de escritura en automático. Tenía la idea del comienzo de una historia y un espejismo nebuloso del final, así que comencé a escribir cómo poseído, perdido entre las cuartillas rayadas que mi puño llenaba de ficción. Terminé un primer relato. No me gustó. Trataba sobre un callejón (al parecer así se llamaba el cuento, El callejón) en el que un fantasma se la pasaba dándole cuello, bueno...matando, a todo aquel que cruzara por allí. Cuando llegué la final del relato lo leí y releí y no me llenó el ojo. Me pareció que la historia, en vez de dar miedo y despertar el terror escondido del lector, iba a parecer floja, y con un final cursi. Aun así me la quedé, pero decidí escribir otra. Otra vez me parecía que era la pluma, y no yo, quien escribía, que mi mano solo sostenía al bolígrafo mientras se dejaba llevar a la velocidad que él quería. Prácticamente no paraba de tatuarle palabras a las hojas del cuaderno, y cuando me detenía un pequeño instante era porque había cometido un error en algún vocablo.
El segundo cuento me llevó más tiempo, lo terminé casi anocheciendo. Al escribir la última palabra apliqué la misma catadura: lo leí y releí. Me gustó. La trama del relato se basaba en una nave espacial extraterrestre que caía cerca de un ranchito donde un chavito de diez años vivía en la casa de su abuelo. El mocoso, curioso cómo él solo, veía caer una especie de pequeño sol -la nave- en los alrededores de una laguna cercana al poblado y salía a la noche para averiguar que había caído del cielo. Al llegar a la laguna, el chavito descubría la nave y a sus tripulantes, Los Guerreros Solares (fue cómo nombré el cuento), descendiendo de una especie de estopa gigante en llamas, unas llamas que eran capaces de dejar ciego a cualquier humano que las mirase. A partir de ahí se desarrollaba la historia. El título me lo fusilé de una película que por aquellos años andaba de moda y que en español se tradujo así, Los Guerreros Solares. Era todo lo que yo conocía de dicha cinta, y lo único que conocí, puesto que nunca la vi.
Al día siguiente le platiqué a mi compañera, la chava de los lindos ojotes color miel, mi hazaña literaria y me pidió que la dejara leer los cuentos. Lo hice y le gustó el de Los Guerreros Solares. Ya encarrerado y con semejante motivación, escribí un tercer relato, bastante cursi y agringado, al que titulé Los amigos y que trataba sobre dos policias que se echaban tanto la mano que, en vez de amigos -ahora que lo pienso- parecían una pareja de gays. No recuerdo si se lo di a leer a mi bella e inquietante amiga, pero si así fue no le ha de haber gustado igual que el de los guerreros, porque no se me grabaron sus elogios para el cuento; quizá fueron nulos.
Este es el guiño al que me refería al principio del post, guiño al que no hice caso cuando disfrutaba y sufría mi adolescencia. La literatura no volvió a flirtearme hasta hace ocho años, cuando retomé el hábito de la lectura hasta volverme un adicto compulsivo. Y de tanto leer desperté a la loca de la casa, la imaginación, que me estuvo muele y muele con la idea de que escribiera, y le hice caso. Y heme aquí, azotando el teclado cada vez que las palomas, los murciélagos, o vayan ustedes a saber qué, se cuelan al campanario.
Hay que hacer caso al guiño, al instinto, eso que algunos llaman sexto sentido, porqué cuando embate con la fuerza descomunal de un rayo, seguro nos está gritando la verdad de algo que aun no hemos visto, pero que es cierto, y que necesitamos descubrir.

viernes, 20 de agosto de 2010

Depresión en línea


Toda esta semana me sentí, y me sigo sintiendo, cansado, desganado y algo deprimido. La razón principal la achaco a que el fin de semana pasado salí de viaje a Parras de la Fuente, Coahuila, en plan de trabajo. Estuve por el oasis de las viñas y el buen vino la noche del viernes, todo el sábado y la mañana domingo sin parar de trabajar más que para comer, descansar un poco -muy poco, un poquitín- para después seguir atendiendo gente deseosa del conocimiento y costo de nuestros productos automotrices. Así que solo descansé el domingo por la tarde, ya en Torreón, para continuar temprano el lunes por la mañana con las labores diarias. El cansancio ya me acechaba socarronamente antes del corto pero pesado viaje, y desde el lunes barrió conmigo; creo que me quiere exprimir hasta la última gota de energía, porque no me ha soltado.
Por si el cansancio no fuese suficiente la depresión le está haciendo segunda sobre mí y, aunque es pequeñita, mi ánimo la resiente cómo si se tratara de la piedrota que carga en las imágenes oficiales El Pípila antes de prender fuego a las puertas de La Alhóndiga de Granaditas.
La ventaja que tengo contra estos dos huéspedes indeseables que se han alojado en mi cuerpo y mi mente es que sé de donde viene cada uno de ellos: el cansancio, cómo mencionaba, del viaje sin descanso a Parras; y la depresión me la contagió el famoso y mentado facebook.
Allá por el miércoles más o menos, hará cómo nueve días, me di de alta en el lugar más famoso en cuanto a redes sociales vía Internet se refiere: facebook. En realidad no creo mucho en eso de poder hacerse de cerros y cerros de amigos en México y en cualquier parte del mundo. Yo más bien ingresé al facebook con fines comerciales y profesionales, fines que en casi semana y media no han avanzado nada. Eso sí, se pierde un montón de tiempo actualizando el perfil y revisando los mensajes, notas y comentarios de tus amigos y contactos. Durante la primera navegada en este sitio social tuve una sensación rara, me sentí extraño, sin ganas de nada y como deprimido, más bien me sentí deprimido. ¿Por qué? Hasta ahora no lo sé a pesar de que lo he meditado bastante. Simplemente es como si el sitio te transmitiera la depresión de alguien más o de todos cuantos están dados de alta y circulan en él. Lo positivo de mi reacción ante el facebook es que cada vez lo visito menos y solo reviso mi muro cuando considero que hay algún mensaje, aviso o comentario importante por parte de mis amigos o de alguien que desea ser mi amigo.
Nunca lo hubiese pensado, menos hecho, de no ser por el facebook, pero la noche de mi primer encuentro con la red social virtual, busqué en mi cava de letras un libro de motivación personal -imaginen cómo andaría- y lo leí hasta que mi ánimo mejoró. El libro salvavidas, salvamentes y salvaincautos victimas del facebook fue, y es, Ya deja de buscar… ¡Encuéntrate!, de Olga Nelly García, locutora regia que tiene un programa de radio por las tardes en multimedios y que se trasmite por el 93.1 de FM aquí en Torreón. Aunque no lo crean, y no lo menciono solo porque me sacó del mar de la tristeza sin razón, es un buen libro. En cuanto lo terminé pienso subir la reseña.
Ahora soy más precavido y tengo cuidado con el facebook; incluso pienso que, si no me proporciona buenos contactos profesionales y comerciales, que -como comento- fue el objetivo principal de enrolarme en ese océano de personas con relaciones virtuales, voy a darme de baja. No sé si alguien lo ha notado, pero todas las pantallas, ya sean las de computadoras, televisores, cine, celulares y hasta video juegos portátiles, le chupan a uno la energía y son como cualquier droga: después de pasar el efecto placentero que producen, te dan cruda. Así que cuidado con ellas, no hay que regalarles demasiado tiempo, y menos si es tiempo improductivo.

miércoles, 11 de agosto de 2010

México en las noticias internacionales gracias a un chícharo


El futbol me es indiferente. Si bien es verdad que he llegado a emocionarme un poco cuando el equipo local, El Santos Laguna, ha sido protagonista en la liguilla y ha llegado a la final cómo ocurrió la temporada pasada, no despotrico de euforia en cuanto los guerreros anotan un gol, no arremeto con vulgaridades y leperadas contra el equipo contrario, y mucho menos despierta en mí el deseo irrazonable de cortarme las venas cuando pierden los verdiblancos. Igual reacciono con la Selección Mexicana. Tampoco niego que sentí un gusto como pocos cuando los nuestros le pusieron una patiza a los italianos y a los franceses; a los primeros fue en un partido previo al pasado mundial y a los segundos en pleno mundial. Pero aun con todo, las emociones al límite que explotan en los aficionados y fanáticos gracias al futbol me parecen sin razón y en la misma gran proporción pienso que son inútiles. ¿Que ganamos cuando los guerreros del Santos Laguna golean al contrario? Nada que yo sepa. La Selección Mexicana siempre es pintada cómo un grupo de héroes que no parecen de carne y hueso, sino semidioses del balompié, grupo que siempre nos decepciona llegando a donde mismo en todos los mundiales y soltando un montón de excusas en vez de aceptar que lo que les falta no es talento si no actitud. Eso sí, los jugadores aztecas son buenísimos anunciando el Pan Integral Bimbo y su famosa frase de “Haz sándwich”. El Rafa Márquez no se queda atrás, el güey parece galán de telenovela anunciando rastrillos con triple hoja de corte diamante que proporcionan una mejor rasurada, al ras y por más tiempo.
Por eso hay que emocionarnos, pero cuando los periódicos dejen de publicar nota roja donde aparecen decapitados, jóvenes acribillados en fiestas de cumpleaños y en inauguraciones de bares, balaceras entre grupos rivales y entre el crimen y los cuerpos de seguridad donde mueren mujeres, niños, jóvenes y demás inocentes que pasaban por el lugar. También hay que emocionarnos cuando nuestros jóvenes hagan algo importante a nivel mundial, que es a donde voy.
Antier por la noche, viendo el noticiero de Joaquín López Dóriga, una noticia me llenó de orgullo y despertó en mí el deseo de ser mejor en todos los aspectos: en el trabajo, cómo mexicano y, lo más importante, en la búsqueda continua de alcanzar mis sueños, que importa que suene a frase barata de motivación personal. La noticia fue en el rubro deportivo internacional y hacía mención de las hazañas del Chicharito Hernández cómo jugador del Manchester United en las tierras del Rey Arturo. Tres Partidos, tres golazos, y la alineación del joven futbolista mexicano como titular en el famoso equipo inglés.
Parece que contradigo mis palabras, las que teclé al principio de este post, pero no. ¿Qué ganamos emocionándonos con las patadas acertadas al balón y sin piedad del Chicharito? Nos damos cuenta que la juventud se impone y da el ejemplo de que si los mexicanos nos lo proponemos podemos llegar a donde nos dé la gana, cómo el Chicharito Hernández, que está demostrando que juega un tremendo futbol, y está asombrando al viejo continente, al orbe entero, y a nosotros mismos, los mexicanos, con su talento y su entrega en las canchas europeas.

martes, 20 de julio de 2010

Música nocturna del fin de semana


La música nocturna de la que habla Jaime Muñoz Vargas en uno de sus artículos de Ruta Norte me despertó la madrugada de este domingo que acaba de pasar: el tableteo producido por los disparos de armas de alto poder. Era la una pasada cuando las mortíferas ráfagas de plomo terminaron con el oscuro silencio de Torreón dando paso al oscuro ruido. Fui testigo auditivo dado que vivo a unas cuantas manzanas del lugar donde se jalaron los gatillos a sangre fría. Debido a la hora, la noticia ya no alcanzó a salir en los diarios, pero ayer lunes apareció tanto en La Opinión Milenio como en El Siglo de Torreón. Las consecuencias de esta nueva barbarie fueron entre 17 y 18 jóvenes asesinados y 17 heridos. Claro y por supuesto que los números pertenecen a las rasuradas cifras oficiales.
Los cruentos hechos se materializaron en la Quinta Italia Inn, inmueble que se encuentra dentro del Ejido San Luis, a espaldas de una agencia funeraria ubicada sobre el periférico Raúl López Sánchez (si no imagino mal, la funeraria debe ser Gayosso). En el lugar se encontraba un nutrido grupo de jóvenes, algunos de ellos integrantes de un equipo deportivo, celebrando un cumpleaños cuando de buenas a primeras llegaron varios vehículos de los que bajaron sujetos armados hasta los dientes con rifles y metralletas como si estuviéramos en Irak, se metieron a la quinta y dispararon contra todos los asistentes, incluyendo a los integrantes del grupo musical Banda Ríos que amenizaba la pachanga; algunos de los músicos perdieron la vida.
En la imagen que subí a este post les muestro los nuevos instrumentos musicales con que se amenizan las noches de La Laguna: Los rifles de grueso calibre conocidos y temidos con el famoso mote de Cuernos de Chivo.
Pero bueno, esta noticia es el pan nuestro de cada día en esta terregosa y abrasante región sin ley. Ni modo. Mejor es pensar en la Macro Plaza que está construyendo el flamante Presidente Municipal de Torres -que se preocupa por las demandas y necesidades de su gente- y El Gobierno de la Gente (si las cosas siguen así, va a ser el Gobierno de la gente muerta), que, la verdad, dicen que va a quedar bien chingona. También hay que prepararse para la inauguración del próximo torneo del futbol mexicano profesional de primera división. Hay que apoyar al Santos aunque, igual que el Tri, al final dé pena ajena; tanto pinche estadio para nada, tanta piche publicidad para convertirlos en héroes, pero como el de la canción Soldado del amor que Mijares convirtió en éxito hace décadas: "héroes de mentira y gigantes de papel".
Que hay balaceras en donde mueren mujeres, niños, jóvenes y demás incautos inocentes…ni modo, pobres desafortunados, de todos modos algún día se iban a morir. Nada se gana con preocuparse e indignarse. Mejor es prepararse para el fut con unos buenos botes, una jugosa carne para asar y la camisa oficial del equipo. Ah, y no hay que descuidar el echarle una ojeada al proyecto de la nueva Presidencia Municipal para vigilar que quede chingonsísima y así despierte la envidia de los regios.

viernes, 9 de julio de 2010

Acequias 52


Ayer por la tarde en Librerías Gandhi sucursal Torreón, a eso de las 19:30 hrs., fue la presentación del número 52 de la revista literaria Acequias, que publica la Universidad Iberoamericana Torreón. La chamba, la que me da el pan nuestro de cada día, me enclaustró toda la tarde en un curso de capacitación y desgraciadamente no pude asistir al evento. En cuanto salí del aula, a eso de las ocho pasadas, convertí mi auto compacto en una saeta de fuego (esta metáfora me la fusilé de Harry Potter) y llegué a Gandhi a las ocho y media, pero ya no encontré a ninguno de los presentadores ni al público que asistió a conocer el nuevo número de la publicación. No me quedó de otra que agenciarme un buen bonche de Acequias que me encontré en la mesa de centro del área de café con que cuenta la librería y que es generalmente donde se llevan a cabo las conferencias y las presentaciones de lo más nuevo en cuanto a publicaciones.
Siempre que tengo el tiempo en mis manos, o más bien que el tiempo me suelta de sus manos, asisto a las presentaciones de la tremenda Acequias, cuyo timonel es el poeta sinaloense Julio César Félix, pero ayer de plano no pude.
Esta es la presentación que más me ha dolido perderme de Acequias, porqué en este nuevo número se publica una reseña de mi autoría sobre Leyenda Morgan, de Jaime Muñoz Vargas, reseña que subí a este espacio el pasado 30 de mayo.
Acequias es de distribución gratuita, o sea "de a grapa", y la pueden encontrar el las principales librerías de la región, cómo en Gandhi y la librería del FCE que está a un lado del Teatro Isauro Martínez, y en los centros culturales comarcanos, cómo el Icocult y el CINART (que ya están en las mismas instalaciones: en la antigua estación del ferrocarril de Torreón).
Una felicitación a Julio César Félix y a todo el equipo editorial de Acequias por este número 52, que, además de sus nuevas secciones que incluyen crónica y cómic, está de lujo.

martes, 6 de julio de 2010

Ahora le tocó a Francisco Amparán


Hay una expresión de la cual ignoro su origen y que solo he escuchado en voz de algunos compañeros de la oficina representada en la frase “se lo cargó el payaso”, o séase “se murió”. En caso de que se trate de una mujer sería “se la cargó el payaso”. Cuando recién escuché estas palabras tan simples, tan chuscas y poco comunes (al menos para mí) para referirse al fallecimiento de alguien, primero, solté una carcajada dado que no se trataba de alguien conocido -ni querido- en esa ocasión inicial que oí mencionar la mentada frase; segundo, me puse a pensar en el posible origen de la expresión y a lo único que llegué fue a la novela It, de Stephen King, que, cómo la mayoría de sus producciones literarias, fue a parar a la pantalla grande. ¿Por qué It? Porqué en el pueblito lluvioso donde se desarrolla la trama de la película, un ente maligno con fisonomía de payaso muy a la Mc Donald´s anda mate y mate niños (algo le han de haber hecho los cabrones mocosos). De ahí en más no encuentro otra relación con “se lo cargó el payaso”; no al menos que me satisfaga.
Bueno, pues últimamente el payaso ha andado hiperactivo en México, patrocinado principalmente por el crimen organizado, y ni que decir de la plomeada Comarca Lagunera. Lleva tanto vuelo el payaso que, el fin de semana que no hay balaceras significativas en La Laguna, no se detiene a descansar y se carga a quien se le ponga enfrente, cómo hizo el domingo pasado con el escritor lagunero Francisco Amparán, mejor conocido en el periodismo, la literatura y el ámbito cultural en general cómo Paco Amparán, y cuyo nombre completo era Francisco José Amparán Hernández. La muerte de este tremendo periodista y escritor lagunero me ha impactado, y más a sabiendas de que era muy joven, al menos para morir; tenía 52 años. Hago el comentario de su fallecimiento con la susodicha frase del payaso porqué en las dos columnas que tenía Paco Amparán en El Siglo de Torreón escribía sobre los problemas del mundo, de nuestro país y de nuestra región, narrados siempre de una forma chusca y amena utilizando modismos del habla que todos hemos pronunciado alguna vez, o que por lo menos escuchamos o hemos escuchado.
Las dos columnas de Paco Amparán eran El comentario de hoy, que salía de lunes a viernes; y Los días, los hombres, las ideas, líneas domingueras que generalmente relacionaban el panorama actual del orbe con la historia y que trataban sobre temas interesantísimos; en esta columna de Amparán aprendí mucho más de historia que con los maestros de la SEP que me tocaron en primaria y en secundaria, a diferencia de cuando cursé el bachillerato, porqué déjenme decirles que la maestra de historia que asignaron a mi grupo de la prepa era toda una chucha cuerera (frases así escribía Amparán).
Don Paco, de más está decir que lo vamos a extrañar sobremanera, muchísimo; la Comarca ya no será la misma sin sus palabras en la radio y El Siglo de Torreón, periódico que sin usted padece un tremendo hueco difícil de llenar, cómo los baches sin fondo de Torres.
Que le vaya muy bien Don Paco, y no se deje del payaso; aunque no dudo que usted lo tenga bastante entretenido y a carcajadas.

domingo, 20 de junio de 2010

Carlos Monsiváis, otro grande que se va


Ayer por la tarde falleció Carlos Monsiváis a causa de una insuficiencia respiratoria que lo tenía en el hospital desde hace dos meses.
A Carlos Monsiváis lo escuché nombrar cuando algún compañero de estudios literarios mencionó lo mucho que le gustaban sus críticas al gobierno y a la política en general. Y cuando se me presentó la oportunidad de volver a hojear El Siglo de Torreón un domingo por la mañana, busqué su columna: lo encontré, lo leí y me gustó. Me gustó mucho su forma de escribir bastante intelectual, un tanto popular y llena de un sarcasmo ácido y directo. De allí en adelante no me perdía sus líneas domingueras fin de semana tras fin de semana, hasta que un día no apareció su columna en la sección editorial. Fue entonces que me enteré de que se encontraba en el área de terapia intensiva de un hospital de chilangolandia.
La esperanza de que se recuperara me acompañó todo este tiempo, desde que él cayó en cama. No dudo que Don Carlos luchó, pero al final pudo más la enfermedad.
Pareciera que Monsiváis se fue en busca de Saramago para juntos realizar el último viaje. Buen viaje, Don Carlos.

viernes, 18 de junio de 2010

El último viaje de José Saramago


Se nos fue José Saramago. Partió con 87 años transitados en esta tierra y con todas sus convicciones ateístas, las cuales le granjearon el odio de varias religiones, sobre todo el de la Iglesia Católica, que condenó libros de él cómo El Evangelio según Jesucristo (1991) y Caín (2008).
José Saramago participó, aun sin creencia religiosa alguna, en causas humanitarias, y con su pluma siempre denunció lo que vio de injusto en sus numerosos viajes por el orbe. Nunca fue devoto de alguna creencia, pero ¿Qué cuenta más? ¿Ser devoto y un hijo de la tiznada con nuestros semejantes o ser ateo y ver por los demás sin siquiera un dejo de discriminación?
El Maestro José Saramago ganó el Premio Novel de Literatura en 1998.
No se imagina cómo lo vamos a echar de menos, Maestro.

viernes, 4 de junio de 2010

Clamor colectivo


El correo electrónico es un medio de comunicación que se ha hecho indispensable, imprescindible e inseparable de la vida y la productividad en la mayor parte de las empresas, pero también es un medio de comunicación que, cómo todos los avances tecnológicos, puede desperdiciarse y puede hacer que desperdiciemos el tiempo. Verbigracia: toda la basura que recibimos a diario en nuestro buzón de entrada, toda la basura que despachamos a diario con solo dar un “clic” en la dirección de correo electrónico de cada uno de nuestros contactos, y por si nuestro hobby como pepenadores y repartidores de información inútil y cosas inservibles no fuera suficiente, perdemos el tiempo actualizando nuestro perfil en el blog que ya casi todos los emails gratuitos ofrecen para que nuestros contactos y conocidos nos conozcan más, así como para que a su vez nosotros podamos saber más de ellos, que importa que todo lo que subamos, y todo lo que ellos suben, sea mentira.
Algo que ya me tiene hasta la progenitora son las famosas cadenitas; que si mandas este correo a 20 personas, tendrás mucha suerte y una buena noticia en “x” número de días, pero si no lo haces te ira de la trastada. Cuando recibo algo de esta basura virtual inmediatamente borro el mensaje sin siquiera comenzar a leerlo.
Ayer recibí de un conocido un correo electrónico que de no ser porque llamó mi atención el título en negritas, lo hubiese borrado de mi buzón virtual de un dedazo. El mensaje se titula Carta de una mujer de Torreón a Felipe Calderón; leí completa la misiva dirigida al máximo mandatario de nuestra baleada patria y me llegó, me llegaron las líneas de la autora anónima que clama por que la seguridad, la paz y la tranquilidad vuelvan a Torreón, Gómez y Lerdo. El clamor de la mujer a quien achacan la carta es el clamor colectivo de todos los que vivimos en La Laguna; y no solo de todos los laguneros, el clamor es de todos los mexicanos. Voy a permitirme subir la carta en este post, y que Dios nos agarre confesados. Dejo el texto tal y como lo recibí, con la ortografía y la puntuación de origen. Aquí va.

C. FELIPE CALDERON HINOJOSA
PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DE LOS
ESTADOS UNIDOS MEXICANOS
MEDIOS DE COMUNICACIÓN
RADIO Y TELEVISION
AMIGOS Y CONOCIDOS
Torreón; coah. a 30 de Mayo de 2010.
Alzo la voz y grito a los cuatro vientos; para hacer de su conocimiento que estoy pasando los peores días de mi vida. No doy crédito a lo que mis ojos ven, a lo que mis oídos escuchan, a lo que mi boca pronuncia; no doy crédito a lo que mis manos han dejado de hacer; al odio, resentimiento e impotencia que ha acumulado mi corazón.
Sobre todo a la impotencia que siento al no poder hacer nada, ante el miedo con el cual los laguneros vivimos, ver como la economía de la ciudad esta por los suelos, el como la juventud ha decidido esconderse en su casa, evitar todo tipo de diversiones fuera de ella, las calles vacías a partir de las nueve de la noche, restaurantes y bares cerrados, todo gracias a la ola de inseguridad por la cual pasamos.
Quiero invitarlo a usted y a su familia a pasar unos días en Torreón; a hospedarse en el Hotel Holiday Inn de Independencia; para que durante la madrugada escuche por mas de cuarenta minutos como policías y sicarios luchan por sus vidas; entre disparos, bazucasos y granadas. Lo invito a dar un paseo por la ciudad; para que sus ojos presencien como en los semáforos; delincuentes a mano armada bajan a las personas de sus vehículos, y como los carros vecinos huyen del lugar, sin poder ayudar a las personas agredidas por el miedo.
Invito a su esposa; la Sra. Margarita a la próxima fiesta infantil de mis hijos, para que escuche las amenas platicas en las que más de diez asustadas mamas participan en cada mesa. El tema central es la inseguridad, se habla de cómo bajaron de su carro y golpearon a la tía de fulanita en plenas doce del día en el estacionamiento de un supermercado; de la cantidad imparable de balazos y los minutos eternos que pasaron escuchando por la noche en la última balacera; de cómo corrías a recoger a tus hijos después de recibir la noticia de que hay una manta colgada por el periférico que dice “que 5 niños de diferentes colegios de la ciudad serán secuestrados”; de las llamadas de extorsión que recibes a diario del secuestro de tu vecino.
A sus hijos los invito a participar en el último simulacro en el que mis hijos participaron en el colegio; se me hace un nudo en la garganta y no puedo evitar que las lágrimas se rueden por mis mejillas al recordar como mis hijos me contaban de lo que había tratado el simulacro….
De cómo su maestro cerraba con llave la puerta del salón y tapaba con papel la ventana de la misma; de como pecho tierra tenían que llegar hasta el closet del salón y esconderse rápidamente y sin hacer ruido, de cómo debían sentarse todos amontonados y tapar con sus manos sus ojos; mamá dijo mi hija de 6 años “estaba prohibido empujarse, también hacer ruido y destaparse los ojos, dos de mis compañeras se pusieron muy nerviosas y lloraban mucho, mi maestro las tuvo que abrazar y meterlas debajo del escritorio”.
Lo invito a mi casa; para que vea como mi hijo de 7 años corre todas las madrugadas a dormir a mi cama desde hace tres semanas; como llora recordando la plática de sus amigos hablando de pura delincuencia y balaceras, de cómo me dice “mamá, lo que se oye son balazos?”…..se me hace injusto, que mi hijo no tenga un sueño placentero; que viva con miedo y no hable de juegos….Lo invito a caminar junto a mi esposo, del estacionamiento al trabajo y tener que correr en plenas 9:00 de la mañana por que policías y ladrones se dan de balazos a menos de 50 metros de donde esta el.
Lo invito a mi ciudad; para que vea como tres ciudades hermanas se separan por la ola de violencia, miles de personas con temor de ser asaltados, secuestrados, baleados, o incluso por temor a morir ya no van de una ciudad a otra.
Sr. Presidente; mientras usted y su gabinete andaban de jira por países europeos, intercambiando banderas; durante su visita a Estados Unidos; y sus reuniones y cenas de gala con el Presidente Barack Obama.
Torreón estaba de luto; los corazones de los laguneros estaban tristes…nueve madres recibían la noticia de la muerte de sus hijos; y mas de diez iban directo a la sala de urgencias de los diferentes hospitales de la ciudad…En la madrugada de ese día; durante la inauguración de un bar, tres camionetas llegaron a balear el lugar, sin importar que la mayoría de la gente que estaba en el lugar eran jóvenes inocentes y estudiantes modelos con una vida por delante y que en ese momento terminaba de tajo.
No es la primera vez que pasa; pues meses atrás pasamos por lo mismo; al recibir la noticia de lo sucedido en el Bar Ferri, donde otros tantos jóvenes y trabajadores del lugar, incluso transeúntes… perdieron la vida.
Alzo la voz y grito a los cuatro vientos, para que esto termine!!!
Alzo la voz y grito a los cuatro vientos; para pedir la paz!!!
Alzo la voz y grito a los cuatro vientos; para pedir a todos los Laguneros de las tres ciudades hermanas que no nos callemos y unamos nuestras voces hasta que usted nos escuche…Sr. Presidente Felipe Calderón, en esta ocasión he hablado por mi, por mi sentir, por mi sufrimiento, pero estoy segura que miles de laguneros sienten y viven lo que yo. Por favor, escuche mi voz, escuche mi petición…..
Creo fielmente en lo que usted dijo durante la ceremonia de máximos honores militares a los 12 caudillos insurgentes y aplaudo sus palabras, por tales motivos las anexo a mi escrito:
"México es un país soberano, libre y capaz de elegir su propio destino, así como una nación democrática en la que existen toda clase de opiniones".
“Existe libertad de opinar, de criticar, de sentir, libertad de organizarse para luchar por las ideas, libertad de elegir a los gobernantes y representantes”.
"Se cuenta, con un sistema político de peso y contrapeso que equilibra el ejercicio del poder y que es el antídoto más eficaz de las decisiones arbitrarias".
"Son muchos y vivos los motivos por los que “nos sentimos orgullosos de ser mexicanos, orgullosos de nuestros héroes, de nuestras raíces y de nuestra historia”.
“Nos ha tocado vivir en esta Patria independiente y tenemos el privilegio de vivir por ella, de luchar por ella, de engrandecerla, de protegerla, de construirla día con día, cada quien en su trabajo, en su escuela y en su servicio”.

No permita que crea que sus palabras son parte solo de un discurso, y que mi carta sea una petición mas sin cumplir.
Sin más por el momento, le agradezco el tiempo que se tome en leerla, y espero tener suerte de poder hablar con usted.
Dios lo bendiga a usted y su familia.

domingo, 30 de mayo de 2010

La Leyenda de Jaime Muñoz Vargas


Cuando visitamos una librería, y más si ya nos consideramos avezados en la búsqueda de buena literatura, nuestros ojos hurgan en los estantes de novedades, en la pila de las ofertas y en los escondrijos lejanos a la entrada tratando de encontrar las obras de los escritores de innegable calidad y que además son de nuestro gusto. Así buscamos a leyendas vivientes cómo Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y José Saramago; a escritorazos cómo Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges y William Faulkner; a clásicos cómo Edgar Allan Poe, Antón Chejov y Fiador Dostoyevski; y cómo no considerar a los clásicos de clásicos: Los Griegos. Algo de todos estos autores, y de muchos más, buscamos en las librerías, pero ¿Se fijan que rara vez buscamos el libro o los libros de algún autor regional? Quizá se debe a que, o no conocemos algún buen autor regional debido a que no nos lo han recomendado o no ha caído algo de él en nuestras manos, o simplemente nuestras narices son tan grandes que no logramos ver lo que está muy cerca de nosotros, y vemos solo a lo lejos.
Hasta ahora no existe librería alguna que no me jale rauda e inmediatamente en cuanto la veo, y ya dentro del local, en medio de pilas y pilas de libros, busco a mis escritores de cajón, nacionales y extranjeros, sin omitir a los regionales, entre los que están: Jaime Muñoz Vargas, Vicente Alfonso y el maestro Saúl Rosales. Es Jaime Muñoz Vargas el culpable de estás líneas producto del deleite que me dejó su libro de cuentos policíacos Leyenda Morgan.
El relato policiaco, a partir de su nacimiento, se convirtió en un género literario adictivo, altamente adictivo, tanto que, después de que Edgar Allan Poe le diera vida por primera vez, muchos siguieron el sendero del también llamado género negro y se hicieron famosos, y hasta ricos, escribiendo historias detectivescas; tales son los casos de Sir Artur Conan Doyle y Agatha Christie. Incluso algunos literatos latinoamericanos trabajaron con ingenio y maestría el relato negro, cómo en los casos de Jorge Luis Borges y, su amigazo del alma, Adolfo Bioy Casares. Ahora Jaime Muñoz vargas se zambulle en el tema policíaco dándole un catorrazo en el centro.
Leyenda Morgan logra dar credibilidad a la ficción mexicana sobre policías y detectives a través de los cinco relatos que integran el libro, cinco casos de sensacional policíaco. Y aseguro que Jaime da credibilidad a la literatura donde aparece el investigador o detective mexicano porque evoca muy bien el perfil del policía judicial que todos tenemos plasmado en nuestro razonamiento lógico, y no aquel que generalmente leemos en alguna novelilla mexicana o vemos en la televisión, donde lo idealizan pintándolo como todos quisiéramos que fuera: incorruptible, rebelde a su abusivo y corrompido jefe, en busca de la verdad para hacer justicia, noble y empático a los sentimientos de los demás, incansable hurgador en las escenas, hechos y sospechosos de los crímenes, y con el único objetivo de resolver los casos para refundir en el bote al culpable o culpables. Eso ya ni los niños de primaria se lo creen, mucho menos cuando ven, leen y escuchan la situación apocalíptica que vivimos en nuestro país con cientos de muertes violentas mes tras mes de las que, como decía el monje loco, nadie sabe, nadie supo, y por lo tanto jamás llegan a resolverse. Jaime sí retrata con su pluma de alta definición al clásico policía judicial. Federico Campbell señala el acierto de Jaime en la reseña que publicó en Milenio semanal el pasado 28 de marzo, en la que comenta: Se ha dicho que en México la novela judicial no es creíble porque en nuestro país los policías son los delincuentes o porque no se sabe donde termina el policía y empieza el asaltante, el ladrón, el torturador o el sicario. La verosimilitud de la novela judicial depende de la cultura jurídica que se tenga en el país donde sucede la historia o bien de la manera en que el mexicano vive e introyecta la ley. Si detectives de la ficción, como Auguste Dupin y Sherlock Holmes, dieron su fama al género por los brillantes razonamientos que tejían sólo a partir de la composición de lugar que deducían del escenario, hoy en día sabemos que cada vez que hay un crimen lo más probable es que los indicios hayan sido alterados, modificados (como en el caso Colosio), borrados e incluso robados. En este contexto palpita Leyenda Morgan, volumen de cuentos policiacos que combina víscera y neurona.
Esto es lo que hace Jaime, precisamente: contarnos cinco de los casos en donde el Teniente Morgan, policía judicial cuyo verdadero nombre es Primitivo Machuca Morales, resuelve hechos sangrientos perpetrados en nuestro norteño entorno, pero no con la intención de encontrar al autor o autores para que paguen por sus crímenes. El Teniente Morgan sigue y arma los rompecabezas, pero solo de los casos que sabe, por experiencia, que van a redituarle algún beneficio en metálico, casos en los que busca ganarse una lana a través de los bolsillos de los culpables. Primitivo Machuca siempre carga consigo una novela policiaca de monitos (la recién salida de una editorial similar a la que edita El libro vaquero), pasquín detectivesco del que es un fanático confeso al grado de soñar guajiramente que alguna vez los casos en los que se ve inmerso, y donde él es el protagonista esclarecedor de misteriosos crímenes, serán publicados en este formato de novelitas de policías y que son tan populares en los tabaretes de periódicos y revistas. Primitivo, en lugar de atrincherarse en la comandancia a la espera de crímenes que demanden su intervención, se la pasa encajonado en los bares y cantinas del centro de Torreón, cómo el íntimo Bacanora, siempre -esté o no en servicio- degustando unas cervezas Indio, fumando sus Raleigh como chacuaco, ensimismado -por lo común- en algún caso pasado o presente, doliéndose de los desaires de Yovanna Mayra, y todo mientras programa y escucha en la rocola las canciones de Los Cadetes de Linares, sus ídolos musicales y a quienes lleva perpetuamente en el estereo de su nave, un rugiente Impala. El Teniente Morgan viste todo de vaquero: camisa, pantalón y botas. Nunca olvida ponerse su chaleco color caqui al puro estilo yaqui: ya quítatelo, cabrón. Primitivo Machuca Morales se autonombra Teniente Morgan, y así es como todo mundo lo conoce en la corporación donde chambea debido a su parecido físico con un pelotero de las Grandes Ligas. Serán unas tres ocasiones en que me he visto obligado a la inútil empresa de poner una denuncia por robo, y en los lugares burocráticos donde se supone debiera de procurarse la ley, he visto entrar y salir varios policías judiciales y ministeriales; todos, o casi, dan en el clavo con la descripción de Jaime. Más bien, Jaime dio en el clavo con la descripción.
Como menciono, el relato policíaco es adictivo, porque entre más lees más te picas, la curiosidad gobierna a la acción con el fin de descubrir en que va a acabar el asunto. Las peripecias del Teniente Morgan, entre los ambientes más sórdidos de Torreón y La Laguna, están llenas de humor, sarcasmo, vulgaridad natural y el enorme espejo de la ficción que nos muestra la verdad de las cosas, esa verdad que, tal vez por ser algo de todos los días, ya no volteamos a ver, o no queremos voltear a ver. Primitivo Machuca Morales es un extraordinario perro de caza: Sabe hacerse de los medios y las personas para dar con lo que busca, tiene la aguda intuición de mujer engañada y con ella siempre consigue seguir las pistas correctas, claro ejemplo de que no importa tener poca formación intelectual mientras la inteligencia empírica y la inteligencia emocional se usen a su máxima capacidad.
Jaime Muñoz Vargas creó una nítida caricatura del policía judicial y su modo de vida; lo triste y desalentador es que, desgraciadamente, esa caricatura que provoca nuestras risas, nuestro enojo y nuestro repudio, es la realidad que sufrimos a diario.

Nota: Leyenda Morgan puede conseguirse en la librería del Fondo de Cultura Económica que se encuentra a un lado del Teatro Isauro Martínez, sobre la Avenida Matamoros. También en la librería Educal albergada dentro del Museo Arocena, frente a la Plaza de Armas, donde, si no tienen el libro, te lo mandan pedir sin costo extra.