viernes, 19 de febrero de 2010

Miércoles de Ceniza


Esta semana se llevó a cabo el tradicional Miércoles de Ceniza, celebración católica que señala el comienzo de la Cuaresma, tiempo propicio para que todo hombre y toda mujer busquen volver al redil del que se han salido con sus pensamientos y acciones poco o nada nombrables. En otras palabras, es el tiempo para que todas las personas que abrazan la religión católica, se arrepientan de sus faltas llamadas pecados y crean en el Evangelio de Jesucristo, se renueven y sean mejores en todos los sentidos, tanto en pensamientos como en acciones, sobre todo -considero- en acciones. Porque ya no basta con la pura buena voluntad, lo importante es llevar a cabo las acciones que corresponden a esa buena voluntad; y así como están las cosas en nuestro país y en todo el orbe, urge que se hagan las cosas a la de ya.
Como alguna vez comenté en un post del año pasado, soy un torreonense católico, o, más bien, un católico torreonense, porque nací de padres católicos y fui bautizado de acuerdo a la doctrina en que se fundan su fe y sus creencias. Pero, al igual que mis padres, no soy un católico practicante, es muy raro que vaya a misa, solo he comulgado unas cinco veces, cuando más, contando desde mi primera comunión a la fecha, y esto me convierte en una especie de hijo pródigo, que solo vuelve a buscar a su creador cuando la vida le pisa el cuello con intención de eliminarlo de la población mundial.
Como menciono, el miércoles próximo pasado fue Miércoles de Ceniza, y, como en los últimos años, no tenía planeado ir a la celebración, pensaba no asistir. Pero uno pone y Dios dispone. Unos compañeros, quienes me invitaron el año pasado a recibir la cruz de ceniza en la frente, volvieron a invitarme este año, aun cuando la vez pasada no los seguí. Ante la oportunidad derivada del poco trabajo que tenía en ese momento, decidí acompañarlos. Fuimos a la Catedral de Torreón. Cuando llegamos no había, aun, mucha concurrencia; pero, conforme avanzaba la misa, llegaban más y más devotos, tanto solitarios penitentes como familias grandes y pequeñas. Se llenó tanto la iglesia que el padre tuvo que pedir que se formaran cuatro filas, dos en el pasillo central de las bancas y una más en cada pasillo lateral.
Fue desasosegante encontrarse, sin aviso previo y de sopetón, en medio de una parvada descomunal de gente, pero también fue grato ser testigo de la manifestación masiva de tantas personas -jovenes, no tan jovenes y de la tercera edad- con el fin de intentar ser mejores en su vida y en la vida de los demás.
La misa comenzó a las seis y media de la tarde, mis dos compañeros y yo salimos de la iglesia en cuanto nos fue aplicada la cruz en nuestras frentes, aproximadamente como a las siete y media de la noche.
Después del importante evento religioso donde los tres nuevos hombres llevábamos la señal en la frente que llevaran todos los hijos del coronel Aureliano Buendía, el famoso personaje del Gabo en Cien años de soledad, nos dirigimos a al trabajo a reportarnos. Yo solo verifiqué que mi escritorio estuviera cerrado y que no se me olvidara algo en la oficina y corrí a una conferencia que se dio en el Icocult Laguna por parte de Jaime Muñoz Vargas y algunos otros escritores regionales. La carrera que pegué hizo que me olvidara de la cruz de ceniza en mi frente. Aunque, la verdad, de haberla recordado no hubiera tratado de quitármela.
Al arribar a la conferencia, que se tituló Lectura de poesía sobre las posibilidades del amor, poemas desde el afecto, todo mundo se me quedó viendo como si yo fuera un sacerdote que había ido a redimir a todos los que se encontraban allí. Por supuesto, comenzaron a bromear a mis costillas, dado que era el único de los asistentes en la charla poética que portaba la señal religiosa en la frente. La mofa no me disgustó, ya que todos comenzaron a comentar que llevan bastante tiempo, algunos toda la vida, sin asistir a un Miércoles de Ceniza, como yo antes de ese día. Además, la mayoría eramos jóvenes, bueno, relativamente jóvenes, con edades entre 30 y 38 años, con excepción de tres señores con algo de plata en los cabellos, y de Jaime, que ronda pasadillos los cuarenta; aunque no tanto como los demás, es joven también . Otras razones para no molestarme fueron que el cotorreo que disparó la raza fue solo eso, cotorreo; y por otro lado, desde hace mucho que adquirí un buen grado de inmunidad contra las criticas, no importa que vengan de conocidos, amigos o hasta de familiares cercanos y lejanos. Algo que me quedó muy claro desde que decidí seguir a mis compañeros del trabajo a la iglesia el miércoles pasado, fue que me expondría a la crítica en la conferencia presidida por Jaime. Y es que, con el tramo que llevo recorrido en los libros y en los círculos intelectuales, sé que la mayor parte de los intelectuales y escritores, de los escritores e intelectuales, de los intelectuales escritores y los escritores intelectuales, son ateos, pero verdaderos ateos, al estilo puro de José Saramago. Pero en realidad ¿Importa si alguien es creyente o es ateo? No, no importa, porque conozco a personas con una cálida humana increíble como Jaime Muñoz Vargas y algunos otros escritores; y también he llegado a toparme con creyentes que son la encarnación de la mezquindad y la hipocresía convinadas. Por ello, que importa si eres creyente o no creyente, lo que cuenta es tu forma de pensar, de ser y de actuar.
La Iglesia abigarrada de almas y el Icocult, aunque no lleno totalmente, con buena asistencia, me han hecho creer en algo que es muy difícil, casi imposible, en estos tiempos: que aun hay esperanza de que las cosas cambien en Torreón, en toda La Laguna, en todo México, y en toda esta tierra que habitamos los seres humanos y que pide a gritos que le paremos a tanta locura destructiva contra el habitad y contra nosotros mismos.

2 comentarios:

  1. La última vez que asistí a la imposición de ceniza fue cuando tenía como 16 años, he aprendido a vivir sin fijar mis esperanzas más que en la humanidad misma.


    Saludos y un abrazo ;)

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  2. Teresa, es bueno creer en la humanidad, a pesar de todo; aunque también sería bueno, sin afán propagandístico de la superación personal, que creyeramos y tuvieramos esperanza en nosotros mismos.
    Un beso y un abrazo.

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