lunes, 28 de diciembre de 2009

Alfonso Reyes, verdadero intelectual y prolífico escritor


Son pocos los intelectuales a los que admiro y respeto, debido a que ellos rara vez admiran o respetan, sobre todo los pseudointelectuales, como en varias ocasiones he comentado en este espacio. Ahora, no todos los escritores son intelectuales, y no todos los intelectuales son escritores; entre los que si ostentaron ambos títulos con orgullo, un orgullo producido por el amor y el alto compromiso para con el conocimiento y las letras, están Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, quienes, por cierto, fueron buenos amigos.
El día de hoy me enteré, al visitar el blog de Jaime Muñoz Vargas (rutanortelaguna.blogspot.com), que el domingo pasado, o sea ayer, se cumplieron cincuenta años del fallecimiento de Alfonso Reyes Ochoa, quien partió de este mundo el 27 de diciembre de 1959 (esta última frase me quedó como esquela religiosa, ¿A poco no?).
Pocas cosas lamento tanto como el no haber leído, hasta ahora, más de la insondable obra de Alfonso Reyes. Desgraciadamente los buenos autores se pierden en el olvido con que los cubren las novedades editoriales y las modas literarias, pero escritores como Don Alfonso, los promuevan o no, nunca pasarán de moda; su obra parece haber sido escrita el día de ayer. Es triste y lamentable que, como a mí me pasó, nos demos cuenta de lo valioso de nuestros talentos mexicanos a través de la admiración que sienten por ellos los extranjeros. Yo ya había escuchado y leído, como al pasar, sobre Alfonso Reyes, pero no fue sino hasta que un poema de Borges, en su libro El hacedor, me restregó en la cara mi falta de interés por la obra de Don Alfonso, que comencé a indagar sobre su libros.
Pero bueno, no más rollo, mejor visiten el blog de Jaime Muñoz Vargas y busquen y lean todo lo que puedan sobre la obra de Alfonso Reyes.
Para que se den una idea de la magnitud de Don Alfonso, el gran intelectual y el tremendo escritor, aquí les dejo un poema que publicó Borges en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 21 de febrero de 1960, casi a dos meses de la muerte de su colega mexicano, según lo menciona Jaime Muñoz Vargas en su columna del domingo pasado. Sí, es el mismo poema con que di en El hacedor, del monstruo literario argentino.

In memoriam A.R.

El vago azar o las precisas leyes
que rigen este sueño, el universo,
me permitieron compartir un terso
trecho del curso con Alfonso Reyes.

Supo bien aquel arte que ninguno
supo del todo, ni Simbad ni Ulises,
que es pasar de un país a otros países
y estar íntegramente en cada uno.

Si la memoria le clavó su flecha
alguna vez, labró con el violento
metal del arma el numeroso y lento
alejandrino o la afligida endecha.

En los trabajos lo asistió la humana
esperanza y fue lumbre de su vida
dar con el verso que ya no se olvida
y renovar la prosa castellana.

Más allá del Myo Cid de paso tardo
y de la grey que aspira a ser oscura,
rastreaba la fugaz literatura
hasta los arrabales del lunfardo.

En los cinco jardines del Marino
se demoró, pero algo en él había
inmortal y esencial que prefería
el arduo estudio y el deber divino.

Prefirió, mejor dicho, los jardines
de la meditación, donde Porfirio
erigió ante las sombras y el delirio
el árbol del Principio y de los Fines.

Reyes, la indescifrable Providencia
que administra lo pródigo y lo parco
nos dio a los unos el sector o el arco,
pero a ti la total circunferencia.

Lo dichoso buscabas o lo triste
que ocultan frontispicios y renombres;
como el Dios del Erígena, quisiste
ser nadie para ser todos los hombres.

Vastos y delicados esplendores
logró tu estilo, esa precisa rosa,
y a las guerras de Dios tornó gozosa
la sangre militar de tus mayores.

¿Dónde estará (pregunto) el mexicano?
¿Contemplará con el horror de Edipo
ante la extraña Esfinge, el Arquetipo
inmóvil de la Cara o de la Mano?

¿O errará, como Swedenborg quería,
por un orbe más vívido y complejo
que el terrenal, que apenas es reflejo
de aquella alta y celeste algarabía?

Si (como los imperios de la laca
y del ébano enseñan) la memoria
labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria
otro México y otro Cuernavaca.

Sabe Dios los colores que la suerte
propone al hombre más allá del día;
yo ando por estas calles. Todavía
muy poco se me alcanza de la muerte.

Sólo una cosa sé. Que Alfonso Reyes
(dondequiera que el mar lo haya arrojado)
se aplicará dichoso y desvelado
al otro enigma y a las otras leyes.

Al impar tributemos, al diverso
las palmas y el clamor de la victoria;
no profane mi lágrima este verso
que nuestro amor inscribe a su memoria.

2 comentarios:

  1. Gracias por este bella prosa en homenaje a Reyes, y por el poema que Borges dedicara a su maestro mexicano.

    Un gusto descubrir este espacio literario.


    Saludos...

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  2. Muchas gracias por tus comentarios, ángel.
    Saludos.

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