miércoles, 23 de febrero de 2011

Tres noches de Música solar


Daniel Maldonado, poeta y escritor torreonense, es un incansable promotor del libro y la lectura. Gracias a él, quienes somos sus alumnos de poesía -y también quienes no los son- nos enteramos de libros, muy buenos libros, de escritores que a veces ni en el mundo hacíamos. El sábado pasado, Daniel llegó a la clase con un poemario de portada anaranjada que había pescado en el océano del libro usado. El volumen era Música solar, de Efraín Bartolomé, uno de esos libritos de poesía que se ponen a las patadas con los adobes de la moda editorial, repitiendo la historia de David y Goliat, donde el pequeño se lleva de calle al gigante y termina por cortarle la cabeza.
Daniel nos leyó algunos de los versos atrapados entre las páginas de Música solar, y nos recomendó bastante el libro y la obra en general de Efraín Bartolomé. Maldonado pensaba rifar el libro entre la clase, pero cómo aun no lo leía en su totalidad, prefirió hacerlo hasta dentro de una semana. El énfasis con que Daniel acompañó su recomendación hizo que yo le solicitara el préstamo momentáneo de Música… para garabatear en mi cuaderno de notas el título completo y el nombre correcto del poeta. Al terminar la clase, las prisas hicieron que Daniel olvidara el poemario en mi lugar, así que me lo agencié con el fin de leerlo y devolverlo a su dueño el próximo sábado.
Aunque leo bastante, no soy demasiado rápido al hacerlo; me gusta saborear el contenido de los libros capítulo por capítulo, página por página, palabra por palabra, letra por letra. Sin embargo, el poemario de Efraín lo devoré en tres noches. Y es que los libros de poesía suelen ser pequeños, de pocas páginas, y por lo general son muy pródigos los espacios en la edición y el estilo de los versos; así cómo una página puede contener un poema completo o una parte de él que ocupe el total de la cuartilla, también puede ser que los versos no lleguen a habitar más allá de la tercera parte de dicha cuartilla.
Los poemas de Música…, cómo lo menciona la pequeña reseña incluida en la contraportada del libro, ensamblan cuatro tiempos: Música solar, El corazón terrestre, comunión de silenciosos y las mañanas negras.
Los tiempos “Música solar” y “Comunión de silenciosos” pintan, a través de los versos y sus metáforas, sentimientos de un amor y un erotismo profundos que llenan, que enferman cuando no se está al lado de la mujer amada, de la amante que ocupa la mente del hombre en todo momento y en todo lugar. En “Comunión de silenciosos”, Efraín expresa así el irreprimible deseo de poseer a la mujer amada y toda la felicidad en que desboca la pasión correspondida:
“En estos días he visto tantas cosas de mí/Me he aprendido en tu voz/En el atrevimiento de tus manos/En tu cuerpo arrojado al reposo después de la tormenta/reflejándome/oyéndome. Te recuerdo de pie frente al espejo tocada apenas por la luz. Llenos de ti mis ojos/Mis manos insaciables/El húmedo cabello derramado en el lecho/Tus hombros veteados por la sombra/La lengua de la luz en tus caderas blancas. Al fino talle prendo garras dulces. Mis brazos se hacen alas y te envuelven/Hundo sobre la alfombra cascos de minotauro/Embisto/Rasgo/Aúllo/Me despeño. Soy agua desplomada sobre ti/Soy la más tibia lengua/El río más tierno/Agua. Ahora quiero gritar/contárselo a mi sombra/A los geranios. Pero no/Nadie hable/Hay ojos que vigilan en la calle/Cada ventana es una luz/La luz construye sombras/Oh amante/Saliva/Sangre mía/¿A quien decirlo ahora? Se volverán escasos los amigos. Piedras descenderán sobre nosotros. Pero habrá que decírselo al frío y a mis manos/Al perro y al silencio/Porque de otra manera/tanta felicidad me va a estallar adentro”.
En cambio en “El corazón terrestre” y en “Las mañanas negras”, el chiapaneco evoca paisajes vividos en su tierra, no sin que en algunos versos de pronto se cuelen los recuerdos de su amada y del erotismo que impregna a todos sus sentidos, pero con predominio de los paisajes y los sentimientos despertados por sus travesías, cómo en el poema “Ferrocarril nocturno”:
“El tren/y su ronquido de insecto colosal/emergiendo del vientre bermellón de la montaña. Más allá de la bruma pasan pueblos fantasmas/Centelleos/La ventisca lamiendo los cristales/sin atreverse a entrar. De pronto/surge un ciego rumor de viento enfermo/en la raíz profunda de la noche/Y cruje el tren/Se hace un insecto mínimo/a tientas/avanzando. Así mi cuerpo ahora/Así la soledad que me rodea/sin atreverse a entrar.
Es muy cierto lo que reza el principio de la reseña al reverso del libro: “Música solar resume una vigorosa renovación del buen decir de la poesía mexicana”. Con Música solar Efraín Bartolomé obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1984. Los jurados no erraron en otorgarle el galardón al chiapaneco, quien es un referente contemporáneo de la buena poesía que se produce en nuestro país.

lunes, 14 de febrero de 2011

Revistas literarias



Las revistas literarias son parte del oxigeno que necesita la vida creativa de una región inundada por el interés en las letras y las humanidades cómo lo es la Comarca Lagunera. Es muy intensa la frustración que se experimenta cuando uno lleva un buen tiempo escribiendo y las cuartillas pergeñadas no pasan de ser un archivo digital en la PC o en la Laptop dentro de la carpeta de “mis documentos”, o a lo más una impresión en hojas de máquina sin el logro de la publicación. Los blogs de cierta forma llegaron para que cualquier persona aficionada a escribir pueda subir los textos tecleados a su espacio personal de Internet dándolos a conocer de forma global. Pero el blog no apacigua, y mucho menos fulmina, el deseo de ver publicadas las cuartillas producidas en alguna revista, en algún libro. Es aquí donde las revistas literarias fungen de madera sobre las profundas e interminables aguas de la desesperanza que por lo común golpean a los noveles escritores.
Han sido varias las revistas literarias que han emergido en La Laguna, pero sólo dos subsisten hasta hoy: Estepa del Nazas y Acequias; la primera publicada por el patronato del Teatro Isauro Martínez, y la segunda por la Universidad Iberoamericana Plantel Laguna. Desgraciadamente, tanto Estepa… cómo Acequias han padecido los jodazos de la endeble economía que no logra despuntar, que aun no se recupera de la caída libre hacia el abismo que sufrió en el 2009. Estepa… padeció un largo período de receso en cuanto a su publicación, donde el argumento fue la falta de presupuesto. Acequias, a pesar no de no sufrir un período de espera similar desde su nacimiento a la fecha, en su último número, el 54, dejó de publicarse en papel y sólo apareció en su versión virtual de Internet; supongo que el alegato fue el mismo: la falta de marmaja. La esperanza de que Acequias vuelva a su lujoso papel (ya con que vuelva al papel es ganancia, aunque no sea tan lujoso) recae en Julio César Félix, el timonel, que desde la presentación del último número en diciembre pasado, no ha dejado de chambear duro y tupido para que Acequias pueda de nueva cuenta hojearse y leerse en su formato habitual. Esperemos que Julio corra con suerte en su cruzada por que así sea.
Desde mis comienzos cómo escribidor mi imaginación vislumbró la posibilidad de que Estepa... o Acequias, incluso ambas, publicaran algo mío dado que las dos revistas acogían ensayos, poemas, cuentos, anticipos de novelas, artículos y reseñas de escritores regionales, tanto de aquellos que comenzaban cómo de los que ya habían logrado destacar. Entre ellos se encontraban, y de pronto aun se encuentran, Jaime Muñoz Vargas, Vicente Alfonso, el maestro Saúl Rosales, Carlos Velázquez, Julio César Félix, Daniel Herrera, Angélica López Gándara, Daniel Maldonado y muchos otros más. Así que me armé de valor y allá por mediados de 2008 comencé a probar suerte con mis escritos y envíe -vía correo electrónico- un cuento a Estepa…, y a principios de 2009 mandé lo que consideré un artículo a Acequias. Ninguno de los dos textos que empuje hacia la aventura fue publicado. Cómo es común con estas experiencias, me deprimí perdiendo un poco la moral, pero aun con todo no dejé de escribir. El año pasado fue bastante gratificante para mí, ya que Acequias, en su número 52, publicó mi reseña “La leyenda de Jaime Muñoz Vargas” que escribí sobre Leyenda Morgan, libro de relatos detectivescos del también autor de Parábola del moribundo. La misma Acequias, en su edición más reciente, publicó un artículo que escribí hace tiempo: “Nuestra aportación al caos”. Por parte de Estepa…, en su nueva edición, la que pronto saldrá de las prensas, aparecerá otra reseña de mi autoría que también escribí hace tiempo sobre Las manos del tahúr, otro libro de cuentos de Jaime, y que titulé “Jaime Muñoz Vargas, un tahúr profesional de las letras”. Además de esta reseña, Estepa… tiene en su cava, para un próximo número, mi ensayo “La monja atea”, que tecleé el año pasado sobre el tema de la esperanza contenido en el soneto “Verde embeleso”, de Sor Juana Inés de la Cruz. A excepción de “La leyenda de Jaime Muñoz Vargas”, reseña que subí cómo post al blog el año pasado, y “Nuestra aportación al caos”, artículo ya publicado por Acequias, el ensayo sobre los versos de “La décima musa” lo publicaré en el blog, si no es que desespero y lo hago antes, en cuanto salga al público la edición de Estepa… que lo abrazará entre sus páginas. Ojalá que las próximas dos Estepas no demoren en llegar a nosotros.
Acequias, en su edición 54, puede leerse a través de dos enlaces: http://sitio.lag.uia.mx/acequias/acequias54/Contenidorevistaacequias54.html y http://issuu.com/iberotorreon/docs/acequias54
Aquí, bajo este post, les dejo el artículo “Nuestra aportación al caos”.

Nuestra aportación al caos


A través de la historia de México se han destapado no una ni varias, sino muchas crisis, sobre todo económicas. En los años ochenta, cuando transcurría mi niñez, ese segmento de tiempo en la vida donde nada nos preocupa, está muy presente en mi memoria el estrés de mis padres, pero también su férrea lucha frente a la difícil situación económica que por entonces atravesaba nuestra familia. Era un tremendo esfuerzo considerando que solo mi padre trabajaba. Aun así ellos eran felices y nos transmitían -a mi hermano y a mí- sus mejores sentimientos. “Lo más importante es que tenemos salud, lo demás como quiera. El dinero va y viene” Estas frases eran recurrentes en mi padre cuando enfrentaba algún gasto alto e imprevisto. No es porque sea mi padre, pero ahora que tengo consciencia de muchas cosas, sobre todo de lo complicado y difícil que es sobrevivir, él fue y es un héroe, desconocido para muchos, o casi para todos, pero un héroe a fin de cuentas. Hoy le otorgo aun más mérito al recordar que el dinero iba, pero muy pocas veces venía. Pero, reitero, éramos felices y vivíamos muy, pero muy tranquilos.
En la actualidad es muy difícil entender el significado de la palabra “tranquilidad”, sobre todo por el apocalíptico índice de inseguridad y criminalidad que sufrimos a diario en nuestro país, con un recrudecimiento en todo el norte, incluyendo La Comarca Lagunera. Los niños y adolescentes de nuestro presente no pueden imaginar que, no hace mucho tiempo, la gente caminaba por las calles de cualquier ciudad sin temor a que algo trágico pasara, las personas platicaban afuera de sus casas hasta altas horas de la noche en verano, los niños jugaban en la calle como si del patio de su casa se tratara, los asesinatos sangrientos causaban indignación y un pavoroso escándalo que los convertía en leyendas urbanas, el respeto por los demás y los buenos modales eran características bien acuñadas en la mayoría de la gente, la palabra que alguien empeñaba era de un valor mayor al de cualquier papel firmado, la policía se hacia respetar y los que andaban chuecos le temían, el ejército causaba terror (esto no ha cambiado mucho) cuando por algún motivo patrullaba la ciudad, los narcotraficantes eran mayormente repudiados que admirados, la Policía Federal de Caminos era admirada y temida casi como el ejército; en suma, México era un país donde reinaban la tranquilidad, la seguridad y el respeto mutuo, algo contrario a lo que se vive ahora. Los mexicanos nos admirábamos, con asombro e indignación, al ver en las noticias de la televisión y leer en los periódicos la violencia que azotaba a otros países de Latinoamérica, como Colombia y El Salvador; ya no se diga allá en Palestina, Arabia Saudita y también en diferentes lugares de África. Además, presumíamos que éramos libres de circular por cualquier parte de México y de hacer lo que quisiéramos siempre y cuando estuviera dentro del margen lícito, a diferencia de Cuba y el régimen castrista, y de algunos otros países que sufrían dictaduras. “Aquí en México tenemos paz, tranquilidad y somos un país libre; somos libres de hacer lo queramos hacer”, comentaban mis padres al darse cuenta, en 24 Horas con Jacobo Zabludovsky, de la esclavitud que vivían -y hasta la fecha viven- los cubanos, de los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército en El Salvador, de la violencia que padecían las calles de Medellín en Colombia, de la guerra del Medio Oriente, y de tantas cosas que eran inimaginables en nuestro México, que entonces si era más lindo y, porque no decirlo, más querido.
Es ahora, que parece que el resto del mundo nos compartió sus desgracias, cuando añoramos los viejos tiempos y nos preguntamos: ¿Valió la pena el cambio del gobierno del partido tricolor al del partido blanquiazul? ¿De que ha servido que se le declarara la guerra al crimen organizado si estamos peor que antes? ¿Cuánto dinero y cuantas vidas (sobre todo) son el costo de esta guerra sangrienta y al parecer inútil? ¿No habría sido mejor que el derroche de recursos monetarios y humanos fuera para fortalecer la educación y golpear sin piedad al desempleo creando así mejores ciudadanos? Gran parte del país, en su mayoría, reflexiona sobre estas preguntas y está en contra del proyecto actual que maneja el gobierno federal. Si hubiese mejor educación, más y mejores oportunidades laborales y un mayor desarrollo social, menos hombres, mujeres y jóvenes voltearían a ver hacia la tentadora oferta que les hace el crimen organizado, porque para muchos es eso o morirse de hambre; además, si sumamos la falta de valores morales, la delincuencia la lleva de gane. Y todo esto no es solo mi opinión, es la opinión de intelectuales y expertos sobre el tema, tanto mexicanos como extranjeros.
Sí, en este sexenio se han capturado más capos y cabezas del crimen organizado que quizás en todos los demás períodos presidenciales juntos, pero de que sirve si todos los días muere gente inocente, todos los días se llevan a cabo múltiples ejecuciones, todos los días extorsionan a más y más personas, todos los días se sabe de los famosos levantones; no paran los secuestros, no paran los enfrentamientos entre autoridades y delincuentes, no para la ineptitud de algunos cuerpos de seguridad para atrapar o neutralizar -a como dé lugar- a quienes tienen el descaro de enfrentar a las fuerzas del orden en sus propios cuarteles; y, aunque ya no es un “encabezado” que venda cómo antes en los noticieros ni en los diarios, les puedo asegurar que el número de las muertas de Juárez sigue creciendo. El crimen, organizado y desorganizado, dio un paso adelante, intentó desbocarse, lo hizo, se encontró con la impunidad y ya no dio un paso atrás. Mientras no se apliquen a fondo las defectuosas leyes con que contamos, mientras no sea posible crear nuevas leyes que protejan al buen ciudadano y que no sean la burla de los delincuentes, mientras no se acabe la corrupción -madre de la impunidad-, México seguirá tal como va en cuestión de seguridad: cada vez peor.
Hay que luchar desde nuestra propia trinchera educando a nuestros hijos lo mejor posible, no dejándolos solos en los momentos más titubeantes, difíciles y decisivos de su vida, sin olvidar que debemos predicar con el ejemplo siendo -lo mejor que podamos- mejores hijos, mejores padres, mejores vecinos, mejores empleados, mejores mexicanos en todo el sentido de la palabra. Por supuesto que el gobierno no puede endosarnos todo a quienes intentamos mejorar -desde nuestro entorno- la situación del país, como tampoco podemos dejarle todo el paquete al gobierno, si es que aun queda algo de él. Es momento de reflexionar cual es nuestra aportación al caos en el que nos encontramos sobreviviendo, si estamos ayudando a que se ordene y solucione o lo avivamos más -consciente o inconscientemente- arrojando troncos y ramas secas a su pira para que de una vez termine por achicharrarnos. Necesitamos echar a andar el cambio que deseamos, y solo lo vamos a lograr convirtiéndonos en personas de acción y participación.

jueves, 6 de enero de 2011

Rosca de Reyes


El último azote del estrés decembrino se deja sentir durante las veinticuatro horas que preceden a la noche vieja y al año nuevo. Todo mundo se afana por conseguir los ingredientes para la cena de fin de año y cada uno de los elementos que dan forma a los rituales practicados en la madrugada del día primero de enero: la sidra y -en la gente nice- el champán (champagne, en francés) para el brindis, las uvas de los deseos, la ropa interior en color rojo para la suerte en el amor (quiero pensar que incluye la suerte en el sexo, sino que chiste tiene) y en tono amarillo canario para la abundancia de dinero, las campanas para sonarlas al comenzar el año nuevo, las velas de colores -sobre todo en dorado- para acompañar la cena e iniciar con el pie derecho los doce meses que se nos vienen de sopetón, la escoba para barrer lo viejo y viciado y así dejar entrar lo nuevo y virtuoso, el metafórico borreguito blanco, lanudo y con unas monedas doradas colgando de su pescuezo para que nos caiga mucha lana y no nos vaya a faltar; y otras tantas cosas más para todas las faenas que dan la bienvenida al año que nace con el fin de que nos dé su mejor cara y nos sonría la mayor parte de sus trescientos sesenta y cinco días. Estos rituales son divertidos y su aportación más importante es la actitud que despiertan en nosotros, una actitud de lucha frente a los doce meses que esperamos sean mejores que lo doce anteriores. Pero lo mejor de todo es que con el primer día del año se termina el estrés decembrino que más o menos comienza a partir de la primera posada navideña. Solo dos fechas festivas brincan diciembre: el seis de enero, día en que degustamos la tradicional Rosca de Reyes; y el dos de febrero, día de la candelaria y fecha en que se levanta el Niño Dios con otra buena tanda de tamales por cuenta de aquellos a quienes les haya salido el monito dentro de la rebanada que les tocó de la rosca el Día de Reyes.
La tradición de la Rosca de Reyes, al igual que mucho de la iconografía y los ritos cristianos, no es puramente cristiana. Al parecer su origen está relacionado con las saturnales romanas, unas pachangas que se organizaban para los esclavos y que, si las comparamos con los jolgorios actuales, eran festividades que mezclaban algo parecido a la celebración de Navidad con un carnaval. Estas fiestas estaban dedicadas al dios Saturno con el objeto de que el pueblo romano en general, incluyendo a los esclavos, pudiera celebrar los días más largos que se empezaban a dar tras el solsticio de invierno. Para estos festejos se elaboraban unas tortas redondas con higos, dátiles y miel, y se repartían por igual entre los plebeyos y los esclavos. Al llegar el siglo III, en el interior del dulce comenzó a introducirse una haba seca, y a quien le tocaba era nombrado “rey de reyes” durante un corto periodo de tiempo establecido de antemano.
Un poco más para acá, Julio Caro Baroja, en su obra El Carnaval, recoge dos testimonios del siglo XII sobre el “Roscón de Reyes” o el “Rey de la Faba”. El primero corresponde al Reino de Navarra, donde desde 1361 se designaba Rey de la Faba al niño que encontraba el haba en el roscón, cómo aun se lleva a cabo en la actualidad; el segundo testimonio pertenece a Ben Quzman, poeta andalusí, quien en su Cancionero describe una tradición similar con una torta de por medio (hallón o hallullo, vocablo perteneciente a Granada) en el año nuevo y que contenía una moneda. Ambas tradiciones se han conservado durante siglos. En Francia tienen una tradición muy parecida a la del roscón.
En México la tradición fue importada en el siglo XV desde España. Actualmente en nuestro país la representación de la “Natividad” se incorpora a la “Rosca de Reyes” en la que se incrustan uno o varios muñequitos -llamados también monitos- escondidos, alusivos a Jesucristo, simbolizando que el niño tuvo que ser protegido y escondido en los días en que el relato bíblico hace referencia a la obsesión de Herodes por encontrar y dar muerte al bebé que es El Salvador y Rey de los Judíos. En un principio el muñequin se fabricaba en porcelana o cerámica; el día de hoy es de plástico resistente al calor. La cantidad de niños dentro de la rosca depende del tamaño; pueden ser varios monitos, uno solo o incluso ninguno.
Por lo pronto, hoy no hay que dejar de clavarle el diente a una buena rebanada de rosca que ostente adornos de dulce en colores vistosos y, si nos toca el monito, prepararnos y ahorrar para poder cubrir el costo de unos buenos botes de lámina -de esos de cuatro hojas- repletos de tamales y así dar rienda suelta a la última orgía gastronómica con tintes anacrónico-navideños el próximo dos de febrero.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Incurable adicción


“Hola. Mi nombre es J y soy bibliófilo, un adicto a la compra y la lectura de libros”. Estas serían mis palabras iniciales si existirá un grupo u organización que tratase la adicción a las letras y yo me presentara en una de sus reuniones buscando evitar las visitas a las librerías, la compra de libros y la lectura a ojos llenos, pero cómo no existe un grupo de ayuda cómo tal, tendré que seguir padeciendo, gustoso, mi obsesiva adicción por la literatura.
Los libros me embelesan, son objetos de papel letrado que tienen un efecto hipnótico en mí. No existe tienda, ya sea de autoservicio, abarroteril o departamental, en la que no me dé una vuelta por la sección de libros y revistas cuando sé que el área existe dentro del lugar. Por desgracia, las editoriales surten mucho libro de contenido chatarra, contenido que raras veces nutre el intelecto y en cambio hace más morbosas y baquetonas a las neuronas; aun así es posible pescar buenos títulos en las tiendas cuyo eslogan evoca una invitación a llenar la alacena y el refrigerador. La empresa de buscar y encontrar buenas obras literarias es mucho más fácil en las librerías que son exclusivamente librerías. Sin embargo, y casi al borde de la desesperación, he encontrado buenos ejemplares en los mercados misceláneos, y a precios de risa. Hace cómo cinco meses, en un lote de saldos del supermercado que ostenta la frase “aprecio por ti”, encontré la novela Memorias de una superviviente, de Doris Lessing, en una excelente edición debolsillo que me costó menos de cuarenta pesos. El libro de la escritora inglesa me cerró el ojo quince días antes de que me decidiera a comprarlo, o más bien de que pudiera comprarlo, ya que la raquítica economía que me acompañó durante todo el año, con unas subidas desmoralizantes y unas bajadas de pánico, imponiéndose las segundas, no me dejó llevarme la novela de Lessing, a pesar del bajo precio, cuando se dio nuestro primer encuentro. Cada vez que iba a surtir la despensa veía el libro y, según yo, lo escondía detrás de un montonal de novelas modernas, desconocidas y caras. Cuando regresaba a la tienda, Memorias… ya estaba destapada de nueva cuenta, al frente de los demás volúmenes. Tuve que sacrificar la crema para afeitar aquel sábado que me decidí a todo o nada con tal de hacerme de la novela de la Premio Nobel de Literatura 2007.
En mis constantes excursiones a la caza de joyas literarias conocí las librerías del usado. Las primeras ocasiones que porfié entre los estantes de libros Remi -aquellos vendidos por sus padres adoptivos- quedé desilusionado. Y es que en ese entonces, hará como cinco años, yo era un lector de bestsellers de moda, no más. Mi desilusión se dio porque el libro usado ofrece muy pocas alternativas bestsellerianas, y esas pocas son a precios tan altos que por una diferencia no muy grande es mejor ir a otro lugar por el mismo título, pero nuevo.
Así hubiese seguido entre pura novedad editorial hecha casi al vapor de no ser porque decidí escribir, pero no sin antes aprender a hacerlo lo mejor posible. En el afán de conocer los secretos necesarios para enfrentar a la hoja en blanco caí a mi primer taller de literatura llamado “Taller de apreciación y creación literaria”, impartido en el Icocult Laguna. El taller me acercó a los grandes de las letras, sobre todo de las letras latinoamericanas. Ese año, el 2006, gracias a las primeras cátedras literarias enfocadas a la creatividad, leí por primera vez las obras de gigantes cómo Juan Rulfo, Jaime Sabines, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Mario Vargas Llosa y muchos escritores más, no solo de nuestro continente, sino de todo el orbe, incluyendo a los clásicos. A falta de los títulos más antiguos y poco publicados de estos literatos en las librerías de nuevo, volví a las de usado, y desde entonces dichas librerías me vuelven loco tanto cómo todas las demás; son tan estimulantes e interesantes cómo las del nuevo, incluso más, ya que entre los libros usados uno puede encontrar muy buenas ediciones de colección, ediciones que jamás volverán a frecuentar los estantes que rebosan contemporaneidad.
A pesar de la situación económica que no logra despuntar, logré hacerme de un buen número libros, entre nuevos y usados, entre compras y obsequios, durante este año que ya casi se nos escurre por completo. Algunos de los títulos que engrosaron mi biblioteca personal en el 2010 son: Parábola del moribundo y Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña periodística, de Jaime Muñoz Vargas; Polvo rojo y Con las piernas ligeramente separadas, de Daniel Herrera; Artificios y El Aleph, de Jorge Luis Borges; Alí Chumacero, poesía y prosa, de Alí Chumacero; El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier; Dos crímenes y Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; Más allá del desierto, de Yolanda Natera; Imaginario de voces, de Julio César Félix; Antología narrativa, de Agustín Yáñez; Los de abajo, de Mariano Azuela; Pasos, repasos y tropiezos de dos centenarios, de Jesús de León; Claridad errante, poesía y prosa, de Octavio Paz; Quien de nosotros y Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; Escribir, por ejemplo, de Carlos Monsiváis; La lección de las diosas, de Silvia Salinas; Los hechos, de Philip Roth; El secreto de la fama, de Gabriel Zaid; Autorretrato con Rulfo, del maestro Saúl Rosales; La ninfa inconstante, de Guillermo Cabrera Infante; y cómo cinco o seis títulos más, sin contar todos aquellos que se leen dentro de las cátedras del diplomado en letras.
Durante los últimos doce meses la cosecha de libros fue cuantiosa, seductora e irresistible; seguro estoy que avivará y mantendrá el fuego de mi incurable adicción por las letras.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El estrés decembrino


A finales de noviembre comencé a sentir un estrés que hasta la fecha me ha acompañado cómo sombra: el estrés decembrino. Esta especie de presión física y mental es común durante el último mes del año, mes en que los negocios y las calles son sorprendidos por marejadas y marejadas de gente a cualquier hora del día, y se podría decir que también de la noche, al menos hasta el momento del cierre establecido por las tiendas. Todo mundo busca los regalos de noche buena, los ingredientes para la cena de ese día y, si el presupuesto alcanza, darse uno que otro gustillo con lo que quede del aguinaldo.
La chamba que realizo para sobrevivir y los trabajos finales del diplomado en letras me atestaron un estrés, pocas veces experimentado, durante los últimos quince días, pero un estrés bastante gozoso, sobre todo el proveniente de las tareas finales del diplomado. La noche del viernes 10 de diciembre, incluyendo la madrugada del sábado 11, dormí, a lo más, hora y media. Dicho sábado tenía que presentar dos ensayos con aparato crítico (uno para la clase de ensayo y otro para la clase de novela), un poema y un cuento. El cuento fue bolillo engullido debido a que en mis tiempos libres, y en los no tan libres, me la paso escribiendo y corrigiendo cuentos. El poema me rondó por la cabeza cómo si se tratara de una mariposa perdida en un vivero, sólo tomé, cuando lo consideré oportuno, la red y atrapé al ser revoloteante para después fijarlo en el papel. Los ensayos si fueron otra cosa. Al igual que con el poema, dejé que las ideas para el estudio de cada tema, junto con sus respectivas conjeturas y digresiones, se divirtieran en mi azotea hasta que me asaltó la incontrolable necesidad de subir a la terraza a cazar a los pájaros juguetones que me asediaban para por fin estamparlos contra la hoja en blanco. Y aunque ya llevaba un buen trecho en ambos textos ensayísticos, las llamadas y sus notas al final de cada trabajo me robaron mis horas de sueño, pero la vivencia fue bastante estimulante y placentera. A eso de las diez de la noche degusté un café bien cargado, a las doce otro, y a la una de la madrugada uno más. Para no correr el riesgo de perder la lucidez mientras escribía, puse en práctica la técnica que, según los historiadores, utilizaba Leonardo Da Vinci para soportar largas y extenuantes jornadas de trabajo, y que consiste en trabajar durante tres o cuatro horas y después dormir de quince a treinta minutos. Así que aquella madrugada me la pasé alternado dos horas de escritura con treinta minutos de sueño, hasta que dieron las ocho de la mañana. Esta técnica del pintor y genio florentino la leí hace tiempo en el artículo de algún periódico o de alguna revista, quedándose grabada en mis neuronas por el aspecto práctico y tan interesante que le encontré. Lo mejor de todo es que me funcionó.
El sábado pasado presenté los trabajos a tiempo y anduve fresco y despierto todo el día. Fue a eso de las diez de la noche cuando me pegó la resaca de la amanecida gracias al reventó de letras que me aventé. Al ir a dormir caí inconsciente, tanto que no recuerdo la forma en que llegué a la cama. Desperté la mañana del domingo, más o menos cómo a las once, y ya un poco recuperado.
El estrés decembrino me alejó de mi blog, pero tengo el firme propósito -no de año nuevo, sino de ya- de escribir sobre las vivencias más significativas que experimenté durante el 2010 y con ellas subir un post cada tercer día durante la segunda mitad que resta de diciembre. Después de estas líneas va el primer post: una reseña sobre El amante de Janis Joplin, de Élmer Mendoza.

Narcotráfico, béisbol y Janis Joplin


Ahora que el narcotráfico y su desenfrenada violencia, la corrupción a gran escala y la inseguridad han avasallado a México abarrotado los encabezados de las noticias a nivel nacional e internacional, el escritor sinaloense Élmer Mendoza a ganado más lectores, tanto en nuestro país cómo en todos aquellos lugares del mundo donde se publican sus libros, que abordan con bastante calidad y originalidad la cruda situación que padecemos los mexicanos.
El amante de Janis Joplin, novela de Élmer que sale de las imprentas en el 2001, trata sobre los ires y venires de David Valenzuela, joven medio tontolón y poco agraciado físicamente, quien, después de matar a Rogelio Castro en defensa propia y en forma involuntaria durante un baile de cumpleaños que se llevaba a cabo en el pueblo aserradero de Chacala, tiene que huir a casa de unos tíos que viven en Culiacán, Sinaloa. Gracias a su tío, David comienza a jugar béisbol, deporte donde la pichada se le da de forma muy natural debido a que en Chacala se la pasaba en el monte cazando conejos y armadillos a base de pedradas, limpias y certeras pedradas. Cuando menos acuerda, el improvisado lanzador de pelota caliente va a jugar a Los Ángeles, California, ganando fama y notoriedad gracias al contrato, con el equipo de grandes ligas de los Dodgers, que le ofrece un buscador de talentos beisboleros. En ese mismo viaje, David conoce y hace el amor con Janis Joplin, la cantante hippie que anduvo de moda en la época en que transcurre la novela. David se enamora de la estrafalaria cantante de rock, y a pesar de que pierde el contrato con los Dodgers debido a una borrachera, motivo por el que regresa a Culiacán con sus tíos, su más grande sueño es volver a los Estados Unidos para encontrar a la Janis y casarse con ella.
Es en el regreso al pacifico mexicano donde comenzarán las aventuras y pesadillescas desventuras para David, ya que uno de los Castro lo anda rastreando para cazarlo y así vengar la muerte de su hermano Rogelio. Los Castro son un clan dedicado al narcotráfico, perteneciente al cártel del Triángulo Dorado. Entre todas las peripecias que sufre y goza David, va a parar a un puerto y se convierte en pescador, vive de cerca el narcotráfico -al que ingresa por accidente-, tiene contacto con una guerrilla a través de su primo El Chato, quien es uno de los líderes -además de plagiador y contrabandista de armas, tanto para su causa cómo para las organizaciones criminales de la droga-, conoce la ilegalidad, atrocidades y prepotencia de la policía judicial representada en Los Dragones -un grupo de élite- y su avasallante comandante, y, a pesar de ser demasiado feo, es acosado por una de las mujeres más bellas del pueblito pesquero en el que aprende los gajes del oficio de San Pedro.
En El amante…, Élmer Mendoza, además de dar vida a una historia bastante ligera de leer, y que divierte cómo pocas, destapa ante nuestros ojos una de las cloacas más pestilentes del país para mostrarnos la realidad que desde hace décadas hace de las suyas en el inframundo y que en la actualidad se ha desbordado inundando con sus inmundicias a todo México, entre cuyas corrientes bullen el narcotráfico y su influencia en la vida y la cultura de la gente de todas aquellas regiones que absorbe, así cómo la corrupción y la impunidad que han existido desde tiempos inmemoriales en esta parte del orbe.
Algo bastante digno de mención es el estilo y el leguaje de que se vale Élmer Mendoza para narrar la historia, donde se nota una influencia muy marcada en él por la “Literatura de la Onda”, entre cuyos representantes destacan Parménides García y José Agustín. Esta forma de narrar es muy ágil, más rápida, ya que los diálogos se entrelazan entre los párrafos de la narración sin necesidad de utilizar guiones cada vez que algún personaje toma la palabra. Asimismo, el lenguaje es tomado del mundo real por Élmer Mendoza, con todo y sus modismos y leperadas sin censura, e insertado en la novela, dándole una naturalidad muy mexicana, tanto que pareciera que nos encontramos escuchando la historia de voz de algún familiar o amigo, jocoso y mal hablado, técnica también utilizada desde hace varios lustros por los dos citados escritores de “la onda” o “contracultura”.
La literatura de Élmer Mendoza contenida en El amante de Janis Joplin nos muestra la droga a gran escala, los cuernos de chivo, las autoridades -legales e ilegales- y la porquería de que están hechas, las ejecuciones, la gran vida que se dan los narcotraficantes y la muerte que suelen encontrar, la importancia que toma el azar en la vida de las personas que, aunque no muy inteligentes pero con un talento excepcional para sobrevivir, llegan a disfrutar y padecer todas aquellas situaciones que muchos solo conocen en sus sueños más locos, y todo aquello que antes nos asombraba cuando nos enterábamos a través de los periódicos, la radio o la televisión, pero que ahora es el salpique de sangre nuestro de cada día.