viernes, 22 de febrero de 2013

Diario


Alguna vez escuché por ahí que todos deberíamos llevar un diario, un cuaderno físico o virtual en el que vaciemos de nuestro puño y letra, o de nuestro teclado y carácter -como dice Angélica López Gándara-, lo vivido durante el día. Siempre me ha parecido un acto soberbio y narcisista, pero he considerado hacerlo tomando en cuenta tres motivos. Uno: en el tiempo en que dejaba la niñez y comenzaba a penetrar en la adolescencia, escribí todo, o casi todo, lo que hacía durante el día en un intento por llevar un diario. Aun cuando creí que no abandonaría el registro de mi vida, lo hice. Por entonces una aguda timidez reprimía demasiado todo aquello que yo deseaba expresar, incluso durante aquellas sesiones privadas que mantenía con el cuaderno que escondía en la parte más oscura y profunda de un ropero familiar. Ahora que la timidez ha sido desterrada, no encuentro ni una sola excusa válida para  no retomar, con mucha más soltura, la crónica personal del día a día. Dos: la intención de escribir no una sino varias novelas, cuyos temas y tramas no me dejan en paz, sigue machacándome la consciencia con su halo seductor. Sin embargo no he comenzado todavía el tecleo de la primera página de una de esas historias que seguro terminará en no menos de doscientas cincuenta cuartillas. En lo que decido cuándo arrancar la novela, un diario que siga el ejemplo del escritor gringo John Grisham no estaría nada mal como preparación antes de sumergirme en la aventura narrativa de largo aliento. Y tres: no pocos monstruos literarios han sucumbido ante la escritura de un diario, entre ellos Kafka.
        Por estas tres razones, y un puñado de otras tantas más, es hora de teclear lo que ocurrió o no ocurrió y lo que se hizo o se dejó de hacer durante el día. Tal vez mañana alguien dé con el dichoso diario y conozca más al padre, al abuelo, al hijo, al hermano, al tío, al primo, al amigo que lo escribió y lo escondió en el ropero virtual de una laptop, una tablet o de cualquier otro minúsculo cacharro tecnológico. 

jueves, 14 de febrero de 2013

José Saramago y su observadora, pensante y delatora pluma


Los blogs aparecieron en el virtual e insondable océano de internet mucho antes que las redes sociales. Los primeros que brotaron adolecían la rusticidad del comienzo en cuanto a diseño, pero la tecnología, con su rápido e ilimitado avance, jaló a estos espacios de expresión y desfogue personales hasta convertirlos en unos muy seductores foros. Todo mundo -o casi, como ocurre hoy en día con el twitter y el Facebook- tenía su blog para postear los textos, las fotos y las imágenes que a cada quien le vinieran en gana.
     Los primeros en hacerse de su blog fueron los jóvenes, pero conforme la popularidad de estas páginas web fue ganando ascensión, profesionales y artistas destacados, entre los que figuran varios escritores, decidieron unirse a la comunidad bloguera. Uno de ellos fue José Saramago.
     Me enteré de la existencia del sitio virtual El cuaderno de Saramago gracias a un post que subió Frino a su blog Cortando rábanos en uno de los últimos días de agosto de 2009. Desde entonces comencé a seguir los textos tecleados por el literato portugués que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1998. Conocí el blog del autor de Ensayo sobre la ceguera muy tarde, casi diez meses antes de que falleciera. Por entonces ya era poco lo que subía debido a que se encontraba escribiendo Caín, la última novela que publicó en vida. Incluso después de que este polémico libro salió al mercado editorial, Saramago continuó escribiendo poco para su cuaderno, en parte porque su pluma daba forma a una novela más, la cual dejaría inconclusa, y por otro lado estaba su menguada salud, que lo obligaba con frecuencia a atrincherarse en su cama.
     La ventaja de El cuaderno… es que, como todo blog, guardaba un registro histórico de entradas que me permitió dar cuenta de todos los posts que me había perdido. Y sin determinar un orden de lectura, me sumergí en cada uno de los textos. Primero degusté de adelante hacia atrás y luego de atrás hacia adelante. Conforme avanzaba en el descubrimiento de los posts, mi asombro más se dilataba induciéndome a que leyera y releyera una y otra vez las develadoras letras de Saramago. Me dio mucho gusto saber que los textos de El cuaderno de Saramago fueron rescatados de la virtualidad por la editorial Alfaguara y publicados en dos libros, uno que lleva por nombre El cuaderno y otro titulado El último cuaderno. 
     El último cuaderno comprende los posts que subió a su blog el también autor de Las intermitencias de la muerte entre marzo de 2009 y junio de 2010. Aun habiendo leído las entradas de El cuaderno… incluidas en el libro, devoré con impaciencia y asombro, leyendo y releyendo, cada página del volumen. Los escritores como Saramago sorprenden con sus letras una y otra vez sin importar el número de ocasiones que nuestros ojos se posen sobre ellas.
     Saramago tecleó los textos que conforman El último cuaderno llevado por la emoción del momento, por el asombro de los días que sobrevivimos y por los recuerdos evocados a través de una noticia vista en la televisión, la nota de un diario o un libro. Así, encontramos desde un párrafo a modo de mención sobre algún evento cultural al que asistirá, hasta profundos ensayos sobre la condición humana y sobre obras literarias de otros escritores, como los excelsos comentarios acerca de los libros de autores latinoamericanos, entre los que figuran Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Ernesto Sábato y Gabriel García Márquez. Y cómo no recordar el agudo análisis que hace sobre la obra de Kafka en los posts “La sombra del padre (1)” y “La sombra del padre (2)”.
     El último cuaderno nos muestra los pensamientos en voz alta del autor de El Evangelio según Jesucristo. Su contenido nos da a conocer a un José Saramago que observa y analiza todo cuanto acontece en el tiempo del orbe que le tocó vivir, un José Saramago que se indigna y enfurece con la podredumbre y la injusticia que descubre en Portugal, en Italia, en España, en toda Europa, en África, en México, en toda Latinoamérica, en todas partes, pero que también enaltece aquello que encuentra útil, esclarecedor, sublime, de una belleza incuestionable, como la música que interpreta la pianista Maria João Pires, como los libros de los escritores mencionados en el párrafo anterior y la obra literaria de autores portugueses clásicos y contemporáneos, conocidos y no tan conocidos, entre los que destaca Fernando Pessoa. Es en el momento en que se da el arrebato de su atención, por parte de un hecho o alguna situación, en el que Saramago trascribe sus razonamientos en el blog que más tarde se convertirá en cientos de páginas impresas en papel.
    Todas los posts de El último cuaderno son fulgurantes. Son agua helada que nos despierta del letargo y la ceguera en que nos ha enclaustrado la misma sociedad consumista, antipática e indiferente a la que pertenecemos y en la que creemos vivir y sentir sin detenernos un poco a pensar que vivimos y sentimos de acuerdo a lo impuesto por el sistema y casi nunca por elección propia. En “Otra lectura de la crisis”, Saramago nos muestra en qué lugar se forma la mentalidad del ser humano en nuestros días: “La mentalidad antigua se formó en una gran superficie que se llamaba catedral; ahora se forma en otra gran superficie que se llama centro comercial. El centro comercial no es sólo la nueva iglesia, la nueva catedral, es también la nueva universidad. El centro comercial ocupa un espacio importante en la formación de la mentalidad humana. Se ha acabado la plaza, el jardín o la calle como espacio público y de intercambio. El centro comercial es el único espacio seguro y el que crea la nueva mentalidad. Una nueva mentalidad temerosa de ser excluida, temerosa de la expulsión del paraíso del consumo y por extensión de la catedral de las compras. ¿Y ahora qué tenemos? La crisis. ¿Será que vamos a volver a la plaza o la universidad? ¿A la filosofía?”.
     Al leer “África”, es imposible no sentir el reproche de la propia consciencia que reconoce como delatoras de la realidad a las palabras del literato e intelectual portugués, palabras que parecen haber sido inspiradas por la situación que hoy sobrevivimos en nuestro país: “El egoísmo personal, la comodidad, la falta de generosidad, las pequeñas cobardías de lo cotidiano, todo esto contribuye a esa perniciosa forma de ceguera mental que consiste en estar en el mundo y no ver el mundo, o sólo ver lo que, en cada momento, sea susceptible de servir a nuestros intereses. En tales casos sólo podemos desear que la consciencia venga, nos tome por el brazo, nos sacuda y nos pregunte a quemarropa: «¿Adónde vas? ¿Qué haces? ¿Quién te crees que eres?». Una insurrección de las consciencias libres es lo que necesitaríamos. ¿Será todavía posible?”.
     Todos los literatos que han destacado por la singularidad y calidad de su obra cuentan con sus autores de cabecera, y Saramago no es la excepción. En “Lecturas para el verano”, el autor de La balsa de piedra nos descubre a los escritores que constantemente lee y relee y a los que él llama su «familia de espíritu» o «árbol genealógico»: “En primer lugar coloqué a Camões porque, como escribí en El año de la muerte de Ricardo Reis, todos los caminos portugueses nos llevan a él. Seguían después el padre Antonio Viera, porque la lengua portuguesa nunca fue más bella que cuando la escribió ese jesuita; Cervantes, porque sin el autor del Quijote la Península Ibérica sería una casa sin tejado; Montaigne, porque no necesitó de Freud para saber quién era; Voltaire, porque perdió las ilusiones sobre la humanidad y sobrevivió al disgusto; Raúl Brandão, porque no es necesario ser un genio para escribir un libro genial, Húmus; Fernando Pessoa, porque la puerta por donde se llega a él es la puerta por donde se llega a Portugal (ya teníamos a Camões, pero todavía nos faltaba un Pessoa); Kafka, porque demostró que el hombre es un coleóptero; Eça de Queiroz, porque enseñó la ironía a los portugueses; Jorge Luis Borges, porque inventó la literatura virtual, y, finalmente, Gogol, porque contempló la vida humana y la encontró triste”.
     La pluma de José Saramago, una pluma muy impulsiva, es observadora, pensante y delatora de la realidad que nos envuelve y ni así vislumbramos. El último cuaderno es un compendio de las desnudas verdades del caos social en que nos encontramos, pero también es la recapitulación de las posibilidades que tenemos para acabar con dicho caos y recuperar todo aquello que en verdad importa.

martes, 13 de noviembre de 2012

La visita de las musas



Me he sentado a escribir frente a una laptop pequeñita. La empresa donde trabajo me la asignó casi desde que comencé a laborar en el negocio con el fin de que desarrolle con la mayor efectividad posible mis actividades diarias.  El teclado, al igual que el equipo al que pertenece, es pequeñito. Comparado con las teclas de mi vieja pero imbatible acer, cuando escribo en él es imposible no imaginar que tecleo esposado. Mis manos permanecen muy, muy cerca. Si embargo, tengo varios días con una idea en la cabeza que se rehúsa a desaparecer: escribir en la minúscula lenovo sobre algo que no tenga que ver con mi trabajo. Al menos no en demasía. Hoy fui seducido por la ligera computadora portátil y aquí  estoy, tecleando unas líneas que pretendo sean sólo personales. Aunque existe la posibilidad de que al final las suba al blog.
        El reloj de la lenovo acaba de marcar la una treinta y tres de la madrugada. Me descubro con sueño, pero bastante excitado como para escribir toda la noche. ¿Acaso serán las musas, camufladas a modo de minilaptop, que por fin me han visitado? El arte es caprichoso.
        Al lado izquierdo de la lenovo se encuentra La máquina de pensar y otros diálogos literarios, libro que debo entregar dentro de unas horas en la biblioteca Enriqueta Ochoa. No quisiera devolverlo. Leí todas sus páginas dos veces consecutivas y aun no me deshago de la impaciencia por leerlo otra vez. No tendré mas remedio que volver a pedirlo prestado por unos cuantos días más. Cuando lo devuelva definitivamente, echaré de menos a Alfonso Reyes y a Jorge Luis Borges, autores de los textos críticos que conforman el volumen.
        Un amigo doctor, cada que se presentaba la oportunidad, me decía: “La naturaleza es muy sabia”. El sueño acaba de caerme encima de nuevo, con más fuerza, cual vil agente de tránsito torreonense: sin avisar y con ventajosa alevosía. Me voy a dormir. La naturaleza es muy sabia y hay que hacerle caso. El reloj muestra la una cincuenta y ocho de la madrugada. Una musa de carne y hueso inquieta mis sentidos cada que la pienso y la veo desde hace varias semanas. Espero encontrarla en el onírico mundo al que estoy a punto de ingresar.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La máquina perfecta


Conocí en persona a Jaime Muñoz Vargas el 26 de noviembre de 2008 en su oficina, situada en el segundo piso del edificio que por entonces albergaba al Icocult Laguna, edificio que aun se encuentra sobre la esquina de la avenida Juárez y la calzada Colón, pero que ya no es la sede del organismo cultural del Estado. Recuerdo el día exacto porque Jaime me obsequió dos libros antes de que nos despidiéramos: Boca de arena bajo el cielo, integrado por cuentos de alumnos de un taller literario que impartió Guillermo Samperio; y Monterrosaurio, que comprende un agudo ensayo escrito por Jaime sobre “El dinosaurio”, microrrelato de Augusto Monterroso, además de las ingeniosas y -muchas de las veces- chuscas posibilidades de diferentes microrrelatos que experimenta el autor de Parábola del moribundo basándose en la estructura narrativa de la ficción más conocida del autor guatemalteco. Jaime garabateó la fecha de ese día debajo de la dedicatoria  que me escribió al entregarme Monterrosaurio.
        En aquella ocasión visité a Jaime para que me asesorara sobre cómo enviar un libro de cuentos a La Fragua, firma editorial del Gobierno del Estado, para su posible publicación. Después de platicar por un lapso de tiempo bastante ensanchado, y que pasó volando ante mí, Jaime me dio dos consejos que me ayudarían si mi afán por ser escritor iba en serio: “No hay que bajar la guardia”, refiriéndose a que no hay que dejar de escribir; y “Siempre hay que tener un buen libro al lado”, donde la recomendación es siempre estar leyendo a los buenos escritores.
        Es ahora que tengo meses sin escribir en forma constante, y que acabo de dar con un libro que reúne ensayos escritos por Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges, que comprendo en su totalidad los dos consejos de Jaime. El título es La máquina de pensar y otros diálogos literarios, publicado por la Asociación Nacional del Libro A.C. en coordinación con la SEP, la Cámara Nacional de la Industria Editorial y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. La máquina de pensar… se distribuyó de forma gratuita el 12 de noviembre de 1998. El motivo fue la celebración del Día Nacional del Libro en México. El ejemplar que encontré descansaba en uno de los estantes de la Biblioteca Pública Enriqueta Ochoa, de Torreón. Los textos críticos de los dos monstruos de la literatura latinoamericana y mundial que conforman el libro, desentumecieron mi adormilado ánimo por plantarme frente al teclado. Y es que tanto Reyes como Borges disertan de una forma tan amena y divertida sobre libros y autores, sin utilizar palabras ni frases rebuscadas, que es imposible no contagiarse de su adictivo entusiasmo por el deleite con la lectura y la escritura.
        Los ensayos de Alfonso Reyes aparecieron por primera vez en diarios y revistas de su época. Tiempo después, los textos fueron embonados en varios de los volúmenes de las Obras completas del literato regiomontano, publicadas por el Fondo de Cultura Económica. En cambio, Borges escribió todos los textos antologados en La máquina de pensar… para la revista El Hogar, de Buenos Aires, Argentina, diálogos literarios que con el tiempo formarían parte del libro Textos cautivos, publicado por Tusquets Editores. A pesar de que la revista para la cual Borges escribió sus ensayos tiene un nombre que suena a publicación aburrida para amas de casa abnegadas, las letras del autor de El Aleph son -como todas las surgidas de su pluma- asombrosas y llevan su genial e inconfundible sello.
        En esta compilación, llevada a cabo por Felipe Garrido, los dos escritores dialogan a profundidad sobre La máquina de pensar -invención que Raimundo Lulio (Ramón Llull) dio a conocer a fines del siglo XIII-, Otras máquinas, La novela policial –a la que revindican y enaltecen-, y escritores que influyeron en sus vidas y sus letras, como James Joyce, Miguel de Unamuno, Jorge Isaacs, Chesterton, Los Huxley, Breton, Wells , Eliot, Valéry, Hauptmann y otros tantos más. La máquina de pensar… termina con un epílogo en el que Reyes escribe lo mucho que admira las letras de Borges y en el que Borges a su vez no escatima tinta y la desborda en páginas y páginas donde da a conocer que experimenta la misma admiración, o tal vez más, por la obra de Reyes.
        No es sencillo escribir un ensayo, y mucho menos lograr que dicho ensayo sea digerible para todo tipo de personas, tanto lectoras como no lectoras, además de ameno y divertido. Reyes y Borges si confieren estas características a cada uno de sus textos. Y no sólo eso. Las letras de ambos hacen honor al título del libro al despertar y poner en movimiento nuestro pensamiento con sus palabras.
        No es posible transcribir en este espacio todos los deslumbrantes razonamientos de Reyes y de Borges, pero traigo aquí algo de lo que más hondo marcó a mi memoria. Sobre la novela policial, Borges alaba la maestría con que escribe el género Ellery Queen, autor de su tiempo, y sobre una novela de este escritor, confiesa: “He leído en dos noches los veintitrés capítulos que componen The Four of Hearts y ninguna de sus páginas me aburrió. Tampoco adiviné la recta solución del problema que, sin embargo, es lógica”. Pero existe otro literato cuya escritura abraza la también llamada novela negra y cuyas letras son consideradas inferiores por Borges. Se trata del escritor Willard Huntington Wrigth, conocido bajo el seudónimo de S. S. Van Dine, del que Borges escribe que “flamea en todos los multicolores quioscos del mundo”, y que su alias artístico es un “apretado y leve seudónimo”. Decir a un autor que sus novelas se venden en los quiscos era, en tiempos de Borges, sinónimo de chafa. Pero lo que en verdad me arrancó una buena carcajada es el comentario que lanza Borges después de enumerar algunos libros que Van Dine publicó con su verdadero nombre antes de dedicarse a tejer tramas detectivescas: “El universo había examinado esas obras con más resignación que entusiasmo. A juzgar por los atolondrados fragmentos que sobreviven incrustados en sus novelas, el universo tenía toda la razón…”. Es asombrosa la forma en que el autor de El informe de Brodie  escribe sus ensayos: echa mano del mismo tono seductor que utiliza en su narrativa, en sus ficciones, acertando con matemática precisión.
        Reyes por su parte comenta lo injusto de los despectivos nombres que comúnmente le dan a la novela policial, entre ellos los de novela de misterio, de crimen, detectivesca, policiaca, y enumera las razones de por qué él devora este tipo de novelas. Además, aboga a su favor dando a conocer dos motivos -y echándolos abajo- por los que a la narrativa sobre oscuros y, en apariencia, indescifrables crímenes se considera de tipo subliterario: “1) Los autores que a ella se consagran son demasiado prolíficos, 2) La novela policial se escribe con visible apego a cierta fórmula o canon. Lo primero es consecuencia de la excesiva demanda, y se presta sin duda a la producción industrial de obras mediocres; pero se puede ser abundante sin ser por eso mal escritor. La objeción no es una razón necesaria en contra. Piénsese en la obra, tan copiosa como excelente, de Balzac, Dickens, Antony Trollope, Galdós. La segunda objeción carece de sentido crítico. Las obras no son buenas o malas por seguir o dejar de seguir una fórmula. Siempre siguió una preceptiva de hierro la tragedia griega y no se la desestima por eso. Y Lope de Vega fue, a la vez, abundantísimo y dado a ajustarse a la fórmula fácil y económica con que él mismo organizó la Comedia Española. De suerte que este ejemplo solo (no lo trae Krutch, claro está: hoy nadie conoce, fuera de nuestra habla, la literatura española) basta para anular ambas objeciones”. Krutch, ensayista de la época de Reyes y cuyo nombre completo es Joseph Wood Krutch, vuelve a ser citado por el polígrafo regiomontano un párrafo antes de terminar su ensayo: ”Krutch exclama (¡y con cuánta razón!): `Acaso se inicia la decadencia de la novela el día que el novelista se propone discernir conscientemente entre lo importante y lo interesante. Sí: la golosina puede hartar e indigestar. Pero es un pésimo síntoma de salud preferir, en sí, la purga a la golosina´.
        Interés de la fábula y coherencia en la acción. Pues ¿qué más exigía Aristóteles? La novela policial es el género clásico de nuestro tiempo”.
        La crítica de Reyes hacia los acérrimos y ácidos críticos literarios que van en contra de la novela negra, también se ajusta como ninguna para aquellos que denuestan la obra, o parte de ella, de escritores de culto y de una altísima calidad literaria como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa. No puede negarse que la mayoría de los comentarios hacia los libros de estos tres autores son favorables, pero existen por ahí, casi siempre entre las sombras -a excepción de Fernando Vallejo, que cada vez que puede denigra lo escrito por el Gabo-, escritores (¿?) y periodistas que no dudan en injuriar sus letras.
        A través de todos y cada uno de los ensayos que ensamblan La máquina de pensar…, Reyes y Borges nos impregnan su siempre llameante pasión por las letras, y no sólo las  policiales, sino también las de sus escritores de cabecera mencionados poco después del inicio de estas líneas.
        El libro consta de ciento cincuenta y siete páginas. La maestría inigualable con que Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges corrieron sus plumas sobre el papel, despertó mi hambre de letras provocando que engullera La máquina de pensar y otros diálogos literarios en tres días, máquina perfecta que acaba con cualquier vestigio de indiferencia hacia los libros. 

miércoles, 31 de octubre de 2012

Limbo laboral



Una tarde de septiembre de hace dos o tres años, Torreón fue embestido por un chaparrón que lo convirtió -como hoy por hoy- en la Venecia mexicana: por sus calles y avenidas principales, al igual que en la mayoría de las colonias, sólo se podía circular en góndola. Era demasiado temerario el intento de convertir cualquier auto en un improvisado vehículo anfibio.
        La colonia donde vivo no escapó del estancamiento masivo de agua de tromba. Y tal cual ocurre en situaciones así, apareció la indeseable necesidad de salir de casa e ir a la tienda avecindada dos cuadras adelante. Caminar a la dichosa miscelánea equivalía a sumergir los pies más allá de media pantorrilla en el líquido chocolatoso de todos sabores. En vez de chapotear, preferí sacar el carro de la cochera. El sonido de las olas al golpear contra la carrocería de mi auto despertaron en mí la sensación de encontrarme dentro de una botella gigante de vidrio que flotaba a la deriva en algún río o en el océano. Fui a la tienda y volví sin que el auto desfalleciera a medio camino. Un verdadero milagro. Pero no salí librado del todo de la aventura. Cuando dejé la tienda y estaba por subir al carro, mi celular, mal sujeto, se zafó de mi cinto y fue a parar al oscuro encharcamiento. Después de balbucear cuatro o cinco leperadas afronté lo inevitable: sumergir mi mano y la mitad de mi antebrazo en la espesa laguna café en busca del teléfono. Tanteé  hasta llegar al asfalto. Después removí agua y fango de un lado a otro, de aquí para allá y de allá para acá en todas direcciones hasta que di con el ahogado Nokia. Fue desesperante. Creí que no lo encontraría.
        Algo similar he experimentado los últimos tres meses y medio. El aluvión de situaciones y vivencias encharcó mi libertad. Primero, el cambio de un trabajo a otro. Luego ese otro trabajo y su interminable y agotadora jornada diaria. Después la renuncia, el desempleo y el desasosiego. Y ahora una nueva faena laboral en la que creo saber de lo que trata. Aunque si alguien me pregunta cómo me a ido, no puedo darle una respuesta certera. Ni bien, ni mal. No se ha hecho presente la pena, pero tampoco la gloria. Me encuentro en una especie de limbo laboral. Eso sí: es, indudablemente, mucho mejor que el desempleo.
        Todo este abrupto caos de tres meses provocó que mi pluma, con la que ejerzo de escribidor, resbalara de mi mano y fuera a dar al lodoso charco situacional. Este post es la desesperada y desesperante búsqueda de mi mano sumergida en el fango en un intento por recuperar mi pluma. Mantengo cautiva la esperanza de encontrarla sin demasiada atrofia. Anhelo como nunca que aun funcione.

sábado, 25 de agosto de 2012

Una estúpida decisión


La desesperación no es buena consejera –no por nada los señalamientos de seguridad en caso de desastre que se encuentran en los edificios rezan “conserve la calma”- y si hacemos caso a sus gritos cargados de silencio, tomaremos malas decisiones. Incluso se cae en el riesgo de tomar una decisión no sólo mala, sino estúpida, cómo me ocurrió a mí hace una semana.
        La industria automotriz en México, de la cual yo formaba parte hasta hace poco, fue uno de los rubros que más padeció la crisis económica que avasalló al mundo a finales de 2008 y todo 2009, sobre todo en sus ventas internas. Aun cuando las economías globales, entre ellas la de nuestro país, comenzaron a levantar la curva caída en las gráficas, la venta de autos no se recuperó del todo y ha estado trémula los últimos dos años y medio gracias, precisamente, a una incertidumbre económica cuya niebla no termina de disiparse, y a la violencia y la inseguridad que no escampan. Todo esto provocó en mí el deseo de cambiar de trabajo, cambiar de giro. Así que cuando apareció en mi senda la oportunidad de hacerlo debido a una oferta nada desdeñable de otra empresa, no di tiempo a que la duda se acomodara a sus anchas y me enrolé en una nueva actividad, nueva al menos para mí.
       El empleo también era en el área de ventas, pero de la industria de la galleta. Cinco semanas fueron suficientes para darme cuenta de que ese tipo de trabajo no era lo mío. Se entraba de madrugada, pero no había hora de salir. Llegué a trabajar de doce a catorce horas diarias, corridas, sólo con pequeños intervalos de tiempo para desayunar y comer algo, lo que se encontrara y pudiera engullir en el camino para con los clientes. La sed, insaciable, me atacaba con una intensidad que hasta entonces no había conocido. Tomaba de tres a cuatro litros de agua durante el día y ni así acababa del todo con ella. Abandoné por completo el hábito de la lectura. Tengo el librero lleno de títulos que esperan ser leídos. Los veía con tristeza, melancólico. Me parecía demasiado remoto poder volver a tener el tiempo, las fuerzas y el entusiasmo para leer y releer cada una de las páginas de todos esos libros que sonreían apenas cruzaba la puerta de la entrada de la casa cada noche, sin que les importara que yo dirigiera una rápida mirada hacia ellos para después, resignado, volver a mi deseo más profundo de esas horas: alcanzar la cama y, de ser posible, no despertar en varios días. Y ni qué decir en cuanto a la escritura. La pluma y el teclado también padecieron mi ausencia.
        Un viernes, el antepasado, desperté con la intención de renunciar. No fue una intención de “a ver si renuncio”. Más que con intención, desperté decidido a renunciar. Y así lo hice. La desesperación me ganó terreno y no pude alcanzarla, mucho menos echarla abajo. Desesperación de verme enclaustrado en un trabajo que, aunque con una paga no tan mala, no me entusiasmaba en lo más mínimo, tal vez porque drenaba mi energía más allá de lo imaginable, tal vez porque la jornada, además de agotadora, era infranqueable. No se podía escapar de ella. Entonces, pensaba, cómo demonios voy a hacerle para buscar otro trabajo, cómo voy a hacerle para presentar mi curriculum en otras alternativas laborales. Y sin darme tiempo para meditarlo, renuncié. Tomé una estúpida decisión. Estúpida no por renunciar a un trabajo al que jamás pensé alucinar en tan poco tiempo, sino por el hecho de que renuncié sin tener una chamba segura en otra parte. Debí esperar e ingeniármelas para buscar otra oportunidad sin abandonar el trabajo que tenía.
        Ahora me encuentro en el lugar donde nunca creí que llegaría: el círculo estadístico del desempleo, morada de la bestia llamada incertidumbre, bestia que, aprovechando mi agobio, intenta devorarme.

sábado, 7 de julio de 2012

La semblanza


Una vez más la culpa ronda mi consciencia, culpa que nace por tener arrumbado mi blog. Puedo nombrar un sinfín de razones, sin duda todas válidas, para justificar la revocación del suministro de letras cuya duración se ha prolongado por poco más de cuatro meses, pero la sequía de posts puede achacarse a dos importantes causas: la semblanza de un artista que escribí para la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y un cansancio -físico y de ánimo- que amenaza con volverse crónico.
        El protagonista de la semblanza es el escultor Carlos Magallanes Nava. El proceso que llevé a cabo para poder teclear el bosquejo biográfico del artista torreonense me dejó una muy grata e incomparable experiencia. Conocer a la persona que hay detrás del escultor, descubrir el talento, el carácter y el temple que posee el maestro Carlos Magallanes y escuchar sus experiencias en la nada fácil vereda del arte fueron momentos que quedaron cincelados indeleblemente en mi memoria. Aquel que tenga la intención de dedicar su vida -o al menos parte de ella- a una disciplina artística, y lea todo lo que tuvo que sortear el maestro Magallanes para ser escultor, no podrá asirse a excusa alguna para no seguir el llamado de las musas, cuya seducción es irresistible.
        Cada una de las charlas que tuve con el escultor está archivada en una pequeña grabadora de bolsillo que me prestó un amigo periodista. Al escuchar una y otra vez el contenido de las grabaciones viví lo que escribió Fernando Vallejo en la introducción de Logoi. Una gramática del lenguaje literario: “Todo un léxico, toda una morfología, toda una sintaxis, toda una retórica apartan al lenguaje literario del habla”. Con esta frase, el autor de El desbarrancadero expone que existen dos lenguajes: el hablado y el escrito. En el primer intento de trascribir las entrevistas que hice al maestro Magallanes me encontré con una conversación semejante o comparable a un muro en obra negra e incompleto debido a la notoria falta de un ladrillo por aquí, otro por acá y uno más allá, muro que habla en forma clara para nosotros a través de sus ladrillos, donde cada uno posee diferente tono y diferente textura y transmite características que no nos hacen notar la ausencia de bloques hasta que intentamos dibujar y pincelar con palabras toda su estructura. Es aquí donde comienza el trabajo del escribidor. Hay que revisar y dar un reacomodo a los ladrillos aplicando la mejor sintaxis de que podamos echar mano, colocar los tabiques que falten y dar color y un buen acabado al muro, todo a través de las palabras. Si nuestro trabajo de transcripción y detallado está bien hecho, el lector no lo notará, lo degustará de forma natural con la creencia de que el texto siempre ha sido lo que ahora tiene entre sus manos.
        Escribir la semblanza no fue sencillo. El acomodo de las diferentes etapas en la vida del escultor y la intercalación de anécdotas y comentarios importantes absorbieron el tiempo a modo de esponja y varias noches de sueño tuvieron que ser sacrificadas para poder llegar al punto final del texto, pero cada hora nocturna de vigilia frente al teclado y cada palabra escrita son de un valor incalculable.
        Muchas fueron las anécdotas y las frases que escuché del maestro Carlos, pero hay una que me acompaña en cada momento: “El arte debe humanizar. Cuando alguien manda todo a la fregada por el arte, incluyendo a su familia, yo me pregunto: ¿Dónde quedó el artista?”