jueves, 21 de octubre de 2010

Historia secreta de un Premio Nobel


El pasado 7 de octubre sufrí y gocé una alegría como pocas debido al choque que me provocó una noticia: La Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura 2010 a Mario Vargas Llosa, argumentando la concesión con estás palabras: “Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual”. Sufrí debido a que me enteré de la buena nueva gracias a Brenda Navarro, amiga y compañera del Diplomado en Letras, que escribió en su muro de facebook “Y el Premio Nobel es para...Vargas Llosa”. Al igual que el autor de Conversación en La Catedral al recibir la noticia, cuando leí la frase pensé que Brenda estaba bromeando y le pregunté que si era en serio; ella contestó que sí, que lo habían anunciado muy temprano en la mañana. Fue entonces cuando sentí que una alegría inconmensurable me corría por todo el cuerpo cómo si se me hubiera disparado la adrenalina en una de sus dosis más altas. Era cierto, Mario Vargas Llosa por fin había recibido el galardón más prestigioso de las letras, después de años y años de nominaciones. Mi alegría fue tan grande cómo la pena que me avasalló cuando supe de la muerte de José Saramago.
Cuando has leído a un escritor, a un excelente escritor, cómo Mario Vargas Llosa, quedas atrapado por su obra y, la mayor parte de las veces, sin darte cuenta, lo asumes cómo si lo conocieras de toda la vida, cómo el maestro que siempre ha estado a tu lado fustigando tu carácter para probarlo cuando cometes horrores literarios, sin intención de burla, y sí con un sincero deseo de ayudar a convertirte en un buen escritor; maestro que a su vez sonríe y te felicita cuando das en la mera cabezota del clavo con tu pluma.
Hay muchos buenos escritores que pasan inadvertidos para el lector frecuente, para el lector de hábito. Cuando uno de estos literatos recibe un reconocimiento importante es que muchos de esos lectores se interesan por su obra, más aún si se trata del Premio Nobel.
Gracias al primer taller literario que tomé es que puedo jactarme de que conocí a Mario Vargas Llosa, y comencé a leerlo, hace cuatro años. La primera novela que engullí de él fue La casa verde, que me sacó de onda por el juego con el tiempo, situación tal vez bastante común en el lector de bestsellers que por entonces yo era. Pero, aun con la confusión de una lectura poco común, me gustó bastante la historia del burdel enclavado en el desierto.
Parece increíble, pero en el 2006 -y todavía a principios del 2008- era muy difícil conseguir los libros de Vargas Llosa en este inclemente desierto donde están erigidos Torreón y Gómez Palacio, y ni que decir de la ciudad jardín, abundante en vegetación pero asolada por una sequía de letras. Así que no me quedó de otra más que bucear en lo más profundo de las inagotables corrientes de Internet tratando de encontrar los libros electrónicos del peruano-español. Después de más o menos tres horas di con una biblioteca virtual argentina que contaba con toda la obra literaria de Vargas Llosa. Un titulo llamó mi atención: Historia secreta de una novela. El libro es un ensayo donde Mario Vargas Llosa expone cómo surgió en su mente la idea de La casa verde, cómo se dio su desarrollo, y el tiempo que le llevó terminarla en su totalidad. Yo buscaba novelas, pero quedé deslumbrado con la prosa de su ensayo. En él, Vargas Llosa no sólo relata todas las faenas que tuvo que llevar a cabo al escribir la novela, sino también algunos de los sucesos que vivió mientras se convertía en escritor, cómo cuando narra que escribía a escondidas: “…seguí escribiendo mientras estudiaba en la universidad. Es muy difícil pensar en ser un escritor si uno ha nacido en un país donde casi nadie lee: los pobres porque no saben o porque no tienen los medios de hacerlo y los ricos porque no les da la gana. En una sociedad así, querer ser un escritor no es optar por una profesión sino un acto de locura. En esos años, pues, yo no me atrevía a alentar siquiera la ambición de ser alguna vez sólo un escritor: un día me decía que, después de todo, por qué no ser abogado; al siguiente que sería profesor, al otro que tal vez lo sensato era el periodismo. Cambiaba mis decisiones y mis profesiones todo el tiempo y, a la vez, seguía escribiendo, en secreto, cómo quien practica una vocación vergonzosa”. ¿Quiénes de los que escribimos, y que vivimos en México o en algún otro país de Latinoamérica, no nos identificamos con las palabras de Vargas Llosa? Todos, o casi todos, sufrimos las mismas dudas certeras y, por si no fuera ya suficiente flagelo psicológico, muchas de las veces se suma contra nosotros el acoso denigrante de familiares, amigos y conocidos cuando se enteran de que deseamos ser escritores.
Algo que también me gustó mucho de Historia secreta de una novela es el profesionalismo al que se somete Mario Vargas Llosa al momento de escribir, como cuando describe la forma en que comenzó a darle rienda suelta a su pluma escribiendo dos novelas al mismo tiempo, paralelas cómo los durmientes del ferrocarril, hasta que decidió fusionarlas para dar vida a La casa verde. Es aquí donde el Premio Nobel confiesa lo mucho que le costaba escribir cada sílaba, y cómo llegó a la conclusión de que la inspiración no existía para el novelista; tal vez visitara a los escultores, pintores, poetas y músicos, pero no al novelista, que “era el desairado de las musas y estaba condenado a sustituir esa negada colaboración con terquedad, trabajo y paciencia”. Vargas Llosa tardó tres años en escribir La casa verde y, cuando por fin la terminó, en 1964, aun se sentía inseguro por los vagos recuerdos de que se había valido para describir un pueblito, una aldea, Santa María de Nieva, lugar perdido en la región amazónica. Así que tomó la determinación de no publicar el libro mientras no hubiera retornado a la selva del amazonas, y lo hizo. Cuando regresó a París realizó algunos cambios y la novela salió publicada a mediados de 1966.
Así fue cómo Historia secreta de una novela descubrió ante mis ojos las deslumbrantes letras y la maestría narrativa del también autor de La ciudad y los perros. Mario Vargas Llosa, independientemente de sus ideas políticas, de ser liberal y abrazar la derecha, y de una que otra cosa más que le achacan, con su trabajo intelectual, la estética de su prosa y su inigualable calidad narrativa, ha rebosado desde hace mucho tiempo, y por mucho, la bandeja de méritos que es necesario llenar para merecer el Premio Nobel de Literatura.

2 comentarios:

  1. Nunca he tenido el interés real por convertirme en escritora, cierto pragmatismo me dice que no pasará nada con lo que escribo puesto que existen personas con verdadero talento y realmente en unas cuantas frases pueden edificar una obra de arte.

    Es difícil decidirse por esta profesión que practicamente desangra al autor pues no puede ver su obra terminada sin que haya abierto su corazón al mundo.

    Espero de verdad que las demás ocupaciones que tengas o tendrás no sean más que meros artificios que te ayudarán a redactar sobre un universo más amplio.

    ;)

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  2. Muchas gracias por tu comentario, Teresa, en verdad ayuda mucho a que no se extinga el fuego en la antorcha de mi ánimo.
    Si, la realidad es que mi chamba actual es un mero leño que me ayuda a flotar mientras llego a la anhelada playa literaria. De hecho, desde hace tiempo estoy aterrizando los universos que me circulan en la azotea; espero poder darles buena forma en el papel.
    Este blog, además de desahogador emocional, lo creé con el fin de ejercitar mis dedos sobre el teclado. Aun así, cuando releo lo que escribo, de pronto me ataca la pena al descubrir uno que otro horrorcillo literario, entonces vuelvo al texto y hago todo lo posible por corregirlo. Con todo y corrección, siempre es uno propenso a la aparición del negrito en el arroz. Tendré que vivir con eso.
    Un beso y un abrazo.

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