jueves, 6 de enero de 2011

Rosca de Reyes


El último azote del estrés decembrino se deja sentir durante las veinticuatro horas que preceden a la noche vieja y al año nuevo. Todo mundo se afana por conseguir los ingredientes para la cena de fin de año y cada uno de los elementos que dan forma a los rituales practicados en la madrugada del día primero de enero: la sidra y -en la gente nice- el champán (champagne, en francés) para el brindis, las uvas de los deseos, la ropa interior en color rojo para la suerte en el amor (quiero pensar que incluye la suerte en el sexo, sino que chiste tiene) y en tono amarillo canario para la abundancia de dinero, las campanas para sonarlas al comenzar el año nuevo, las velas de colores -sobre todo en dorado- para acompañar la cena e iniciar con el pie derecho los doce meses que se nos vienen de sopetón, la escoba para barrer lo viejo y viciado y así dejar entrar lo nuevo y virtuoso, el metafórico borreguito blanco, lanudo y con unas monedas doradas colgando de su pescuezo para que nos caiga mucha lana y no nos vaya a faltar; y otras tantas cosas más para todas las faenas que dan la bienvenida al año que nace con el fin de que nos dé su mejor cara y nos sonría la mayor parte de sus trescientos sesenta y cinco días. Estos rituales son divertidos y su aportación más importante es la actitud que despiertan en nosotros, una actitud de lucha frente a los doce meses que esperamos sean mejores que lo doce anteriores. Pero lo mejor de todo es que con el primer día del año se termina el estrés decembrino que más o menos comienza a partir de la primera posada navideña. Solo dos fechas festivas brincan diciembre: el seis de enero, día en que degustamos la tradicional Rosca de Reyes; y el dos de febrero, día de la candelaria y fecha en que se levanta el Niño Dios con otra buena tanda de tamales por cuenta de aquellos a quienes les haya salido el monito dentro de la rebanada que les tocó de la rosca el Día de Reyes.
La tradición de la Rosca de Reyes, al igual que mucho de la iconografía y los ritos cristianos, no es puramente cristiana. Al parecer su origen está relacionado con las saturnales romanas, unas pachangas que se organizaban para los esclavos y que, si las comparamos con los jolgorios actuales, eran festividades que mezclaban algo parecido a la celebración de Navidad con un carnaval. Estas fiestas estaban dedicadas al dios Saturno con el objeto de que el pueblo romano en general, incluyendo a los esclavos, pudiera celebrar los días más largos que se empezaban a dar tras el solsticio de invierno. Para estos festejos se elaboraban unas tortas redondas con higos, dátiles y miel, y se repartían por igual entre los plebeyos y los esclavos. Al llegar el siglo III, en el interior del dulce comenzó a introducirse una haba seca, y a quien le tocaba era nombrado “rey de reyes” durante un corto periodo de tiempo establecido de antemano.
Un poco más para acá, Julio Caro Baroja, en su obra El Carnaval, recoge dos testimonios del siglo XII sobre el “Roscón de Reyes” o el “Rey de la Faba”. El primero corresponde al Reino de Navarra, donde desde 1361 se designaba Rey de la Faba al niño que encontraba el haba en el roscón, cómo aun se lleva a cabo en la actualidad; el segundo testimonio pertenece a Ben Quzman, poeta andalusí, quien en su Cancionero describe una tradición similar con una torta de por medio (hallón o hallullo, vocablo perteneciente a Granada) en el año nuevo y que contenía una moneda. Ambas tradiciones se han conservado durante siglos. En Francia tienen una tradición muy parecida a la del roscón.
En México la tradición fue importada en el siglo XV desde España. Actualmente en nuestro país la representación de la “Natividad” se incorpora a la “Rosca de Reyes” en la que se incrustan uno o varios muñequitos -llamados también monitos- escondidos, alusivos a Jesucristo, simbolizando que el niño tuvo que ser protegido y escondido en los días en que el relato bíblico hace referencia a la obsesión de Herodes por encontrar y dar muerte al bebé que es El Salvador y Rey de los Judíos. En un principio el muñequin se fabricaba en porcelana o cerámica; el día de hoy es de plástico resistente al calor. La cantidad de niños dentro de la rosca depende del tamaño; pueden ser varios monitos, uno solo o incluso ninguno.
Por lo pronto, hoy no hay que dejar de clavarle el diente a una buena rebanada de rosca que ostente adornos de dulce en colores vistosos y, si nos toca el monito, prepararnos y ahorrar para poder cubrir el costo de unos buenos botes de lámina -de esos de cuatro hojas- repletos de tamales y así dar rienda suelta a la última orgía gastronómica con tintes anacrónico-navideños el próximo dos de febrero.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Incurable adicción


“Hola. Mi nombre es J y soy bibliófilo, un adicto a la compra y la lectura de libros”. Estas serían mis palabras iniciales si existirá un grupo u organización que tratase la adicción a las letras y yo me presentara en una de sus reuniones buscando evitar las visitas a las librerías, la compra de libros y la lectura a ojos llenos, pero cómo no existe un grupo de ayuda cómo tal, tendré que seguir padeciendo, gustoso, mi obsesiva adicción por la literatura.
Los libros me embelesan, son objetos de papel letrado que tienen un efecto hipnótico en mí. No existe tienda, ya sea de autoservicio, abarroteril o departamental, en la que no me dé una vuelta por la sección de libros y revistas cuando sé que el área existe dentro del lugar. Por desgracia, las editoriales surten mucho libro de contenido chatarra, contenido que raras veces nutre el intelecto y en cambio hace más morbosas y baquetonas a las neuronas; aun así es posible pescar buenos títulos en las tiendas cuyo eslogan evoca una invitación a llenar la alacena y el refrigerador. La empresa de buscar y encontrar buenas obras literarias es mucho más fácil en las librerías que son exclusivamente librerías. Sin embargo, y casi al borde de la desesperación, he encontrado buenos ejemplares en los mercados misceláneos, y a precios de risa. Hace cómo cinco meses, en un lote de saldos del supermercado que ostenta la frase “aprecio por ti”, encontré la novela Memorias de una superviviente, de Doris Lessing, en una excelente edición debolsillo que me costó menos de cuarenta pesos. El libro de la escritora inglesa me cerró el ojo quince días antes de que me decidiera a comprarlo, o más bien de que pudiera comprarlo, ya que la raquítica economía que me acompañó durante todo el año, con unas subidas desmoralizantes y unas bajadas de pánico, imponiéndose las segundas, no me dejó llevarme la novela de Lessing, a pesar del bajo precio, cuando se dio nuestro primer encuentro. Cada vez que iba a surtir la despensa veía el libro y, según yo, lo escondía detrás de un montonal de novelas modernas, desconocidas y caras. Cuando regresaba a la tienda, Memorias… ya estaba destapada de nueva cuenta, al frente de los demás volúmenes. Tuve que sacrificar la crema para afeitar aquel sábado que me decidí a todo o nada con tal de hacerme de la novela de la Premio Nobel de Literatura 2007.
En mis constantes excursiones a la caza de joyas literarias conocí las librerías del usado. Las primeras ocasiones que porfié entre los estantes de libros Remi -aquellos vendidos por sus padres adoptivos- quedé desilusionado. Y es que en ese entonces, hará como cinco años, yo era un lector de bestsellers de moda, no más. Mi desilusión se dio porque el libro usado ofrece muy pocas alternativas bestsellerianas, y esas pocas son a precios tan altos que por una diferencia no muy grande es mejor ir a otro lugar por el mismo título, pero nuevo.
Así hubiese seguido entre pura novedad editorial hecha casi al vapor de no ser porque decidí escribir, pero no sin antes aprender a hacerlo lo mejor posible. En el afán de conocer los secretos necesarios para enfrentar a la hoja en blanco caí a mi primer taller de literatura llamado “Taller de apreciación y creación literaria”, impartido en el Icocult Laguna. El taller me acercó a los grandes de las letras, sobre todo de las letras latinoamericanas. Ese año, el 2006, gracias a las primeras cátedras literarias enfocadas a la creatividad, leí por primera vez las obras de gigantes cómo Juan Rulfo, Jaime Sabines, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Mario Vargas Llosa y muchos escritores más, no solo de nuestro continente, sino de todo el orbe, incluyendo a los clásicos. A falta de los títulos más antiguos y poco publicados de estos literatos en las librerías de nuevo, volví a las de usado, y desde entonces dichas librerías me vuelven loco tanto cómo todas las demás; son tan estimulantes e interesantes cómo las del nuevo, incluso más, ya que entre los libros usados uno puede encontrar muy buenas ediciones de colección, ediciones que jamás volverán a frecuentar los estantes que rebosan contemporaneidad.
A pesar de la situación económica que no logra despuntar, logré hacerme de un buen número libros, entre nuevos y usados, entre compras y obsequios, durante este año que ya casi se nos escurre por completo. Algunos de los títulos que engrosaron mi biblioteca personal en el 2010 son: Parábola del moribundo y Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña periodística, de Jaime Muñoz Vargas; Polvo rojo y Con las piernas ligeramente separadas, de Daniel Herrera; Artificios y El Aleph, de Jorge Luis Borges; Alí Chumacero, poesía y prosa, de Alí Chumacero; El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier; Dos crímenes y Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; Más allá del desierto, de Yolanda Natera; Imaginario de voces, de Julio César Félix; Antología narrativa, de Agustín Yáñez; Los de abajo, de Mariano Azuela; Pasos, repasos y tropiezos de dos centenarios, de Jesús de León; Claridad errante, poesía y prosa, de Octavio Paz; Quien de nosotros y Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; Escribir, por ejemplo, de Carlos Monsiváis; La lección de las diosas, de Silvia Salinas; Los hechos, de Philip Roth; El secreto de la fama, de Gabriel Zaid; Autorretrato con Rulfo, del maestro Saúl Rosales; La ninfa inconstante, de Guillermo Cabrera Infante; y cómo cinco o seis títulos más, sin contar todos aquellos que se leen dentro de las cátedras del diplomado en letras.
Durante los últimos doce meses la cosecha de libros fue cuantiosa, seductora e irresistible; seguro estoy que avivará y mantendrá el fuego de mi incurable adicción por las letras.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El estrés decembrino


A finales de noviembre comencé a sentir un estrés que hasta la fecha me ha acompañado cómo sombra: el estrés decembrino. Esta especie de presión física y mental es común durante el último mes del año, mes en que los negocios y las calles son sorprendidos por marejadas y marejadas de gente a cualquier hora del día, y se podría decir que también de la noche, al menos hasta el momento del cierre establecido por las tiendas. Todo mundo busca los regalos de noche buena, los ingredientes para la cena de ese día y, si el presupuesto alcanza, darse uno que otro gustillo con lo que quede del aguinaldo.
La chamba que realizo para sobrevivir y los trabajos finales del diplomado en letras me atestaron un estrés, pocas veces experimentado, durante los últimos quince días, pero un estrés bastante gozoso, sobre todo el proveniente de las tareas finales del diplomado. La noche del viernes 10 de diciembre, incluyendo la madrugada del sábado 11, dormí, a lo más, hora y media. Dicho sábado tenía que presentar dos ensayos con aparato crítico (uno para la clase de ensayo y otro para la clase de novela), un poema y un cuento. El cuento fue bolillo engullido debido a que en mis tiempos libres, y en los no tan libres, me la paso escribiendo y corrigiendo cuentos. El poema me rondó por la cabeza cómo si se tratara de una mariposa perdida en un vivero, sólo tomé, cuando lo consideré oportuno, la red y atrapé al ser revoloteante para después fijarlo en el papel. Los ensayos si fueron otra cosa. Al igual que con el poema, dejé que las ideas para el estudio de cada tema, junto con sus respectivas conjeturas y digresiones, se divirtieran en mi azotea hasta que me asaltó la incontrolable necesidad de subir a la terraza a cazar a los pájaros juguetones que me asediaban para por fin estamparlos contra la hoja en blanco. Y aunque ya llevaba un buen trecho en ambos textos ensayísticos, las llamadas y sus notas al final de cada trabajo me robaron mis horas de sueño, pero la vivencia fue bastante estimulante y placentera. A eso de las diez de la noche degusté un café bien cargado, a las doce otro, y a la una de la madrugada uno más. Para no correr el riesgo de perder la lucidez mientras escribía, puse en práctica la técnica que, según los historiadores, utilizaba Leonardo Da Vinci para soportar largas y extenuantes jornadas de trabajo, y que consiste en trabajar durante tres o cuatro horas y después dormir de quince a treinta minutos. Así que aquella madrugada me la pasé alternado dos horas de escritura con treinta minutos de sueño, hasta que dieron las ocho de la mañana. Esta técnica del pintor y genio florentino la leí hace tiempo en el artículo de algún periódico o de alguna revista, quedándose grabada en mis neuronas por el aspecto práctico y tan interesante que le encontré. Lo mejor de todo es que me funcionó.
El sábado pasado presenté los trabajos a tiempo y anduve fresco y despierto todo el día. Fue a eso de las diez de la noche cuando me pegó la resaca de la amanecida gracias al reventó de letras que me aventé. Al ir a dormir caí inconsciente, tanto que no recuerdo la forma en que llegué a la cama. Desperté la mañana del domingo, más o menos cómo a las once, y ya un poco recuperado.
El estrés decembrino me alejó de mi blog, pero tengo el firme propósito -no de año nuevo, sino de ya- de escribir sobre las vivencias más significativas que experimenté durante el 2010 y con ellas subir un post cada tercer día durante la segunda mitad que resta de diciembre. Después de estas líneas va el primer post: una reseña sobre El amante de Janis Joplin, de Élmer Mendoza.

Narcotráfico, béisbol y Janis Joplin


Ahora que el narcotráfico y su desenfrenada violencia, la corrupción a gran escala y la inseguridad han avasallado a México abarrotado los encabezados de las noticias a nivel nacional e internacional, el escritor sinaloense Élmer Mendoza a ganado más lectores, tanto en nuestro país cómo en todos aquellos lugares del mundo donde se publican sus libros, que abordan con bastante calidad y originalidad la cruda situación que padecemos los mexicanos.
El amante de Janis Joplin, novela de Élmer que sale de las imprentas en el 2001, trata sobre los ires y venires de David Valenzuela, joven medio tontolón y poco agraciado físicamente, quien, después de matar a Rogelio Castro en defensa propia y en forma involuntaria durante un baile de cumpleaños que se llevaba a cabo en el pueblo aserradero de Chacala, tiene que huir a casa de unos tíos que viven en Culiacán, Sinaloa. Gracias a su tío, David comienza a jugar béisbol, deporte donde la pichada se le da de forma muy natural debido a que en Chacala se la pasaba en el monte cazando conejos y armadillos a base de pedradas, limpias y certeras pedradas. Cuando menos acuerda, el improvisado lanzador de pelota caliente va a jugar a Los Ángeles, California, ganando fama y notoriedad gracias al contrato, con el equipo de grandes ligas de los Dodgers, que le ofrece un buscador de talentos beisboleros. En ese mismo viaje, David conoce y hace el amor con Janis Joplin, la cantante hippie que anduvo de moda en la época en que transcurre la novela. David se enamora de la estrafalaria cantante de rock, y a pesar de que pierde el contrato con los Dodgers debido a una borrachera, motivo por el que regresa a Culiacán con sus tíos, su más grande sueño es volver a los Estados Unidos para encontrar a la Janis y casarse con ella.
Es en el regreso al pacifico mexicano donde comenzarán las aventuras y pesadillescas desventuras para David, ya que uno de los Castro lo anda rastreando para cazarlo y así vengar la muerte de su hermano Rogelio. Los Castro son un clan dedicado al narcotráfico, perteneciente al cártel del Triángulo Dorado. Entre todas las peripecias que sufre y goza David, va a parar a un puerto y se convierte en pescador, vive de cerca el narcotráfico -al que ingresa por accidente-, tiene contacto con una guerrilla a través de su primo El Chato, quien es uno de los líderes -además de plagiador y contrabandista de armas, tanto para su causa cómo para las organizaciones criminales de la droga-, conoce la ilegalidad, atrocidades y prepotencia de la policía judicial representada en Los Dragones -un grupo de élite- y su avasallante comandante, y, a pesar de ser demasiado feo, es acosado por una de las mujeres más bellas del pueblito pesquero en el que aprende los gajes del oficio de San Pedro.
En El amante…, Élmer Mendoza, además de dar vida a una historia bastante ligera de leer, y que divierte cómo pocas, destapa ante nuestros ojos una de las cloacas más pestilentes del país para mostrarnos la realidad que desde hace décadas hace de las suyas en el inframundo y que en la actualidad se ha desbordado inundando con sus inmundicias a todo México, entre cuyas corrientes bullen el narcotráfico y su influencia en la vida y la cultura de la gente de todas aquellas regiones que absorbe, así cómo la corrupción y la impunidad que han existido desde tiempos inmemoriales en esta parte del orbe.
Algo bastante digno de mención es el estilo y el leguaje de que se vale Élmer Mendoza para narrar la historia, donde se nota una influencia muy marcada en él por la “Literatura de la Onda”, entre cuyos representantes destacan Parménides García y José Agustín. Esta forma de narrar es muy ágil, más rápida, ya que los diálogos se entrelazan entre los párrafos de la narración sin necesidad de utilizar guiones cada vez que algún personaje toma la palabra. Asimismo, el lenguaje es tomado del mundo real por Élmer Mendoza, con todo y sus modismos y leperadas sin censura, e insertado en la novela, dándole una naturalidad muy mexicana, tanto que pareciera que nos encontramos escuchando la historia de voz de algún familiar o amigo, jocoso y mal hablado, técnica también utilizada desde hace varios lustros por los dos citados escritores de “la onda” o “contracultura”.
La literatura de Élmer Mendoza contenida en El amante de Janis Joplin nos muestra la droga a gran escala, los cuernos de chivo, las autoridades -legales e ilegales- y la porquería de que están hechas, las ejecuciones, la gran vida que se dan los narcotraficantes y la muerte que suelen encontrar, la importancia que toma el azar en la vida de las personas que, aunque no muy inteligentes pero con un talento excepcional para sobrevivir, llegan a disfrutar y padecer todas aquellas situaciones que muchos solo conocen en sus sueños más locos, y todo aquello que antes nos asombraba cuando nos enterábamos a través de los periódicos, la radio o la televisión, pero que ahora es el salpique de sangre nuestro de cada día.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Día Nacional del Libro


Hoy, en México, es el Día Nacional del Libro. Fue establecido por decreto presidencial en 1979 para conmemorar el nacimiento de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, a quien la historia inmortalizó cómo Sor Juana Inés de la Cruz. Hay que festejar leyendo hasta que nos emborrachemos de letras, cómo comenta el escritor lagunero Frino.
Se supone que el día de hoy se van a obsequiar 50 mil ejemplares del libro Claridad errante. Poesía y prosa, de Octavio Paz, Premio Novel de Literatura 1990. La edición del libro corrió a cargo de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, La Asociación Nacional del Libro y la dirección de publicaciones de CONACULTA.
Aunque lo veo difícil, espero poder hacerme de uno de estos ejemplares de la obra de Octavio Paz. Lo atroz es que por lo general los libros gratuitos caen en las manos de personas que no leen ni los instructivos de los aparatos electrónicos que compran, y que van y aprisionan en un cajón, o en un inmaculado librero, todo libro que consiguen gracias a un golpe de suerte o a la llamada que hicieron antes que nadie a una estación de radio que en ese momento se encontraba obsequiando obras literarias.
Sea cual sea la situación o las situaciones que nos permitieron la posesión de esos amigos incondicionales que son los libros, leámoslos; hoy -y siempre- es un día propicio para empezar a forjar el hábito de la lectura.

martes, 9 de noviembre de 2010

Boris Vian y su caricaturesca espuma erótica


Es casi imposible tratar de vislumbrar con precisión que libros llegarán a nuestras manos cuando nos apasiona leer, y el adivine se vuelve aun más nebuloso al momento de tomar en serio el estudio de la literatura. Las obras de algunos escritores son escogidas por catedráticos, un buen número -de acuerdo al gusto- son elegidas por instinto, otras nos son vendidas por la publicidad basada en una mercadotecnia sutil, férrea y efectiva: cuando menos lo pensamos ya existe en nosotros un deseo irreprimible de comprar cierto libro (de preferencia el más nuevo), o por lo menos alguno, del autor de moda. Algunos libros llaman nuestra atención debido a los buenos comentarios vertidos en las reseñas de los escritores y periodistas que admiramos. Muchas obras literarias más despiertan nuestro interés y echan a andar nuestro deseo de poseerlas gracias a la recomendación de familiares, amigos, conocidos y maestros. Es aquí donde en verdad necesitamos descubrir con que nutren su intelecto las personas más allegadas, aquellas de quienes aceptaríamos su opinión sobre cierto volumen, y saber si consumen calidad, calidad y chatarra, o sólo chatarra; así nos daremos una idea un poco más certera de que es lo que nos están recomendando y si dicha recomendación vale la pena.
Fue gracias a una tarea de lectura con tintes de recomendación que cayó en mis manos La espuma de los días, de Boris Vian (1920-1959), escritor francés de la época de grandes literatos cómo Albert Camus y Jean Paul Sartre. De hecho, Sartre lo invitó a escribir para Les Temps Modernes, donde Vian publicó cuentos, crónicas y críticas de aspectos sociales; y en el periódico Combat, dirigido por Camus, abordó la crítica de jazz.
La espuma de los días comienza con apariencia de novela realista y naturalista, poblada con descripciones al estilo de Flaubert, pero conforme avanza la historia, la fantasía gana cada vez más terreno hasta que nos encontramos en un mundo paralelo, surrealista, al que llegamos sin darnos cuenta. En esta novela, Boris Vian detalla la vida de Colin, un joven soltero de clase media alta y poseedor de una pequeña fortuna que lo coloca cómo un pequeño burgués que no necesita trabajar para vivir bien y con ciertos caprichos el resto de su vida. Colin es un bonachón que vive en un sencillo pero amplio y elegante departamento, con un ratón cómo compañero, y que se da el lujo de tener un chef de alta cocina -Nicolás- y una sirvienta ocasional para el aseo del lugar. Colin vive una vida apacible, tranquila; gusta del jazz, de la buena cocina, y de vivir haciendo lo primero que ataque sus ganas. Su mejor amigo, Chick, está jodidón: es ingeniero y trabaja cómo esclavo por un ínfimo sueldo. Así que Colin, siempre con tacto para no ofenderlo, lo invita a cenar frecuentemente.
En una de esas cenas comienza a tomar forma el mundo paralelo creado por Boris Vian: antes de pasar a la mesa, Colin muestra a Chick su pianocóctel, un piano al cual le ha hecho unas adecuaciones mecánicas y la instalación de una buena variedad de los ingredientes líquidos necesarios -frutales, etílicos y demás- en la preparación de cócteles y otras bebidas alcohólicas elaboradas. Cada tecla pulsada por Colin al interpretar una melodía en el pianocóctel equivale a un ingrediente; al final de la interpretación musical en turno, el panel delantero del piano cantinero se abate y arroja una hilera de vasos con uno, dos o más -según la canción- llenos de un apetitoso brebaje.
Otro toque que acerca cada vez más la fantasía a la novela es el pastel de anguila de la cena. Chick pregunta cómo nació la idea del platillo y Colin le relata que la anguila se colaba al baño del departamento por la cañería del agua fría del lavabo y mordisqueaba el tubo de la pasta de dientes; de ahí le surgió la idea a Nicolás de atrapar a la anguila y preparar un pastel a su salud. Y hago mención de un mundo paralelo, más allá del surrealismo, porque Vian cambia el nombre de ciertos personajes reales de su tiempo para insertarlos cómo algo relevante en la trama de su historia. Aquí destaca el caso de Jean Paul Sartre, a quien llama Jean Sol Partre, que en esa época era el escritor existencialista de moda. Y así, sucediéndose cada vez más continuos, los hechos fantásticos terminan por ser algo natural, común y corriente en el mundo y la vida de cada uno de los personajes.
Todo es felicidad para Colin, hasta que Chick lo invita a patinar y en plena pista de hielo le presenta a su novia, Alise, una rubia de ensueño que le llena el ojo a Colin, pero que queda descartada cómo conquista, o cómo algo más, debido a que es la pareja de su mejor amigo. A partir de aquí, Colin llora su soledad y comienza la obsesiva búsqueda de su media naranja, misma que lo lleva a la fiesta de cumpleaños de su amiga Isis, donde conocerá a Cholé, quien será su novia y también su futura esposa.
A través de la novela pareciera que Vian, además de eslabonar los sucesos de la trama, borda de ocurrencias la historia, casi todas ellas chistosas. En una describe el fatigado ascenso a la torre principal de la catedral del sacerdote que lo casará y sus dos ayudantes. Los tres hombres decoran la parte más alta de la iglesia, que es donde tocarán los músicos, con adornos ostentosos. Al terminar su labor decorativa, en vez de bajar por las escaleras, cada uno se coloca un paracaídas y los tres se arrojan al vacío desde lo alto de la catedral; en el trayecto de caída activan sus paracaídas, planean y caen sobre las pulidas losas de la nave. En otro pasaje de la novela, poco antes de la ceremonia de bodas, el director de la orquesta que se encuentra tocando en la torre principal da vuelo con tanta enjundia a la batuta que trastabilla de espaldas y, cómo se encuentra en la orilla del abismo que rodean las escaleras del lugar, sufre una caída libre a través de un vacío de cientos de metros hasta que su cuerpo se embarra en el suelo de la planta baja de la catedral. El subdirector de la orquesta, ni tardo ni perezoso, toma la batuta y sigue blandiéndola por los aires con el fin de que la música no cese y todo continúe de acuerdo a lo programado. El director muerto adquiere la misma importancia de un instrumento musical: cae al vacío y se arruina sin remedio, muere; se sustituye y ya está. Aquí no ha pasado nada. El significado de la escena es muy claro: cuando alguien muere, la vida sigue, el show continúa. Sin importar lo cruel que sea la realidad, no puede ser de otra forma: nadie es indispensable. El tiempo no se detendrá en el reloj del mundo, sus manecillas continuaran, impecables e implacables, la marcha para la que fueron creadas.
Además de las situaciones caricaturescas, el erotismo y sus flirteos -aunque en menor medida- también se hacen notar en La espuma de los días. Es imposible olvidar la escena donde Chloé se encuentra preparándose para la boda, junto a sus damas de compañía, en una recamara con todo y baño. Tanto ella cómo las demás son pintadas desnudas por las letras de Boris Vian, solamente vistiendo sus piernas con una medias chachondonas y calzando sus pies en zapatos de tacón alto. Por si fuera poco, Chloé se acerca a Alise y le acaricia la espalda, los costados y las caderas provocándole cosquillas, un claro guiño de las tendencias lésbicas contenidas en la personalidad de la novia.
También las escenas donde los recién casados amanecen juntos y acaramelados entre las sabanas son descritas sin velo alguno y con una embelesante narrativa, al igual que cuando Alise visita a Colin, ya casi al final de la novela, cubierta nada más con un abrigo que deja caer al piso delante del joven y deprimido esposo de Chloé, para luego ir y sentarse en sus piernas tratando de seducirlo.
Pero nada es para siempre, mucho menos la esquiva felicidad, que comienza un declive sin freno en la vida que comparten Colin y Chloé justo después de su luna de miel. Chloé enferma de los pulmones, cae en cama y esto va a provocar la bancarrota de Colin a causa de los costosos tratamientos que debe seguir su esposa, razón por la cual llegará el momento en que tendrá que trabajar para poder pagar las medicinas y la terapia de flores que Chloé requiere, y también para que puedan seguir subsistiendo los dos.
La espuma de los días refleja los temas que más preocupan al hombre: El amor, profundo y extremo, a través de Colin y Alise, viviéndolo cada uno hacia sus respectivas parejas y que los llevará a bordear el límite entre la razón y la locura; la obsesión adictiva que sólo conduce a la destrucción propia y de los demás, representada en Chick; La nobleza y la amistad verdadera encarnadas en Nicolás. Así mismo, la enfermedad y la muerte acompañan cómo sombras, de principio a fin, al círculo de amigos; la religión es criticada por Vian con las contradictorias actitudes que muestra el sacerdote en una boda con todos los lujos y después en un entierro de pobres; y la música de jazz, que siempre aparece cómo telón de fondo a través de toda la novela.
Boris Vian creó un cómic erótico novelado al escribir La espuma de los días, donde los dibujos no hacen falta, su pluma es capaz de despertar la imaginación más adormecida y evocar a través de ella las más seductivas imágenes.

martes, 2 de noviembre de 2010

Día de muertos, algo que se vive a diario en México


Acabo de dar un recorrido por el centro de Torreón y, al igual que el año pasado, el día hace honor a su nombre en el antiguo cuadro comercial de la ciudad: está muerto. Solo me topé con dos o tres despistados en dos de tres librerías visitadas -una estaba cerrada- a las que apliqué un escudriño profesional dada la raquítica economía que ostenta mi cartera.
Si las cosas siguen cómo hasta ahora en el país, sobre todo acá en el norte (con Torreón pisándole los talones a Ciudad Juárez, abusando del lugar común) donde padecemos un diluvio de plomo que no tiene la menor intención de escampar, el 2 de Noviembre va a convertirse por decreto gangsteril en el Día Nacional de Todos los Mexicanos, día que debemos hacer un alto en el camino y reflexionar cual es nuestra misión en la vida para empezar a llevarla a cabo lo más pronto posible, ya que en cualquier momento la muerte pude caernos de sopetón en forma de una ráfaga de balas de uno o varios AK-47 terminado con nuestra folclórica existencia. El día de muertos es algo que se vive a diario en nuestras calles. A esto hay que sumarle la economía que, diga lo que diga Calderón, está cómo la guerra contra el crimen organizado: perdida y sin una luz de esperanza que dé, por lo menos, un pequeño atisbo de tranquilidad.
Otra cosa que está casi muerta es la intención de los mexicanos por unirse a los países con buenos lectores. Y es entendible. Cómo hacerlo si los libros, con una socarrona actitud de no quedarse atrás, han subido sus precios como si el nivel de vida en México fuera similar al de Gringolandía o cualquier otro país de primer mundo. Libros clásicos, cómo Los miserables y Nuestra Señora de París, ambos de Víctor Hugo, hace año y medio se podían conseguir en cuarenta y cinco pesos; hoy rondan los setenta y cinco. En los de moda, entre los que destacan las obras de J.K. Rowling, Stephenie Meyer y Dan Brown, es mejor no ver el pequeño pegoste de papel blanco que exhibe su costo y que solo pueden pagar las clases sociales media alta y alta, porque para los que nos encontramos entre todos los demás es comer o leer y más vale vivir inculto que morir intelectual.
Siempre existirá la posibilidad de encontrar buena literatura a precios de risa, pero hay que buscar cómo quien anhela encontrar policías honestos en La Laguna, o séase, está bien cabrón.
También el monstruo informático de Internet es una buena opción, pero, volviendo a lo mismo, somos pocos los que contamos con el lujo de una computadora, ya sea en formato de PC o Laptop, y aun con el milagro tecnológico, no todos podemos pagar el servicio que nos convierta en internautas. Muchos accedemos a la red a través de la chamba. En este punto las neuronas me espetan en el pensamiento la frase de “un pueblo inculto y de ignorantes es un pueblo sin consciencia y, por lo tanto, de más fácil atropello”. Por ello no pocas veces mi razonamiento ase con rabia la idea de que así es cómo todos nuestros gobernantes y todos los líderes -políticos, empresariales, sindicales y sociales- nos quieren tener. Pero bueno, habrá que seguir con la resistencia de no caer en el sótano de la apatía cultural y gritar cuando se tenga que gritar contra tanta estupidez, injusticia, inequidad, violencia e inseguridad que promueven, directa o indirectamente, quienes tienen el timón de nuestro país.
Y para no perderme más en las atrocidades de gobernabilidad que nos azotan (si es que aun queda algo de gobernabilidad en México), recomiendo leer y releer el día de hoy, y siempre, Pedro Páramo, de Juan Rulfo. ¿Por qué el día de hoy? Porque en su novela, Juan Rulfo mezcla magistralmente el mundo de los vivos con el de los muertos, tanto así que es necesario el regreso entre las páginas -con un placer cómo pocos- para comprender mejor su obra cumbre. Yo he leído dos veces, y en forma completa, Pedro Páramo, y releo con frecuencia algunos de sus capítulos y pasajes. Este mes voy por la tercera vuelta total. Para muestra, un fragmento de los periplos de "Comala", el pueblo mítico al que da vida el maestro jalisciense:

Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer.
Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas de yerba. ¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba? “La capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya la gente para invadir las casas. Así las verá usted”.
Al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera. Después volvieron a moverse mis pasos y mis ojos siguieron asomándose al agujero de las puertas. Hasta que nuevamente la mujer del rebozo se cruzó frente a mí.
-¡Buenas noches!- me dijo.
La seguí con la mirada. Le grité.
-¿Dónde vive Doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
-Allá. La casa que está junto al puente.
Me di cuenta de que su voz estaba hecha de hebras humanas, que su boca tenía dientes y una lengua que se trababa y destrababa al hablar y que sus ojos eran cómo todos los ojos de la gente que vive sobre la tierra.
Había oscurecido.
Volvió a darme las buenas noches. Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aun no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza estaba llena de ruidos y voces.