viernes, 25 de noviembre de 2011

El desprecio de las musas


Se dice que las musas suelen visitar a los artistas. Músicos, poetas, escritores, pintores y escultores confiesan que, sin previo aviso, de pronto son asaltados por un arrebato de inspiración que los lleva a concebir una idea que viene acompañada de la energía y el coraje necesarios para ser desarrollada. Es entonces que nace una obra maestra. Las musas estuvieron con el creador, lo sedujeron y él se dejó llevar por el éxtasis que lo incitó a dar forma a una obra de arte.
Pero las musas no visitan con la misma regularidad a todos aquellos que se ven envueltos por la pasión que sienten hacia alguna disciplina artística. Los escritores son un claro ejemplo. Mario Vargas Llosa lo advierte en Historia secreta de una novela, cuando llega a lo que él llama “teoría voluntarista”, la cual después comprobaría al decidirse a escribir una novela: “la inspiración no existía. Era algo que, tal vez, guiaba las manos de escultores y pintores y dictaba imágenes y notas a los oídos de poetas y músicos, pero al novelista no lo visitaba jamás: era el desairado de las musas y estaba condenado a sustituir esa negada colaboración con terquedad, trabajo y paciencia. No me quedaba otra alternativa: si la inspiración existía para los novelistas, nunca sería uno de ellos. Sobre mí no caía jamás esa fuerza divina: a mí cada sílaba escrita me costaba un esfuerzo brutal. Sartre, a quien leía por esos años con agresivo fervor (Luis Loayza se burlaba: «el sartrecillo valiente») fue una ayuda preciosa en ese momento: nadie nacía novelista, uno se hacía escritor, también en literatura uno elegía lo que iba a ser”.
Últimamente cito mucho a Vargas Llosa porque he sentido, de un tiempo más o menos largo para acá, el desaire de las musas y el autor de La verdad de las mentiras me da una palmada en la espalda con sus experiencias como escritor cuando las ganas de aventar la toalla, hasta donde me alcance la mano, son muchas. Y es que el estrés y las situaciones que surgen alrededor del escribidor son muy absorbentes y desalientan demasiado. Es en esos momentos cuando me obligo -sólo en un principio, porque después me enfrasco con placer- a leer el libro de poesía o narrativa en turno para después retomar alguna de las obras de Vargas Llosa, en especial Historia secreta de una novela y Cartas a un joven novelista, y releer los pasajes que más templan la voluntad y el carácter que debe poseer un buen escribidor.
Otro libro que me levanta mucho el ánimo, cada vez que lo traigo arrastrando y a punto de claudicar, es Mientras escribo, de Stephen King. Sé que muchos intelectuales ultraconservadores criticarán esta lectura incluso sin haber leído el divertido y enriquecedor manual de escritura de King y sin haber siquiera hojeado alguna de sus novelas. Es una pena que se prejuzgue a un escritor por ser vendedor masivo de historias al grado de provocar que sus libros reciban el adjetivo gringo de bestsellers y se abracen prejuicios sobre su obra literaria debido a las críticas de reseñistas a quienes es probable que no les haya gustado cierta novela, y me refiero a reseñistas con cierta buena reputación dentro de los círculos literarios, porque hay muy buenas obras tanto del autor de It como de muchos otros bestsellerianos.
No sé si vaya a padecer mucho tiempo más el desprecio de las musas. Tal vez su desaire se prolongue indefinidamente. Por lo pronto seguiré picando riscos hasta darles la forma literaria que busco. No importa que la advertencia de Mario Vargas Llosa sea cierta y el precio para llegar “a un rendimiento literario decoroso” sea alto.

2 comentarios:

  1. Pues no te escondas para que te encuentren esas musaas...

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  2. Tienes razón, Teresa. Estaré más a la vista para que puedan encontrarme las musas.
    Un beso y un abrazo.

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