lunes, 15 de agosto de 2011

Las palabras


Las palabras son el vehículo a través del cual las ocurrencias, vivencias, emociones y sentimientos intentan mostrarse ante todos aquellos que están ávidos de algo que trueque la monotonía de su vida por experiencias interesantes, excitantes. Las palabras, como alguien una vez dijo o escribió, tienen vida propia. Y no sólo eso. Tienen el poder de dar cuerpo y vida a todo lo intangible que nos seduce por medio de los sentidos.
Amor, desilusión, ternura, dolor, llanto, risa, tristeza, melancolía, alegría, amistad, despotismo, interés y demás sentimientos y actitudes se trasladan de una subjetiva pintura neuronal a la exposición y divulgación fuera de los límites del origen logrando un embone en el yo de aquellos que experimentan una profunda sensibilidad hacia dicha pintura -recreada en alta definición por medio de las palabras- haciéndola suya.

miércoles, 27 de julio de 2011

El síndrome del ciempiés


Siempre estuve consciente de que si persistía en el afán de escribir, quizás algún día sería contagiado con la peor de todas las enfermedades que puede padecer un escribidor: el temor a la hoja en blanco. El contagio se da a través de la duda, que a su vez nace por una desmesurada saturación de lecturas diversas que dejan de lado la pluma provocando un descuido en el equilibrio que debe existir entre leer y escribir, entre escribir y leer. Incluso este equilibrio puede descompensarse un poco siempre y cuando escribir se dé más que leer, pero no a la inversa, menos aun si lo que se devora con la mirada son libros y textos sobre técnicas de escritura, los cuales suelen estimular muy poco a que se empuñe la pluma o se fustigue el teclado. Las obras que más encienden la pasión por las letras -una incesante pasión- son aquellas que desbordan poesía y narrativa. El ensayo también suele ser muy motivante, siempre y cuando sus líneas traten con fervor sobre poetas y escritores que han manejado estos dos géneros con una maestría que parece insuperable. Es bueno conocer la técnica, pero es aun mejor leer la técnica en acción, admirar sus resultados y escribir, no dejar de escribir. Nuestros escritos inevitablemente se darán en consecuencia a lo que vivimos a través de lo leído.
Es por ello que ahora tecleo esta reflexión, intentando deshacerme de la duda que me hostiga desde principios de año al escribir, duda que me lleva a pensar demasiado en “qué, cómo y porqué” dar forma a esto o aquello. Es un padecimiento al que yo llamaría “El síndrome del ciempiés” en referencia a la anécdota que narra Juan Gelman en la entrevista que le hizo Pablo Ordaz del diario El País el pasado 03 de mayo a raíz de la publicación de El emperrado corazón amora, libro más reciente del poeta argentino. Ordaz dispara la primera pregunta de la entrevista: ¿Se puede explicar un libro de poemas? Gelman responde no como crítico de sí mismo, sino como el gran poeta que es: “Mire, pasan varias cosas, la primera es que uno no escribe lo que quiere sino lo que puede. La segunda es que cada lector reescribe el libro. Y la tercera es que me resulta muy difícil hablar de lo que hago. Yo admiro a gente como T. S. Eliot, o incluso Octavio Paz, que han tenido mucha capacidad crítica. Yo me abstengo. Tal vez para conservar una virginidad que ya no tengo. Siempre me acuerdo de una anécdota que me contó mi madre, que era ucrania. La de la arañita que en un bosque espera a que llegue el ciempiés. Y, cuando llega, le pregunta como hace para caminar, si primero 50 y luego otros 50, si 20 y 20… Y el ciempiés se detuvo a pensar y no caminó nunca más. Sin embargo, creo que visto a meses de haberlo terminado, me parece que lo que me salió fue algo que intenta evitar toda narración, excepto la de las palabras y la música. Es lo más aproximado que puedo decir sobre el libro”. Bastante esclarecedor es el mazazo que asesta Gelman a Ordaz para explicar la forma de hacer arte por medio de la palabra escrita.
No sólo en vísperas de año nuevo me formo propósitos que pretendo cumplir. La visualización de las cosas que deseo la llevo a cabo muchas veces durante el transcurso de los trescientos sesenta y cinco días que me encuentro viviendo. Es por ello que mi actual propósito es curarme del síndrome del ciempiés con el que fui contagiado. No hay mejor medicina contra este mal que blandir la pluma y enfrentar la hoja en blanco, que abrir la laptop y azotar el teclado para llenar, lo mejor posible, páginas y más páginas virtuales y no parar de escribir.
Cuando presienta que el síndrome del ciempiés acecha, muchas de las veces contagiado por quienes pretenden enseñar el oficio de escritor, no tengo más que recordar el final de la entrevista a Juan Gelman, donde Pablo Ordaz sigue insistiendo en el origen de la poesía creada por el Premio Cervantes 2007, y pregunta a Gelman: ¿Cuál es el origen? El poeta responde: “Cómo le digo, para mí es la obsesión. Yo entiendo que la cosa va a venir porque tengo una especie de ruidito acá, me pongo de mal humor y aguanto todo lo que puedo para que no sea una falsa alarma, hasta que ya no puedo más y escribo”. Ordaz no cede y comenta: Y ha investigado, por así decirlo, en el origen de esa obsesión… Gelman tampoco cede, y concluye: “Este… Mire…, quiero ser un ciempiés que camina”.
Yo también quiero volver a ser un ciempiés que camina, y esta vez para siempre.

lunes, 27 de junio de 2011

La huella del maestro


Cuando el fervoroso e incipiente deseo de escribir se apodera de nosotros volviéndose una obsesión permanente, es entonces que hemos sido tocados, o golpeados, por las letras de los grandes literatos, y aunque admiremos a muchos de ellos -y nuestra percepción consciente no dé el vislumbre- uno de entre todos, en algún momento de nuestra actividad creativa, termina por grabar su huella en nuestro estilo.
La Comarca Lagunera ha sido en las últimas dos décadas, y sigue siendo, una olla que desborda hombres y mujeres interesados en la creación literaria cómo si de palomitas de maíz se tratara, y de donde han surgido escritores con oficio que no sólo ven a las letras cómo un mero esparcimiento que llene sus ratos de ocio y de vagancia, ni cómo un hobby que les dé la oportunidad de sentirse intelectuales para poder subir a una tarima y humillar a sus semejantes tachándolos de ignorantes e iletrados, sino escritores que han sido seducidos por la literatura y que han aceptado a las letras cómo una forma de vida, con una entrega y un compromiso enteros y en armonía perfecta con la pasión del sacrificio en la fragua de las palabras que dan sentido a sus textos y en los textos que dan forma y estructura a sus libros. Son estos escritores lo que han abrazado a “la literatura cómo un fin y no cómo un medio”, algo difícil de entender para el aprendiz no ideal del arte a través de la palabra escrita, cómo comenta Saúl Rosales (1).
Entre los costales de escribidores que ha producido el furor lagunero por las letras se encuentran excelentes escritores, que han destacado no solo en este polvoso y asoleado cacho de provincia, sino también a nivel nacional e internacional. Tres de estos escritores cuyos meritos literarios, aunados a la constancia de su producción y a su calidad libre de discusión, los han colocado en un lugar importante y como referencia dentro la literatura mexicana contemporánea, son Saúl Rosales, Jaime Muñoz Vargas y Vicente Alfonso.
Saúl Rosales ha escrito cuento, poesía, ensayo, novela y teatro, es miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua desde octubre de 2003, director de la revista de literatura Estepa del Nazas y del Taller Literario del Teatro Isauro Martínez. El autor de la novela Iniciación en el relámpago ha recibido importantes reconocimientos, cómo el de “Creador emérito de Coahuila” en 1998 (2).
Jaime Muñoz Vargas también ha incursionado en casi todos los géneros literarios; además de escritor es periodista, escribe la columna “Ruta Norte” en el diario La Opinión Milenio de Torreón, Coahuila, y en los últimos diez años se la ha pasado arrojando letras al mundo cómo si fuera una imprenta humana y ganando galardones literarios, entre los que destacan el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2005 con su libro de relatos detectivescos Leyenda Morgan, y el Premio Nacional de Novela Rafael Ramírez Heredia 2009 con Parábola del moribundo (3).
Vicente Alfonso tiene libros memorables y entrañables, cómo La laguna de tinta y El síndrome de Esquilo, ambos de cuento, y constantemente escribe ensayos y artículos para revistas y periódicos nacionales. Entre los premios que se ha echado a la bolsa se encuentran el Armado Fuentes 2003 y el Estatal de Periodismo Coahuila 2007. En el 2006 ganó el Premio Nacional de Novela Policíaca con Partitura para mujer muerta (4).
La obra cuentística de estos tres literatos laguneros es abundosa, y de una notable calidad que los coloca al tú por tú con escritores que deambulan en el incierto resplandor de la fama nacional y extra-fronteras. Jalo bajo el fuego de la crítica el cuento debido a que es el género que más han cultivado Saúl Rosales, Jaime Muñoz Vargas y Vicente Alfonso, y a que en tres relatos, uno de de cada uno de ellos, se distingue una fluorescente y profunda influencia que circula entre los textos de los tres intelectuales, y que es a lo que Saúl Rosales llama vasos comunicantes (5); sin embargo, la novela, el ensayo y la poesía que han escrito son sinónimo y pauta -cómo menciono- del verdadero oficio de escritor, el del escritor profesional.
Los cuentos “Amor en Moscú” (6), de Saúl Rosales, “Sirena del Báltico” (7), de Vicente Alfonso, y “Las grandes alamedas” (8), de Jaime Muñoz Vargas, parecen pertenecer a un mismo libro, aun cuando no es así, debido a que presentan similitudes en el estilo, el fondo, la forma y el desenvolvimiento de sus personajes, siendo todo esto más notorio en “Amor en Moscú” y “Sirena del Báltico”, donde el segundo parece una continuación del primero. En “Las grandes alamedas” la ideología política y el pensamiento intelectual reflejan la influencia del cuento “Amor en Moscú”, que ha quedado impregnada en la trama del relato de Jaime Muñoz Vargas.
“Amor en Moscú” está narrado en primera persona a través de la voz de un estudiante torreonense que viaja a Rusia con fines académicos y termina convirtiéndose en amante de Olga, una joven estudiante rusa y rubia, que lo conquista con la belleza de su cuerpo. El estudiante se enamora del cuerpo de Olga, cuerpo que él describe cómo La Belleza, e intenta traerla consigo a México, pero lo impiden los prejuicios que cada uno de los dos padece.
En “Sirena del Báltico”, Vicente Alfonso nos relata las desventuras que enfrenta un joven que al parecer representa a un museo mexicano, y que es responsable de unas estatuillas pertenecientes a una muestra de arte precolombino que se exhibe en un museo de San Petersburgo, en Rusia. El joven, en una de sus vagancias por los pasillos del enorme museo, se topa con Katia, una hermosa muchacha rusa que inmediatamente despierta sus sueños eróticos, y con quien los cumple casi en forma instantánea. El joven, sin saberlo, se enfila hacia la pérdida irreversible del corazón y de la razón.
Las similitudes entre el personaje narrador de “Amor en Moscú” y el de “Sirena del Báltico” comienzan con la admiración que ambos sienten hacia la URSS y su sistema político socialista, pero no cómo para quedarse a vivir ahí permanentemente. Ambos jóvenes torreonenses son asaltados por la idea de traer a sus amantes rusas a México. En el cuento de Saúl Rosales, el joven estudiante, al llegar al aeropuerto de Moscú, se sorprende al mirar las inscripciones de identidad de los aviones (9); lo mismo le sucede al personaje masculino en el relato de Vicente Alfonso (10).
Saúl Rosales utiliza un leguaje barroco en su cuento, barroco no tanto en las palabras, pero si en el ensamble estructural de las frases, en las cuales es necesario leerlas completas hasta donde dé la pauta una coma, un punto y coma, un punto y seguido o un punto y aparte, para así poder entender en su totalidad el mensaje narrativo. Vicente Alfonso se vale de un lenguaje similar en “Sirena del Báltico”, y utiliza un breve juego de palabras al comenzar el cuento: “Pero ella no está allí. Ahora es el hada helada, es celada de celos” (11). Este juego de palabras es utilizado, aunque un poco más extenso, por Saúl Rosales al describir los momentos eróticos que pasan los protagonistas de “Amor en Moscú”: “Jugando con las palabras era una forma de vida/ una forma debida. […] Todo lo fecundaba el consentimiento recíproco, consentimiento, con sentimiento, con amor, con amor-nía, con armonía, con plenitud y con tranquilidad” (12).
Dos detalles más: tanto Saúl Rosales cómo Vicente Alfonso comienzan sus cuentos con una probadita del final, dándole un toque de narración casi circular, volviendo al punto donde todo empezó para después cerrar con el final completo. Por otro lado, los protagonistas masculinos muestran sus prejuicios machistas al aferrarse por convencer a sus amantes rusas de que se vayan con ellos, pero ambos fracasan, las mujeres rusas no ceden.
En sus relatos, Saúl Rosales y Vicente Alfonso reflejan la admiración y el amor platónico que sienten por la Rusia socialista a través del amor y la idealización que experimentan sus personajes por las mujeres rusas. Sin embargo, el estudiante torreonense de “Amor en Moscú” prefiere su país y sus prejuicios, y el personaje de “Sirena del Báltico” despotrica contra la ilusión de la belleza que le presenta Rusia y se aleja de toda lógica y de la razón al grado de ya no querer volver a la realidad, optando por acabar con todo, incluso consigo mismo.
Una diferencia muy notable entre “Amor en Moscú” y “Sirena del Báltico” es que el primero en todo momento es realista, y el segundo, al llegar a la parte final, justo en el penúltimo párrafo, si se analizan más a fondo las líneas, pareciera cómo si Vicente Alfonso abriera una pequeña ventana para que a través de ella se pueda conjeturar un final fantástico: el espectro o fantasma de una joven mujer que perdura y vive a través de una figura femenina pintada por Rembrandt en uno de sus cuadros, seduce y enamora a los hombres que pasean por el pasillo donde se encuentra la pintura, al grado de hacerlos perder la razón.
Retomando el cuento “Las grandes alamedas”, de Jaime Muñoz Vargas, la influencia de Saúl Rosales en el relato nos sonríe justo después del título, ya que Jaime utiliza cómo epígrafe la frase con que termina “Amor en Moscú”: “La solidaridad vive y resiste”, palabras seguidas en el siguiente renglón por el nombre de su autor (13).
Jaime Muñoz Vargas también adereza su relato con la ideología socialista clavada en el espíritu de los tres personajes principales: Pepe Rojas -el narrador-, Antar Lynch -el extranjero chileno-, y Betina López, muchacha comarcana que se enamora de Antar. A diferencia de Saúl Rosales y Vicente Alfonso, en cuyos cuentos el amor está cargado por un profundo erotismo, Jaime Muñoz Vargas narra un amor un tanto más intelectual, donde Betina se enamora de la sapiensa y la ideología de Antar, aunque Antar en un principio se enamore de la belleza de Betina, y quizás, más adelante, del hecho de que es su principal seguidora y de la militancia ideológica y política que comparten. En la historia de Jaime, el amor termina por imponerse y Betina sigue a Antar hasta Chile, donde juntos participan en una manifestación contra el golpe de Estado que recibió Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973 (14). En “Las grandes alamedas”, Jaime narra la historia con un leguaje bastante digerible, pero para hacerlo se necesita de un conocimiento profundo de la lengua que ayude a no caer en los lugares comunes, y si se llega a ellos hacerlo con una maestría que los justifique.
Las similitudes que presentan “Amor en Moscú”, “Sirena del Báltico” y “Las grandes alamedas”, no son obra de la casualidad, sino de la admiración que sienten Jaime Muñoz Vargas y Vicente Alfonso por Saúl Rosales, por el maestro Saúl Rosales y su obra literaria. Dicha admiración ha dejado huella en el estilo narrativo de ellos dos, cuyos relatos reflejan la huella del maestro.
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1 “Cenáculo de la autocrítica y la crítica literaria”, Acequias, Revista de literatura y crítica cultural, Universidad Iberoamericana Torreón, otoño 2008, núm. 45, p.24.
2 Información obtenida del sitio web de Wikipedia, la enciclopedia libre, enlace:
http://es.wikipedia.org/wiki/Sa%C3%BAl_Rosales_Carrillo
3 “Perfil del usuario Jaime Muñoz Vargas”, Blog Ruta Norte Laguna, enlace:
http://rutanortelaguna.blogspot.com/
4 “Perfil del usuario Vicente Alfonso”, Blog El síndrome de esquilo, enlace:
http://www.elsindromedesquilo.blogspot.com/
5 Comentario escuchado en una clase de ensayo del maestro Saúl Rosales.
6 Rosales, Saúl, Autorretrato con Rulfo, ed. ISSSTE, México, 2000, 157 pp.
7 Alfonso, Vicente, El síndrome de Esquilo, ed. Ficticia, México, 2007, 128 pp.
8 Muñoz, Jaime, Ojos en la sombra, UAC, Saltillo, 2007, 211 pp.
9 Rosales, Op. cit., p. 88
10 Alfonso, Op. cit.,p. 8
11 Ibid., p. 7
12 Rosales, Op. cit., p. 99
13 Muñoz, Op. cit., p.175
14 Ibid., p.192

martes, 14 de junio de 2011

Presentación de Flor de Capomo en el fondo de un cafecito


El viernes pasado fui uno de los afortunados en presentar el libro Flor de Capomo, de Paul Medrano, obra literaria en la que el escritor tamaulipeco aborda con gran acierto uno de los géneros más difíciles de dominar, si no es que el más: el cuento. La presentación se llevó a cabo en El Cafecito del Fondo, lugar bastante acogedor que se encuentra en el interior de la librería del Teatro Isauro Martínez. Estuvimos compartiendo foro Heriberto Ramos, el autor y el adicto a la lectura y al aporreo del teclado de su laptop que ahora pergeña estas líneas. El evento literario comenzó poco antes de las ocho de la noche. El lugar registró una muy buena asistencia. Debido a que fue mi primera participación en la presentación de un libro, tuve que lidiar con varios costales de nervios. Lo bueno es que pude mantenerlos a raya durante mi exposición. La experiencia fue bastante estimulante.
Comento que fui uno de los afortunados porque de otro modo tal vez no habría llegado a mis manos el libro de Paul Medrano, cuyos tracks -que es como son llamados los relatos en la contraportada- provocan dependencia a su lectura. Y es que los cuentos del tamaulipeco están escritos con un lenguaje y un estilo narrativo que hacen parecer que escribir es fácil y sencillo, pero no lo es. Al contrario, es ahí donde radica lo complejo en la prosa del también autor de la novela Dos Caminos, cuya narrativa monopoliza nuestra mirada y nuestra atención aun después de llegar al final del libro.
La solapa de Flor de Capomo nos dice lo siguiente: Paul Medrano (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1977). Ha colaborado en Punto de Partida, Tierra Adentro, Replicante, Los noveles, Hermano Cerdo, Palabras Malditas, Milenio Diario, entre otras. Ha publicado Dos caminos (UNAM, 2010) y está incluido en los libros Palabras Malditas (Efímera, 2009), Antología del Premio Nacional de Cuento Policíaco del IPAX (Mondadori, 2009) y Negras intenciones, antología del género negro en México (Jus, 2010). Toda esta información nos da una idea más dilatada de la trayectoria de Paul Medrano.
Preparé unas líneas -de letras, no de otro tipo- para la presentación de Flor de Capomo, y a las cuales di lectura en el concurrido lugar. También abordé algunas observaciones que no incluí en dichas líneas. Los comentarios que hice apoyándome en una ensayada improvisación fueron los siguientes:
Llama la atención la generación de escritores nacidos durante los años setenta. La mayoría de ellos escribe muy similar. Quizá algunos un poco más burlonamente mientras que otros van al fondo, o casi, de situaciones muy depresivas, pero la forma en que todos lo hacen es muy parecida.
Es una verdadera pena que en nuestro país la literatura sea poco publicitada y que existan pocos reseñistas con buen criterio, ya que son los que nos pueden hacer llegar a libros como el de Paul Medrano.
Va el texto leído en la presentación.


La flor sarcástica y real de Paul Medrano


El momento histórico que vive o padece el escritor es ineludible cuando da forma a su obra literaria. La poesía, la narrativa y el ensayo que produzca con su pluma y letra, o con su teclado y caracter, contendrán espejos cuyos reflejos destellarán la realidad, más aun si además de literato el escritor es periodista, oficio donde es imposible ignorar los acontecimientos que sobrecogen, estremecen y cambian a la sociedad. Los catorce relatos o tracks -cómo los nombra la contraportada del libro- que ensamblan Flor de Capomo, de Paul Medrano, son ejemplo de ello. El escritor tamaulipeco calca la esencia de los días que vivimos y la embona en su narrativa dejando un testimonio muy cercano a la realidad pura.
La literatura además de arte debe ser interesante y divertir, características que muchos intelectuales y escritores, en un intento por deslumbrar con sus obras a otros intelectuales y a otros escritores, han hecho a un lado; literatos que han olvidado que todos nos iniciamos en la lectura por placer y diversión. Cada uno de los tracks de Flor de Capomo logra someternos de forma voluntaria a la lectura de sus líneas seduciendo nuestra mirada y nuestra curiosidad a través del estilo narrativo que utiliza Paul Medrano, un estilo tan ameno, sarcástico y jocoso que llega un momento en que no parece que leemos un libro de cuentos, sino que nos encontramos en un bar con un grupo de amigos de farra, todos contando malas pasadas que en algunos casos bordean o caen dentro de la fatalidad, anécdotas de cantina donde cada narrador se vio en medio de una situación germinada en los inseguros y violentos días que sobrevivimos. Así, nos imaginamos en el grupo de jarras que, en un intento por superar los sucesos padecidos, echa mano de la burla contra todo y contra sí mismo con la ayuda de unas buenas e inagotables rondas de cerveza.
A excepción de “Pistoleros famosos” y “La tumba de mi madre”, el resto de los tracks de Flor de Capomo contiene la garantía de arrebatos de unas buenas carcajadas, algunas veces por las ocurrencias narrativas y otras por un humor negro que a pesar de su tono provoca la risa. Paul Medrano traduce a detalle, a través de las palabras, las sensaciones de sus personajes, quienes se pierden a causa de sus vicios, como cuando describe la cruda contenida en el despertar del protagonista principal de “Polvo Maldito”: “Toda esa placidez que proporciona el alcohol durante la noche, se evapora al alba y ahí comienzan las complicaciones: se calientan el rostro y las manos; el cuerpo hormiguea y los párpados se dilatan. Pareciera que en cuestión de minutos, la parranda es transmitida por ósmosis al cuerpo de todos los dipsómanos del mundo. Por eso la mañana es el peor momento de la borrachera”. En el mismo relato, Medrano narra como una adicción lleva a otra. El personaje narrador, que es periodista, va a su trabajo, en el que es editor de un diario, entre borracho y crudo, entre crudo y borracho, y adquiere dos grapas con un compañero de la oficina para poder aguantar la carga laboral y el resultado de la carga etílica. El tipo, después de aspirar dos grapas de cocaína pura, se pone bien loco y edita varias barbaridades en el periódico. Cuando logra recuperarse del efecto del polvo blanco, narra su experiencia con lujo de detalles y concluye: “Esto es vivir de prisa, no mamadas. Apurar la muerte. Durante seis horas viví en una realidad paralela, rapidísima e inentendible”.
Paul Medrano utiliza recursos retóricos que todo lector pueda entender, cómo en el track “Aguanta Corazón”, en el cual un chavo, estudiante de arquitectura, es convencido por su amiga con derechos -aun cuando ha sido firme al negarse- para que le sirva de acompañante en una visita que hará a sus padres que viven en Monterrey, Nuevo León, pero él debe ir vestido de travesti: “Esa misma noche le llamé para preguntarle donde podía conseguir ropa aputarrada. Una semana después íbamos trepados en un autobús con rumbo a Monterrey. Yo llevaba pantalón apretado, blusa, tetas postizas y maquillaje. Mi aspecto lo comparé con el de una paleta payaso”. El estudiante, clavado con María Elena, que es todo un caso en aventuras sexuales, confiesa su masoquismo por ella: “Lo jodido de todo es que María Elena sabía que era capaz de desayunar en su inodoro”. El final del track es una denuncia contra los abusos policíacos.
En más de uno de los relatos de Flor de Capomo nos topamos con un tipo que sufre lastimosa y sumisamente a causa del “no” o de la ausencia de alguien, pero poco antes de terminar, los tracks dan un adictivo giro que, aunque intuimos, no esperamos, como en “Ella me dijo que no”. Otro similar es “Enséñame a olvidar”, cuento escrito por Paul con mucho ingenio dado que contiene letras, signos y números, y que si lo intentamos un poco es sencillo de leer y entender. Al hacerlo nos damos cuenta de que se trata de un poema pasional en prosa, un poema codificado cuya sorpresa no es a quién está dedicado, sino a qué.
“La carga ladeada” es uno de los tracks que promueve la reseña impresa en la contraportada del libro, y que trata sobre un pueblerino que traza una cancha de futbol con cocaína. En esta narración atestiguamos cómo la ignorancia y una fanática fe que lleva a la ceguera de la razón hacen que un pobre ranchero pierda todo al confundir un cargamento de cocaína con pequeños bultos de cal, cocaína con la que pinta la cancha de futbol de su pueblo.
En el cuento “La tumba será el final”, asistimos a la desesperación de un tipo joven que lleva cinco años “sin beber ni esnifar”, y escoge el peor momento para hacer ambas cosas “una última vez” a modo de despedida final de las dos adicciones, ya que la chava que pretende desde hace tiempo por fin da muestras de que va a darle el sí y él desea conquistarla e incluso casarse con ella. Pero el destino con forma de apagón, de una ida de luz, derrumba sus sueños eróticos y pasionales con Frida, que es quien le roba el aliento. En este track, la descripción de la cruda que sufre el personaje es muy buena: “Doy un repaso por mi cuerpo. La cefalea aún es fuerte y el estómago amaga con una rebelión gástrica. Debo dormir otro rato, sólo un poco más. Hay que esperar que hígado y páncreas hagan lo suyo”.
La lectura de “Las nieves de enero” nos demuestra que el track nada tiene que ver con nieve o con alguna nevada. Todo lo contrario. Es el viaje que hacen a Acapulco un tipo y su esposa. Él siempre se queda en el intento de decir “no” a ella y de pedirle el divorcio, y ella siempre se sale con la suya. El viaje termina en el viejo Acapulco y el personaje narrador nos da una idea del lugar: “En esta área se localizan los primeros hoteles y casas de huéspedes; además el turista podrá conocer de primera mano algunos de los oficios acapulqueños más tradicionales: pescadores, dealers, prostitutas y borrachos”. El escritor tamaulipeco también describe el clima de forma aguda: “El sol funde cada objeto o ser vivo que es bañado con sus rayos”.
Paul Medrano toma prestados los nombres y el comienzo de las letras de corridos y otras canciones norteñas para dar título a sus tracks e iniciar la narración de cada uno de ellos. Los relatos de Flor de Capomo desnudan el entorno inmediato y ponen al país entero frente a nosotros para que lo veamos y tratemos de asimilar la realidad sin el velo con que la cubren los medios de comunicación y nuestros gobernantes, que sólo muestran lo que ellos quieren que veamos. Medrano narra todo aquello que es un secreto a voces, que vemos pero que negamos a nosotros mismo y a los demás, toda la porquería que hiede a nuestro lado y que aun así simulamos no saber de donde viene el escatológico aroma. Verbigracia: El track “Pistoleros famosos” donde el comandante Espino se pregunta como es que el crimen organizado se da cuenta de todo: ¿Cómo se había dado cuenta de que estaban ahí? ¿Cómo era posible tanto poder?, se preguntaba el comandante. Era parte de los miles de oídos y ojos que tenía el Mazca por toda la ciudad. Que Big Brother ni que mamadas, pensó”. En el mismo relato, el jefe principal del mafioso grupo, comenta: “Porque a los gobernantes sólo les preocupa la apariencia y el dinero. La gente les vale madre. Al fin y al cabo nacen mucho chamacos todos los días”.
“Flor de Capomo”, el cuento que da título al libro, relata la historia de un tipo homofóbico que agarra el gusto por asesinar homosexuales. Aquí el humor negro domina el track. Aun con todo, es inevitable reír de la forma en que cuenta la historia la voz que narra en tercera persona y que levanta la sospecha de que es el asesino en sí. Este cuento puede herir susceptibilidades, sobre todo en aquellos que están a un paso de ser homosexuales, en los que son pero de ropero y más aun en los gays declarados. Por ello no hay que olvidar que Flor de Capomo es literatura, y en la literatura todo se vale.
Por lo general la editorial habla por sí misma, y mucho, de los productos que ofrece, y el Fondo Editorial Tierra Adentro ostenta la fama de lanzar al mercado buenos libros, obras literarias de una calidad indiscutible. Flor de Capomo, de Paul Medrano, confirma esa fama.

lunes, 23 de mayo de 2011

Fernando Vallejo y su virgen profética.


Los literatos suelen dar forma a sus obras motivados por diferentes razones. Algunos escriben debido a la inspiración, como los poetas. Otros confiesan que de pronto un tema, un objeto, un personaje, una situación o simplemente “algo” aparece en sus vidas, en sus pensamientos, robando su tranquilidad, la cual no recuperan hasta que escriben sobre ello, logrando así liberarse del asedio de ese “algo” mediante la práctica a sí mismos de un especie de exorcismo a través de la escritura. Unos tantos más han dado con una historia apasionante, sorprendente, tomada de la realidad o creada en la ficción, que desean compartir con todo aquel que esté dispuesto a leerla. Y también están los intelectuales que se han dejado allanar por el virus de la amargura más allá de los límites que todo hombre y mujer han experimentado, aquellos que escriben con reniego y crítica de todo, hasta de sí mismos, y hacen pública la indignación que los corroe por las injurias, barrabasadas e iniquidades que han padecido o de que han sido testigos. Tal es el caso de Fernando Vallejo.
En La virgen de los sicarios (publicada por primera vez en 1994), al igual que hiciera con La rambla paralela, Fernando Vallejo utiliza el género de la novela como excusa narrativa para despotricar contra todo aquello que lo saca del sosiego: la hipocresía religiosa, el narcotráfico y su gula de sangre y territorios, los sicarios cada vez con menos edad y sus ejecuciones con y sin razón, el ejercicio de cloaca en la política, y todo aquello que apesta en el orbe; más en específico, en su natal Colombia. Si pudiéramos separar el relato de La virgen… de las denuncias y de la exhibición desnuda de todas las cruentas situaciones que el autor de La puta de Babilonia describe, la narración en torno al tema central de la novela quizás no abarcaría más allá de la mitad de su total. Por ello el comentario de que la novela es la excusa para que asuman cuerpo los señalamientos de Vallejo acerca de una realidad que parece sacada de la mente retorcida del personaje más vil del filme La ciudad del pecado (Sin City, Robert Rodríguez, Frank Miller y Quentin Tarantino, 2005).
Vallejo narra muy al modo de Borges: en primera persona siendo él el personaje narrador de su historia, pero con un lenguaje y una técnica en extremo diferentes. El despliegue novelístico comienza cuando Fernando, gramático de profesión, regresa a su natal Medellín y va a parar al apartamento de su amigo José Antonio Vásquez, quien da asilo, comida y bebida a jóvenes sicarios, aunque más que albergue de almas perdidas el apartamento parece un prostíbulo controlado por el crimen organizado. Fernando es homosexual. Su amigo José le ofrece a Alexis, un chavo que es matón a sueldo y que ya lleva como diez ejecuciones. Fernando se va a un cuarto del apartamento con Alexis donde terminan dando desfogue a sus contenidas pasiones. El intelectual termina enamorándose de su joven amante y se lo lleva a vivir con él a su depa situado en el centro de Medellín. Y aquí comienza la travesía que harán juntos por la famosa ciudad colombiana visitando iglesias, plazas, tiendas, caminado por sus calles hasta llegar a las comunas, barrios bajos enclavados el las laderas de los cerros y montañas que rodean a la violenta urbe. Mientras todo esto ocurre, Vallejo despacha a diestra y siniestra sus cáusticas críticas y sus punzantes comentarios, como el que hace Fernando cuando va con Alexis a la iglesia de Sabaneta para orar a la virgen de su infancia, María Auxiliadora, al ver una peregrinación repleta de fieles, sobre todo de fieles jóvenes que son sicarios: “Esta devoción repentina de la juventud me causaba asombro. Y yo pensando que la Iglesia andaba en más bancarrota que el comunismo… Qué va, está viva, respira. La humanidad necesita para vivir mitos y mentiras. Si uno ve la verdad escueta se pega un tiro”. En el ir y venir por Medellín y sus alrededores, Alexis también se la pasa despachando, pero cristianos y no cristianos, enviándolos a que se cercioren si el más allá es como lo colorean las religiones. Sólo basta que el gramático muestre algo de desagrado hacia alguien para que su ángel exterminador le meta un tiro en la frente.
Conforme se avanza entre las páginas de La virgen… es inevitable llegar a identificarse con la cruenta realidad colombiana, es inevitable pensar que Vallejo no escribe sobre Colombia, sino sobre México, como cuando relata lo que ocurre después de los asesinatos de los candidatos a un hueso importante y que son favoritos y queridos por el pueblo, incluso después de las ejecuciones de políticos ya ejerciendo un cargo público: “La fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar. El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol”. El colombiano no anda con contemplaciones, cómo debería hacer todo escritor, y al lanzar el dardo contra la personalidad de los políticos, la afilada punta va y se clava en el centro de la realidad burocrática: “Todo político o burócrata (que son lo mismo, puesteros) es por naturaleza malvado, y haga lo que haga, diga lo que diga no tiene justificación. Jamás presumas de éstos su inocencia”.
Fernando Vallejo utiliza un lenguaje sencillo, al menos en apariencia, dando cuenta de modismos del habla colombiana, donde las palabras fluyen como si estuviéramos en plena conversación informal con un vecino originario de por aquellos lares, o con el mismísimo Vallejo. Así, el sarcasmo, las burlas, la risa, la indignación, la impotencia, la tristeza y la resignación del personaje nos sensibilizan, nos oprimen las entrañas y nos llevan a través de las páginas a un ritmo vehemente que no notamos debido a su fluidez.
La virgen de los sicarios es una novela profética. Predice un futuro para el orbe que será similar a la realidad colombiana reflejada en su trama: “Los pobres producen más pobres y la miseria más miseria, y mientras más miseria más asesinos, y mientras más asesinos más muertos. Ésta es la ley de Medellín, que regirá en adelante para el planeta tierra”. La profecía vallejiana lleva años alcanzando países, entre ellos México.

jueves, 5 de mayo de 2011

La resistencia de Ernesto Sábato





Los últimos tres años han sido devastadores para las letras mundiales, mitos y leyendas vivientes de la literatura nos han dejado para ir a sondear el más allá. En 2009 falleció Mario Benedetti, en 2010 se fueron a seguirle el rastro José Saramago y Carlos Monsiváis, y ahora el 2011 se ha llevado entre los azotes de su historia a un icono -muchos aseguran que el último de los grandes- de las letras argentinas.
El sábado pasado, mientras leía las noticias en el espacio virtual de El Siglo de Torreón, un encabezado me noqueó la razón dejándome cómo escultura de hielo incrédula: “Muere escritor argentino Ernesto Sábato”. Abrí el enlace y era cierto, Sábato había muerto la madrugada del sábado a causa de una bronquitis, enfermedad inclemente y mortal para alguien de 99 años, edad que tenía el autor de El túnel.
El primer libro que me recomendaron de Sábato fue La resistencia, obra ensayística sobre la falta de humanismo en el hombre moderno contenida en cinco cartas y un epílogo. Para alguien que nunca ha leído ensayos tan ensanchados, o que ha degustado una mínima porción del género literario de Montaigne, La resistencia es una muy buena opción para zambullirse hasta el fondo de las cuestionadoras, revelantes e inquietas aguas del ensayo debido a que Sábato aborda el género a modo de epístolas narrativas haciéndolo más interesante y muy ameno. El paisano de Borges publicó La resistencia en el 2000, pero el libro en vez de perder vigencia la ganó en estos últimos diez años, y la sigue ganando conforme los calendarios nacen y mueren.
Casi al comienzo, dentro de las líneas del capítulo inicial “Primera carta, Lo pequeño y lo grande”, Sábato va directo a la semilla: “Porque a medida que nos relacionamos de manera abstracta más nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia metafísica se adueña de nosotros mientras toman poder entidades sin sangre ni nombres propios. Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es ahí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida”. A pesar de que en el momento en que Sábato escribió esta carta-ensayo aun no habían las redes sociales que hay ahora cómo Facebook y Twitter, el monstruo de la información llamado Internet ya mostraba señales de su gran poder de absorción en la vida del hombre, y el también autor de Sobre héroes y tumbas vio cómo las pantallas, sin importar si eran las de los televisores, las computadoras, los celulares, y más recientemente las de las iPad, acechaban a la humanidad con el único fin de tragarla, de engullirla con sus fauces formadas por imágenes y sonidos nunca antes experimentados, sin darle oportunidad de que escapara a su esclavización. Sobre la tiranía virtual, y aunque enfocado en la televisión, Sábato escribe: “Las palabras de la mesa, incluso las discusiones o los enojos, parecen ya reemplazadas por la visión hipnótica. La televisión nos tantaliza, quedamos cómo prendados de ella. Este efecto entre mágico y maléfico es obra, creo, del exceso de la luz que con su intensidad nos toma. No puedo menos que recordar ese mismo efecto que produce en los insectos y aun en los grandes animales. Y entonces, no sólo nos cuesta abandonarla, sino que también perdemos la capacidad para mirar y ver lo cotidiano. […] Irónicamente he dicho en muchas entrevistas que “la televisión es el opio del pueblo”, modificando la famosa frase de Marx. Pero lo creo, uno va quedando aletargado delante de la pantalla, y aunque no encuentre nada de lo que busca lo mismo se queda ahí, incapaz de levantarse y hacer algo bueno”. Las palabras de Sábato son un golpe directo a la quijada de la razón para ver si así despierta del sueño profundo en que los mundos virtuales la tienen sumida.
La resistencia es un llamado que nos hace el Premio Cervantes argentino para que precisamente hagamos una resistencia contra todas aquellas tecnologías, novedades, tendencias y actitudes impuestas por el mundo moderno, que en vez de darnos la libertad que maliciosamente nos ofrecen, acaban por volvernos sus incondicionales sirvientes.
Ernesto Sábato se embarcó hacia el gran viaje que algún día todos tendremos que hacer, pero quedan sus letras contenidas en cada uno de los libros que nos dejó. Un buen inicio hacia el conocimiento y deguste de la obra literaria de Sábato es La resistencia.

martes, 19 de abril de 2011

En el hospital


Estás líneas que me remontan al blog las tecleo desde el hospital. Hace ya casi un mes que la mitad de mis faenas diarias, o tal vez un poco más, transcurren entre enfermos, doctores y enfermeras en cuyos atuendos predomina un inmaculado tono blanco (sobre todo en las enfermeras), guardias de seguridad que patrullan cada uno de los pisos, y visitantes cuyas edades destellan desde adolescencia hasta senectud. Mis constantes incursiones en el nosocomio me espantaron el ánimo de asaltar el teclado de mi laptop debido a la embestida de la tristeza propia y ajena que padecí y al cansancio físico y psicológico que me allanó y que no he logrado detener, mucho menos desterrar. En los últimos veintiocho días no han faltado las noches en que me he querido obligar a escribir aun cuando mis dedos se arrastren sobre las letras de mi viejo ordenador portátil, pero recuerdo el consejo de Chejov sobre no dejar correr la pluma con la cabeza cansada y desisto. Hoy, sin embargo, las letras han ganado en su insistencia a que las retome y escriba, sobre lo que sea, pero que escriba. Así que ahí van algunas anecdóticas observaciones sobre el hospital. Aun cuando yo no soy el enfermo (daría lo que sea por que así fuera), padezco cierto tullimiento en mis manos por la falta de ejercicio letrístico a que me he abandonado. Espero que este post con que vuelvo al blog no quede tan peor.
Las doctoras y las enfermeras jóvenes, guapas, amables y buena onda no sólo son un mito que encarna en los personajes de las series de televisión americanas, sí existen y algunas de ellas laboran en el hospital que ahora frecuento. No dudo que en el resto de las clínicas de nuestro país ocurra igual.
Cuando pasamos por fuera de un hospital el resto del paisaje citadino nos sigue pareciendo igual: luminoso y sin afectaciones. Pero cuando ingresamos a un hospital y conocemos de cerca todo lo que alberga su interior, la ciudad ya no parece la misma. Una extraña sensación, similar a encontrarnos viviendo una realidad fantástica de la dimensión desconocida, nos ataca y las emociones arremeten contra nosotros. Desesperación, tristeza, soledad, dolor, llanto, esperanza, coraje, humildad, ateísmo y fe forman una cicuta que se adueña de nuestro paladar y que tragamos sin poder evitarlo; el brebaje hace que la indiferencia -en cuyo ojo nos encontramos- cale más profundo.
El hospital es una cárcel donde la enfermedad nos tiene presos al habernos acusado de algo que ella misma nos ha hecho. Es necesaria la abogacía de los doctores y su ayuda a través de medicamentos para asir de nueva cuenta la libertad. Por desgracia hay personas, las menos afortunadas, que recibirán la condena de cadena perpetua y algunas incluso hasta la de la pena de muerte.
Existe una frase que reza “No hay ateos en las trincheras”, y en el tiempo que llevo entrando y saliendo de la trinchera llamada nosocomio he descubierto que esta frase tiene mucho de cierto.
Después de conocer de cerca una grave enfermedad -ya sea en nosotros mismos o en uno de nuestros seres queridos- donde se percibe el constante acecho de la muerte, todo adquiere un enfoque diferente, la vida jamás será la misma, lo que creíamos importante deja de serlo y lo que considerábamos cotidiano y banal adquiere una dilatada importancia.
A pesar de la crudeza con que se dan la inseguridad y la violencia en las calles, es bastante alentador estar cerca de doctores, enfermeras y personal en general de un hospital; es sobrecogedor verlos combatir juntos y sin descanso contra la muerte intentado recuperar la salud de cada uno de los enfermos.
Se dice que en la cárcel, en el hospital y en la funeraria se conoce a los amigos. Es verdad.