miércoles, 27 de julio de 2011

El síndrome del ciempiés


Siempre estuve consciente de que si persistía en el afán de escribir, quizás algún día sería contagiado con la peor de todas las enfermedades que puede padecer un escribidor: el temor a la hoja en blanco. El contagio se da a través de la duda, que a su vez nace por una desmesurada saturación de lecturas diversas que dejan de lado la pluma provocando un descuido en el equilibrio que debe existir entre leer y escribir, entre escribir y leer. Incluso este equilibrio puede descompensarse un poco siempre y cuando escribir se dé más que leer, pero no a la inversa, menos aun si lo que se devora con la mirada son libros y textos sobre técnicas de escritura, los cuales suelen estimular muy poco a que se empuñe la pluma o se fustigue el teclado. Las obras que más encienden la pasión por las letras -una incesante pasión- son aquellas que desbordan poesía y narrativa. El ensayo también suele ser muy motivante, siempre y cuando sus líneas traten con fervor sobre poetas y escritores que han manejado estos dos géneros con una maestría que parece insuperable. Es bueno conocer la técnica, pero es aun mejor leer la técnica en acción, admirar sus resultados y escribir, no dejar de escribir. Nuestros escritos inevitablemente se darán en consecuencia a lo que vivimos a través de lo leído.
Es por ello que ahora tecleo esta reflexión, intentando deshacerme de la duda que me hostiga desde principios de año al escribir, duda que me lleva a pensar demasiado en “qué, cómo y porqué” dar forma a esto o aquello. Es un padecimiento al que yo llamaría “El síndrome del ciempiés” en referencia a la anécdota que narra Juan Gelman en la entrevista que le hizo Pablo Ordaz del diario El País el pasado 03 de mayo a raíz de la publicación de El emperrado corazón amora, libro más reciente del poeta argentino. Ordaz dispara la primera pregunta de la entrevista: ¿Se puede explicar un libro de poemas? Gelman responde no como crítico de sí mismo, sino como el gran poeta que es: “Mire, pasan varias cosas, la primera es que uno no escribe lo que quiere sino lo que puede. La segunda es que cada lector reescribe el libro. Y la tercera es que me resulta muy difícil hablar de lo que hago. Yo admiro a gente como T. S. Eliot, o incluso Octavio Paz, que han tenido mucha capacidad crítica. Yo me abstengo. Tal vez para conservar una virginidad que ya no tengo. Siempre me acuerdo de una anécdota que me contó mi madre, que era ucrania. La de la arañita que en un bosque espera a que llegue el ciempiés. Y, cuando llega, le pregunta como hace para caminar, si primero 50 y luego otros 50, si 20 y 20… Y el ciempiés se detuvo a pensar y no caminó nunca más. Sin embargo, creo que visto a meses de haberlo terminado, me parece que lo que me salió fue algo que intenta evitar toda narración, excepto la de las palabras y la música. Es lo más aproximado que puedo decir sobre el libro”. Bastante esclarecedor es el mazazo que asesta Gelman a Ordaz para explicar la forma de hacer arte por medio de la palabra escrita.
No sólo en vísperas de año nuevo me formo propósitos que pretendo cumplir. La visualización de las cosas que deseo la llevo a cabo muchas veces durante el transcurso de los trescientos sesenta y cinco días que me encuentro viviendo. Es por ello que mi actual propósito es curarme del síndrome del ciempiés con el que fui contagiado. No hay mejor medicina contra este mal que blandir la pluma y enfrentar la hoja en blanco, que abrir la laptop y azotar el teclado para llenar, lo mejor posible, páginas y más páginas virtuales y no parar de escribir.
Cuando presienta que el síndrome del ciempiés acecha, muchas de las veces contagiado por quienes pretenden enseñar el oficio de escritor, no tengo más que recordar el final de la entrevista a Juan Gelman, donde Pablo Ordaz sigue insistiendo en el origen de la poesía creada por el Premio Cervantes 2007, y pregunta a Gelman: ¿Cuál es el origen? El poeta responde: “Cómo le digo, para mí es la obsesión. Yo entiendo que la cosa va a venir porque tengo una especie de ruidito acá, me pongo de mal humor y aguanto todo lo que puedo para que no sea una falsa alarma, hasta que ya no puedo más y escribo”. Ordaz no cede y comenta: Y ha investigado, por así decirlo, en el origen de esa obsesión… Gelman tampoco cede, y concluye: “Este… Mire…, quiero ser un ciempiés que camina”.
Yo también quiero volver a ser un ciempiés que camina, y esta vez para siempre.

2 comentarios:

  1. Es un reto muy dificil el ser escritor (no es que yo lo sea), por lo regular creces admirando a uno o a muchos autores renombrados, quieres tener esa esencia pero ¿cómo lograrlo sin parecer un imitador? ¿Para qué escribir lo que tantos han hecho y de manera extraordinaria?

    Tanto conocimiento en el ámbito de las letras y no saber qué escoger. Espero que pronto encuentres tu camino y la hoja en blanco sólo sea una invitación a lo que será.

    Te dejo este link, es el prefacio del libro "Música para camaleones" de T.C., ahí explica su experiencia en su lucha constante para mejorar en cada obra.

    http://elbaulito.blogspot.com/2006/09/musica-para-camaleones-prefacio.html

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  2. Muchas gracias por tus comentarios y por el link, Teresa. Voy a darle una leída al prefacio de Capote. Nunca está de más, y menos viniendo de él.
    Un beso y un abrazo.

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