sábado, 25 de agosto de 2012

Una estúpida decisión


La desesperación no es buena consejera –no por nada los señalamientos de seguridad en caso de desastre que se encuentran en los edificios rezan “conserve la calma”- y si hacemos caso a sus gritos cargados de silencio, tomaremos malas decisiones. Incluso se cae en el riesgo de tomar una decisión no sólo mala, sino estúpida, cómo me ocurrió a mí hace una semana.
        La industria automotriz en México, de la cual yo formaba parte hasta hace poco, fue uno de los rubros que más padeció la crisis económica que avasalló al mundo a finales de 2008 y todo 2009, sobre todo en sus ventas internas. Aun cuando las economías globales, entre ellas la de nuestro país, comenzaron a levantar la curva caída en las gráficas, la venta de autos no se recuperó del todo y ha estado trémula los últimos dos años y medio gracias, precisamente, a una incertidumbre económica cuya niebla no termina de disiparse, y a la violencia y la inseguridad que no escampan. Todo esto provocó en mí el deseo de cambiar de trabajo, cambiar de giro. Así que cuando apareció en mi senda la oportunidad de hacerlo debido a una oferta nada desdeñable de otra empresa, no di tiempo a que la duda se acomodara a sus anchas y me enrolé en una nueva actividad, nueva al menos para mí.
       El empleo también era en el área de ventas, pero de la industria de la galleta. Cinco semanas fueron suficientes para darme cuenta de que ese tipo de trabajo no era lo mío. Se entraba de madrugada, pero no había hora de salir. Llegué a trabajar de doce a catorce horas diarias, corridas, sólo con pequeños intervalos de tiempo para desayunar y comer algo, lo que se encontrara y pudiera engullir en el camino para con los clientes. La sed, insaciable, me atacaba con una intensidad que hasta entonces no había conocido. Tomaba de tres a cuatro litros de agua durante el día y ni así acababa del todo con ella. Abandoné por completo el hábito de la lectura. Tengo el librero lleno de títulos que esperan ser leídos. Los veía con tristeza, melancólico. Me parecía demasiado remoto poder volver a tener el tiempo, las fuerzas y el entusiasmo para leer y releer cada una de las páginas de todos esos libros que sonreían apenas cruzaba la puerta de la entrada de la casa cada noche, sin que les importara que yo dirigiera una rápida mirada hacia ellos para después, resignado, volver a mi deseo más profundo de esas horas: alcanzar la cama y, de ser posible, no despertar en varios días. Y ni qué decir en cuanto a la escritura. La pluma y el teclado también padecieron mi ausencia.
        Un viernes, el antepasado, desperté con la intención de renunciar. No fue una intención de “a ver si renuncio”. Más que con intención, desperté decidido a renunciar. Y así lo hice. La desesperación me ganó terreno y no pude alcanzarla, mucho menos echarla abajo. Desesperación de verme enclaustrado en un trabajo que, aunque con una paga no tan mala, no me entusiasmaba en lo más mínimo, tal vez porque drenaba mi energía más allá de lo imaginable, tal vez porque la jornada, además de agotadora, era infranqueable. No se podía escapar de ella. Entonces, pensaba, cómo demonios voy a hacerle para buscar otro trabajo, cómo voy a hacerle para presentar mi curriculum en otras alternativas laborales. Y sin darme tiempo para meditarlo, renuncié. Tomé una estúpida decisión. Estúpida no por renunciar a un trabajo al que jamás pensé alucinar en tan poco tiempo, sino por el hecho de que renuncié sin tener una chamba segura en otra parte. Debí esperar e ingeniármelas para buscar otra oportunidad sin abandonar el trabajo que tenía.
        Ahora me encuentro en el lugar donde nunca creí que llegaría: el círculo estadístico del desempleo, morada de la bestia llamada incertidumbre, bestia que, aprovechando mi agobio, intenta devorarme.

sábado, 7 de julio de 2012

La semblanza


Una vez más la culpa ronda mi consciencia, culpa que nace por tener arrumbado mi blog. Puedo nombrar un sinfín de razones, sin duda todas válidas, para justificar la revocación del suministro de letras cuya duración se ha prolongado por poco más de cuatro meses, pero la sequía de posts puede achacarse a dos importantes causas: la semblanza de un artista que escribí para la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y un cansancio -físico y de ánimo- que amenaza con volverse crónico.
        El protagonista de la semblanza es el escultor Carlos Magallanes Nava. El proceso que llevé a cabo para poder teclear el bosquejo biográfico del artista torreonense me dejó una muy grata e incomparable experiencia. Conocer a la persona que hay detrás del escultor, descubrir el talento, el carácter y el temple que posee el maestro Carlos Magallanes y escuchar sus experiencias en la nada fácil vereda del arte fueron momentos que quedaron cincelados indeleblemente en mi memoria. Aquel que tenga la intención de dedicar su vida -o al menos parte de ella- a una disciplina artística, y lea todo lo que tuvo que sortear el maestro Magallanes para ser escultor, no podrá asirse a excusa alguna para no seguir el llamado de las musas, cuya seducción es irresistible.
        Cada una de las charlas que tuve con el escultor está archivada en una pequeña grabadora de bolsillo que me prestó un amigo periodista. Al escuchar una y otra vez el contenido de las grabaciones viví lo que escribió Fernando Vallejo en la introducción de Logoi. Una gramática del lenguaje literario: “Todo un léxico, toda una morfología, toda una sintaxis, toda una retórica apartan al lenguaje literario del habla”. Con esta frase, el autor de El desbarrancadero expone que existen dos lenguajes: el hablado y el escrito. En el primer intento de trascribir las entrevistas que hice al maestro Magallanes me encontré con una conversación semejante o comparable a un muro en obra negra e incompleto debido a la notoria falta de un ladrillo por aquí, otro por acá y uno más allá, muro que habla en forma clara para nosotros a través de sus ladrillos, donde cada uno posee diferente tono y diferente textura y transmite características que no nos hacen notar la ausencia de bloques hasta que intentamos dibujar y pincelar con palabras toda su estructura. Es aquí donde comienza el trabajo del escribidor. Hay que revisar y dar un reacomodo a los ladrillos aplicando la mejor sintaxis de que podamos echar mano, colocar los tabiques que falten y dar color y un buen acabado al muro, todo a través de las palabras. Si nuestro trabajo de transcripción y detallado está bien hecho, el lector no lo notará, lo degustará de forma natural con la creencia de que el texto siempre ha sido lo que ahora tiene entre sus manos.
        Escribir la semblanza no fue sencillo. El acomodo de las diferentes etapas en la vida del escultor y la intercalación de anécdotas y comentarios importantes absorbieron el tiempo a modo de esponja y varias noches de sueño tuvieron que ser sacrificadas para poder llegar al punto final del texto, pero cada hora nocturna de vigilia frente al teclado y cada palabra escrita son de un valor incalculable.
        Muchas fueron las anécdotas y las frases que escuché del maestro Carlos, pero hay una que me acompaña en cada momento: “El arte debe humanizar. Cuando alguien manda todo a la fregada por el arte, incluyendo a su familia, yo me pregunto: ¿Dónde quedó el artista?”

martes, 21 de febrero de 2012

Gadgets


A la par que comenzaron a volverse populares los gadgets, mi aversión por ellos creció. Tal vez para los adolescentes y los adultos jóvenes, y hasta los no tan jóvenes, es imposible –o al menos eso parece- salir por las mañanas a enfrentar el día sin el celular o los celulares (yo no soporto cargar uno solo y hay locos que enganchan tres móviles a su cinto), el ipod, la laptop, la memoria USB, y -si la economía personal es boyante- la tablet; pero a mí me saca de quicio hasta llevar el reloj en la muñeca porque tengo que cuidar que no se golpee si paso cerca de algún objeto o hasta de la pared y no puedo dejar que se empape cuando lavo mis manos. Es muy incómodo sentir el agua agolparse entre la caja del mecanismo, la correa y la piel. Aun así sucumbo cada mañana a instalar su redondez en mi canilla por temor a que el tiempo, cuyos granos de arena cada día parecen agotarse mucho más rápido, me vaya a agarrar distraído y me juegue una mala pasada.
Los gadgets que por lo común me acompañan en mis faenas diarias, además del reloj de pulsera, son la laptop, el celular, una calculadora de bolsillo y el control remoto del sistema de alarma antirrobo de mi auto. Dentro de una clasificación menos tecnológica, siempre llevó encima el bolígrafo y un pequeño cuaderno de notas. Lo único prescindible de esta colectividad de accesorios simbióticos es el cuadernillo de notas que cabe en el bolsillo de mi camisa, pero odio relegarlo debido a que cuando lo arrumbo en la mesita de noche que está a un lado de la cama, al ir manejando, o mientras desayuno, como o ceno, o al esperar en alguna fila, o al caminar, o hasta en el váter me asaltan, sin previo aviso, ocurrencias o ideas con buena facha y me enciendo de ira al no encontrar ni un mísero papelito para escribirlas antes de que algún distractor las difumine en lo inmediato.
Ayer a medio día mi laptop cegó su monitor por falta de corriente eléctrica a causa de un falso contacto en el eliminador y de la pila recargable cuya vida útil se agotó desde hace mucho tiempo. El departamento de sistemas de la empresa donde trabajo no pudo encontrar la falla, en un principio por el burocratismo privado y después por falta de interés en mi equipo. El responsable del departamento argumentó que la laptop necesitaba una pieza conectora nueva, pero, al verme insistir en que se trataba del eliminador, lo revisó más a fondo y ajustó unas minúsculas placas de contacto que se habían movido de su lugar ocasionando que no fluyera la corriente eléctrica hacia la máquina. Esto fue casi al medio día de hoy.
Durante el tiempo que pasé sin mi laptop me acompañó la sensación extraña de no estar completo, como si hubiera sufrido una mutilación pasajera. Algo similar experimento al olvidar el celular en casa o en alguna otra parte, pero no tan intenso como cuando carezco, sin importar que sea sólo por unas cuantas horas, de mi computadora portátil. Quizás por lo mucho que la utilizo en mi trabajo y en mis proyectos personales y quizás también porque tengo con ella siete años.
Es increíble la dependencia tecnológica que padecemos en este tiempo, repleto de ruido y de furia, como la novela de Faulkner, que nos tocó para transitar por la vida. Es la esclavitud de punta de millones de hombres, mujeres y niños. Y no es que este mal utilizar y disfrutar los gadgets y todos los demás avances tecnológicos, lo atroz es que se tomen más en serio y se extrañen más -cuando por error los olvidamos- que a las personas y su compañía.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Sin palabras


Cuando abrí este blog y comencé a subir mis primeros textos, no imaginé el alcance que llegaría a tener. No sabía si lograría atraer el interés de uno, varios o muchos lectores. Sin embargo, la incertidumbre de que alguien o nadie leyera lo que fraguaba a través del teclado de mi sufrida e incansable laptop no me impidió escribir. Para entonces ya contaba con varios relatos cortos, la mayoría terminados y uno que otro a medias, que escribía durante las pequeñas brechas de tiempo que de pronto aparecían en mi rutina diaria. Y como siempre he tenido a la desquiciada de la azotea -la imaginación- demasiado alebrestada, nunca me faltaban -y siguen sin faltarme- ideas para escribir un relato tras otro, y uno más, y otro, y de pronto, aun sin acabar el que me encontraba tecleando, me descubría divagando en uno nuevo. Llegué a un punto donde la paciencia de escribir sin publicar me dejó sólo y decidí probar suerte enviando una pequeña narración a Estepa del Nazas. A través de correo electrónico pedí al maestro Saúl Rosales que de favor me diera su opinión sobre un cuento al que titulé “El compadre”. También le comentaba que, si él lo consideraba publicable, ojalá pudiera tomarlo en cuenta como colaboración para Estepa. La respuesta tardó en llegar. No recuerdo cuantos fueron los días de espera. Cada que tecleaba la contraseña para revisar la bandeja de entrada de mi hotmail me envolvía un ataque de nervios. La respuesta no aparecía. Casi había perdido la esperanza de que el maestro Saúl me escribiera cuando por fin su nombre y dirección de correo electrónico arribaron a mi correspondencia.
La respuesta del director de Estepa del Nazas fue un duro mazazo que tardé en asimilar. El maestro Saúl me hizo ver algunos vicios que yo acogía al momento de escribir y de los cuales no era consciente. Sus observaciones me convirtieron en mi principal crítico. Volví a todo lo que había escrito y una consciencia de letras comenzó a despertar en mí y a envolverme conforme llevaba a cabo cada revisión. Mi prosa no alcanzaba a ser lo que yo esperaba, lo que yo quería que fuera. Era necesaria una práctica constante en un intento de mejorar la escritura. Así nació este blog.
Arranqué subiendo mi primer post en enero de 2009. Colgaba un texto cada semana. Si los vaivenes diarios se descuidaban, publicaba dos posts entre lunes y sábado. Escribía y subía, escribía y subía. La incertidumbre de contar o no con lectores se sentaba a un lado mío mientras tecleaba, mientras buscaba la imagen que acompañaría al texto en turno, mientras editaba una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces. Todas las que requiriera cada línea escrita. En ocasiones -incluso ahora- leía y releía lo publicado y daba una corrección más. Y así como de pronto sentimos que nos observan cuando caminamos por la calle o cuando nos encontrarnos en algún lugar, la sensación de que el blog era leído me anudaba las vísceras abdominales al publicar y al releer lo publicado. El día que una lectora escribió un comentario en un post que subí sobre la influenza y lo profético que yace en la obra de los escritores, además del estómago y los órganos que lo acompañan alrededor, también se me anudó el corazón. Teresa García, Tere, fue la primera en hacerme saber que leía lo que yo tecleaba. Después de ella, otros lectores, como César Ceniceros y Buns, también escribieron sus comentarios. Luego de un año, año y medio, más o menos a mediados de 2010, los seguidores, que comenzaron con César y Buns, aparecieron poco a poco. Entre ellos están Jaime Muñoz Vargas, Miguel Báez Durán, Edgar Lacolz, Laura Elizabeth, un lector con el seudónimo de 7 Mares y Alfredo, además de todos aquellos que, al igual que Tere, aun sin aparecer como seguidores, leen cuanto escribo, como el maestro Saúl Rosales, Silvia García, Mayra, Vicente Alfonso y Rocío Villarreal.
Durante los últimos días del mes de octubre del año pasado mi laptop comenzó con errores en el sistema operativo. Llegó a un punto en que fue imposible seguir trabajando en ella debido a la lentitud con que abría hasta el más ligero archivo de Word. No hubo alternativa: tuve que someterla a un reformateo que me dejó un fin de semana sin mi cómplice de trabajo, de lectura y escritura, de navegación en la web y de secretos personales. Cuando Karina, una muy buena amiga y experta en sistemas computacionales, terminó de sacudir el polvo y las telarañas de la máquina, de fumigar las plagas que la habían allanado y de instalar de cero el sistema y los programas en general, perdí la hebra de mis correos electrónicos y el que utilizó para el blog quedó arrumbado en la esquina más profunda de mi memoria.
A mediados de enero recordé que contaba con una cuenta de email que abrí para el blog. En ese momento la desesperación por enterarme si la cuenta seguía vigente o había sido cerrada me movió en automático a que intentara ingresar al buzón. La cuenta de correo seguía vigente. Comencé a revisar lo alojado sin leer. La publicidad y los arribos sospechosos ganaban en cantidad. Sofocado entre todos los volantes virtuales se encontraba el correo de una escritora de estás áridas tierras: Magdalena Madero, Magda. Me había escrito el dieciséis de noviembre pasado.
En su texto, Magda me decía que por casualidad había dado con mi blog. No sabía quien era yo, pero, debido a mi gusto por la literatura, deseaba regalarme sus libros. Magda consideraba muy buena la crítica literaria de mis reseñas. La vida es una suerte de situaciones paradójicas que en ocasiones nos suceden al mismo tiempo, algo que experimenté al descubrir y leer el correo de Magda: me dio un gusto tremendo el saberme leído por una escritora como ella a la vez que la pena de no haber visto su carta electrónica fue enorme. Contesté a Magda a vuela tecla, como dice Jaime Muñoz Vargas, con la esperanza de que no estuviera molesta por mi tardía respuesta.
Los días que siguieron al grato descubrimiento de la correspondencia por parte de la autora de Arno y los ojos de Rea, fueron bochornosos. La certeza de que Magda no contestaría mi correo rondó mi ánimo. Me enteré del correo de Magda un miércoles. El fin de semana mi bandeja de entrada seguía con el mismo contenido. El lunes revisé por enésima ocasión mi correo: el buzón virtual ya albergaba la contestación de la poeta y escritora, donde mencionaba que no me preocupara por la respuesta tardía y que con mucho gusto le indicara en donde podía visitarme para el obsequio de su obra literaria. A pesar de mencionarle a Magda que no era necesario que me visitara, yo podía pasar a recoger los libros de su autoría, ella me llamó y media hora después, tal vez menos, apareció en mi trabajo abrazando todas y cada una de sus obras.
Fue todo un gusto y un placer conocer en persona a Magda, una escritora que, aun con toda su larga y fecunda trayectoria en las letras, posee una sencillez admirable. Charlamos de letras, de su obra literaria, de escritores laguneros, de mi blog, de lo nada fácil que es la vida para aquellos que fuimos seducidos por los libros y la escritura, y de un puñado de cosas más. Siempre que tengo la oportunidad de platicar e intercambiar opiniones con algún escritor o alguna escritora, nunca deja de sorprenderme descubrir una y otra vez que las vicisitudes que hay que sortear al abrazar a las letras con una pasión desbordante son las mismas para todos en todos los aspectos de la vida literaria, vida que no sabemos si la escogimos o ella nos escogió a nosotros. Magda y yo nos despedimos, pero quedamos en vernos en la presentación de su libro de poemas Efémera, que se llevará a cabo el próximo diecisiete de febrero a las siete de la tarde en el edificio de La Alianza Francesa, aquí en Torreón.
El blog ha sido un inigualable medio electrónico para la publicación y difusión de mis textos. Cada vez que me entero de que cuento con un nuevo lector, me pierdo en un arrebato de alegría. El saberme leído por todos quienes siguen mi blog, con firma o sin ella, grupo que incluye a escritores que admiro mucho, simplemente me deja sin palabras.

lunes, 9 de enero de 2012

Un desafiante propósito


Las personas que tienen por hábito inherente la lectura diaria, sobre todo de libros, son pocas, son minoría, una minoría que es mucho más numerosa en los países de primer mundo como los de la Unión Europea y el Nuevo Imperio Romano renacido en América: Los Estado Unidos. Según estudios, encuestas y estadísticas, los europeos que leen -que en serio leen- devoran cincuenta libros al año, o sea un promedio de un libro por semana, récord que a simple vista parece difícil hasta para quienes de este lado del mundo sí engullimos con la vista, de principio a fin, un buen número de libros en trescientos sesenta y cinco días. La hazaña anual de los lectores del Viejo Continente, por simple lógica, es imposible para los mexicanos que no leen ni el instructivo del celular de última tecnología que acaban de comprar y del que no utilizan ni la quinta parte de sus funciones porque el motivo que los llevó a hacerse de él no fue la necesidad utilitaria sino el apantalle social.
Pero volviendo a los lectores europeos, muchos apasionados de la lectura de por acá se preguntarán cómo es que hacen del otro lado del Atlántico para chutarse semejante cantidad de libros en doce meses. Quizá a cualquier lector que en verdad ama los libros, y la letra impresa en todos los formatos, sin importar el lugar del orbe donde habite, también le parece increíble la cantidad de horas que el mexicano promedio pasa frente a las pantallas, tanto del televisor como de la computadora, como mero esparcimiento, pantallas que en vez de despertar y acrecentar su intelecto, lo adormecen. Quienes no leen ni un solo libro al mes y según ellos desean sumar la lectura a su flaco costal de hábitos útiles y enriquecedores, deberían de inventariar las horas que pierden enajenando su vista con telenovelas que de tan trilladas son una mentada directa al teleauditorio, con programas y series que descubren el nudo y el final mucho antes de llegar a la mitad de su duración, y con noticias veladas y expuestas con maña para lograr la persuasión y el efecto deseados en la mayoría de quienes las ven y escuchan a través de la caja-loro, que es como nombra Stephen King al televisor en Mientras escribo. Y ni que decir del monitor de la computadora y las pantallitas de los teléfonos celulares como el Blackberry, donde la adicción a las redes sociales y a la vagancia virtual, adicción que puede volverse insaciable, hace que las cabezas de los cibernautas naufraguen en los escollos de un yermo cansancio mental. Es principalmente por estas razones que la minoría conformada por los lectores de hueso rojo intenso es más pequeña en países como el nuestro.
Hay algunos factores importantes en países como Inglaterra, España, Francia y Alemania que ayudan a que los lectores acrecienten su número de libros leídos, como el trasporte público, preferido por muchos habitantes de estos lugares en vez de la monserga de manejar sus autos dado que los autobuses y los trenes urbanos son muy cómodos y seguros y permiten una agradable lectura mientras se recorre la distancia de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, o de cualquier punto de la ciudad a determinado destino.
Aun con todas las circunstancias que arrastramos los mexicanos, como el pésimo servicio del trasporte público, los altos precios en las novedades editoriales, las exhaustivas jornadas laborales que en su mayoría superan las ocho horas diarias, la poca cantidad de librerías y bibliotecas que existen -como es el caso de Torreón-, sí es posible que también nosotros leamos una media de cincuenta libros al año. Si en vez de vagar sin rumbo fijo por Internet se baja un libro electrónico (Google enlaza con innumerables sitios web donde es posible descargar libros gratis) y se lee en todos esos momentos sin quehacer en que se recurre al monitor de la computadora para mandar ese tiempo al otro mundo, si en vez de encender la televisión abrimos un libro que nos guste o nos hayan recomendado, saborear completo un libro a la semana del grueso de unas cien o ciento cincuenta páginas no es difícil, mucho menos imposible.
Uno de mis propósitos de año nuevo es zambullirme en la cruzada de jugarse el todo por el todo con el fin de llegar a los cincuenta libros leídos, y comprendidos, antes de que caiga la hora cero en los relojes el último día de diciembre de este 2012. Por supuesto, si antes no se acaba el mundo. Aunque en realidad en muchos casos, como alguien escribió por ahí, el mundo ya se acabó para aquellos que creen que acabará este año de acuerdo a supuestas interpretaciones de profecías mayas.
Mientras son melones o son simples naranjas, y de acuerdo al mito convertido en rito que reza que aquello que hagamos durante el primer día del año lo haremos el resto de sus días, yo ya comencé con el primer libro el primero de enero: Nuestro libro de cada día, de José Saramago. Y aunque es cierto que es un libro de no muchas páginas, apenas un promedio de cuarenta y siete, con su lectura sólo me faltan cuarenta y nueve por engullir. Voy por ellos y por todas y cada una de sus páginas.

viernes, 25 de noviembre de 2011

El desprecio de las musas


Se dice que las musas suelen visitar a los artistas. Músicos, poetas, escritores, pintores y escultores confiesan que, sin previo aviso, de pronto son asaltados por un arrebato de inspiración que los lleva a concebir una idea que viene acompañada de la energía y el coraje necesarios para ser desarrollada. Es entonces que nace una obra maestra. Las musas estuvieron con el creador, lo sedujeron y él se dejó llevar por el éxtasis que lo incitó a dar forma a una obra de arte.
Pero las musas no visitan con la misma regularidad a todos aquellos que se ven envueltos por la pasión que sienten hacia alguna disciplina artística. Los escritores son un claro ejemplo. Mario Vargas Llosa lo advierte en Historia secreta de una novela, cuando llega a lo que él llama “teoría voluntarista”, la cual después comprobaría al decidirse a escribir una novela: “la inspiración no existía. Era algo que, tal vez, guiaba las manos de escultores y pintores y dictaba imágenes y notas a los oídos de poetas y músicos, pero al novelista no lo visitaba jamás: era el desairado de las musas y estaba condenado a sustituir esa negada colaboración con terquedad, trabajo y paciencia. No me quedaba otra alternativa: si la inspiración existía para los novelistas, nunca sería uno de ellos. Sobre mí no caía jamás esa fuerza divina: a mí cada sílaba escrita me costaba un esfuerzo brutal. Sartre, a quien leía por esos años con agresivo fervor (Luis Loayza se burlaba: «el sartrecillo valiente») fue una ayuda preciosa en ese momento: nadie nacía novelista, uno se hacía escritor, también en literatura uno elegía lo que iba a ser”.
Últimamente cito mucho a Vargas Llosa porque he sentido, de un tiempo más o menos largo para acá, el desaire de las musas y el autor de La verdad de las mentiras me da una palmada en la espalda con sus experiencias como escritor cuando las ganas de aventar la toalla, hasta donde me alcance la mano, son muchas. Y es que el estrés y las situaciones que surgen alrededor del escribidor son muy absorbentes y desalientan demasiado. Es en esos momentos cuando me obligo -sólo en un principio, porque después me enfrasco con placer- a leer el libro de poesía o narrativa en turno para después retomar alguna de las obras de Vargas Llosa, en especial Historia secreta de una novela y Cartas a un joven novelista, y releer los pasajes que más templan la voluntad y el carácter que debe poseer un buen escribidor.
Otro libro que me levanta mucho el ánimo, cada vez que lo traigo arrastrando y a punto de claudicar, es Mientras escribo, de Stephen King. Sé que muchos intelectuales ultraconservadores criticarán esta lectura incluso sin haber leído el divertido y enriquecedor manual de escritura de King y sin haber siquiera hojeado alguna de sus novelas. Es una pena que se prejuzgue a un escritor por ser vendedor masivo de historias al grado de provocar que sus libros reciban el adjetivo gringo de bestsellers y se abracen prejuicios sobre su obra literaria debido a las críticas de reseñistas a quienes es probable que no les haya gustado cierta novela, y me refiero a reseñistas con cierta buena reputación dentro de los círculos literarios, porque hay muy buenas obras tanto del autor de It como de muchos otros bestsellerianos.
No sé si vaya a padecer mucho tiempo más el desprecio de las musas. Tal vez su desaire se prolongue indefinidamente. Por lo pronto seguiré picando riscos hasta darles la forma literaria que busco. No importa que la advertencia de Mario Vargas Llosa sea cierta y el precio para llegar “a un rendimiento literario decoroso” sea alto.

domingo, 23 de octubre de 2011

El fin del viaje


Está por terminar el Diplomado en Creación Literaria que hace poco más de un año iniciara a cargo de la Dirección de Cultura Municipal de Torreón en coordinación con la Universidad Autónoma de la Laguna. Las cátedras en letras tocarán su fin los últimos días de noviembre, aunque existe la posibilidad de que se extiendan hasta mediados de diciembre. Los maestros de cada uno de los géneros literarios que se estudian y practican -ensayo, novela, cuento y poesía- ya solicitaron los trabajos finales con que concluiremos, quienes aun asistimos cada fin de semana a sus clases en la biblioteca José García de Letona ubicada sobre La Alameda Zaragoza, la aventura de abordar el buque que nos llevó por los océanos literarios en busca de los escritores de peso y sus obras. Para aquellos que anhelábamos dar con ellos, el viaje nos procuró tanto placer que no quisiéramos que acabara. No queremos dejar, ni que nos dejen, a nuestros guías en la fructífera expedición, pero llegó el momento de que cada uno de nosotros navegue por su cuenta y, lo más importante, desarrolle el estilo con que dará forma a su obra literaria, porque el objetivo del diplomado no es crear un club de lectura, sino una nueva generación de escritores.
A través de estos últimos diecisiete meses no sólo he degustado obras maestras de la literatura universal, también se ha dilatado mi visión en el horizonte de las letras permitiendo que conozca y reconozca aquello que en verdad alimenta y da impulso en la utópica carrera de escritor, que no por utópica deja de ser posible, pero, como toda utopía que se desee pasar del plano onírico a la realidad, requiere un esfuerzo que pocos están dispuestos a dar.
Entre las muchas cosas que he visto y aprendido en la inagotable aventura de los libros, me ha quedado muy claro que antes de escribir es necesario leer mucho, muchísimo. ¿Sobre qué? Sobre todo, para no hacer el tonto en el teclado -cito de memoria-, como menciona Stephen King en Mientras escribo, libro bastante interesante que trata sobre todo aquello que necesita un escritor para su formación. Los escritores clásicos deben ser el principio. No se puede, y no se debe, dejar de lado la tradición que nos antecede, al menos si en verdad se tiene un verdadero compromiso con la carrera literaria. Es necesario también conocer las vanguardias que marcaron diferentes épocas, así como leer y estudiar a los literatos contemporáneos cuya calidad no permite el asomo de la duda. A la par del consumo masivo de letras se debe fatigar el teclado.
Ahora que estoy por concluir este período de profundo aprendizaje sobre lo que significa ser un escritor, entiendo con mayor claridad las palabras de Mario Vargas Llosa en su libro Cartas a un joven novelista: “La vocación literaria no es un pasatiempo, un deporte, un juego refinado que se practica en los ratos de ocio. Es una dedicación exclusiva y excluyente, una prioridad a la que nada puede anteponerse, una servidumbre libremente elegida que hace de sus víctimas (de sus dichosas victimas) unos esclavos. […] Creo que sólo quien entra en literatura como se entra en religión, dispuesto a dedicar a esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser verdaderamente un escritor y escribir una obra que lo trascienda”.
Cuando por fin termine el diplomado comenzará la lucha, interna y externa, para todos aquellos cuyo sueño es hacer de la literatura una forma de vida y no sólo un motivo aparente que permita andar de diplomado en diplomado y de taller en taller con una escasa o nula obra literaria publicada o bajo el brazo. Algunos comenzamos esa lucha hace años. Seguimos, y seguiremos, en la trinchera donde quien ingresa, también en palabras de Vargas Llosa, “no escribe para vivir, vive para escribir”.