domingo, 22 de noviembre de 2009

Oxígeno


La publicidad y los superficiales programas televisivos nos han creado necesidades inútiles, como vestir y hablar como lo marca y remarca la moda, cambiante a cada momento; pisotear gente buscando el éxito individual a costa de lo que sea y de quien sea; conseguir pertenencias personales que nos permitan entrar en el cada vez menor círculo élite; ver, considerar y establecer al sexo como la única garantía de la felicidad en pareja, ya sea matrimonio o unión libre; darse gusto con el sexo como venga en gana, mientras se use un condón; y tantas conductas y pretensiones donde, en pocas palabras, cada quien es libre de hacer lo que quiera, sin límites morales, sin límites éticos y sin límites espirituales. En las últimas décadas, y gracias a los medios -principalmente televisión e Internet- se ha logrado confundir libertad con libertinaje, dos conceptos que, aunque parecidos, son distintos.
Nada más para que se den un quemon, el Diccionario de la Real Academia Española define la palabra Libertad como facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos; y nos da el significado de Libertinaje como desenfreno en las obras y en las palabras. ¿Qué tal, he?
La promoción del libertinaje sumada a la invasión de noticias sangrientas, donde si te acercas demasiado a los diarios, revistas o incluso al televisor corres el riesgo de que te salpiquen de sangre, va creando en nuestro subconsciente una idea de que ya todo está perdido, que más vale hacer lo que todos hacen, o al menos lo que parece que todos hacen, y dejarse llevar por la corriente de la perdidísima multitud.
Cuando este tipo de mentalidad y actitud nos invade, es bueno voltear a ver a quien o quienes si hacen las cosas bien, comprender y adoptar su ejemplo, y buscar sus consejos. Alguien a quien yo admiro mucho como escritor, como periodista y como persona es Jaime Muñoz Vargas. Sus libros, sus artículos, sus correos electrónicos y en general sus escritos, me levantan el ánimo, me proporcionan oxígeno para seguir al pie de guerra, al pie de esta lucha contra el pensamiento y las acciones de la mayoría de las personas de nuestro país y del mundo.
Y es que si no se toma consciencia del deterioro humano que sufrimos y toleramos a diario, sin darnos cuenta terminaremos por adherirnos a él, y hasta llegaremos a alimentarlo. Que mejor forma de evitar el magnetismo ambiental de lo insano, tanto para la mente como para el cuerpo, que buscar apoyo en los buenos humanistas, escritores e intelectuales, aquellos que en verdad están comprometidos con su quehacer, que es sinónimo de pasión, como Jaime Muñoz Vargas.
Y es que, si bien es difícil de creer, los humanistas, los intelectuales, los escritores son capaces de influir en el comportamiento de la gente, ya sea para bien, o para mal como en el caso de Hitler, que con su libro Mi Lucha, cambió la mentalidad -hasta la fecha- de grandes masas. No he leído, aun, el libro del Nazi número uno de la historia, pero comento el ejemplo sobre el grado tan alto de persuasión que puede tener un escrito; porque déjenme decirles que si Hitler hubiese sido humanista –sobre todo-, escritor o intelectual no hubiera quemado tantos y tantos libros, ni a tantas y tantas personas.
Del otro lado del peso tenemos a los grandes clásicos, formadores de muchos buenos pensadores y literatos en lo que va de historia, y en lo que falta por venir.
En un correo electrónico que envíe a Jaime Muñoz Vargas, le comenté que en no pocas ocasiones me asaltan preguntas como ¿Vale la pena leer o solo es una perdida de tiempo? ¿Y que hay con escribir? ¿Acaso es solo la terapia de un obsesionado con las letras que reniega del mundo que le tocó vivir? A lo que Jaime me respondió:

Es común que quienes nos dedicamos a esto nos preguntemos por el sentido de leer y escribir. La vida actual nos orilla a pensar siempre en términos utilitarios: ¿qué gano con leer y escribir? Por supuesto, no hay ganancia material visible e inmediata, así que nos desalentamos. Eso no es justo. Lo justo es pensar que leer y escribir es para algunos, algunos como nosotros, un placer. Si otros hallan goce en coleccionar estampillas, o en beber, o en comprar motos, o en cultivar plantas, o en no hacer nada, nosotros encontramos alegría en leer y escribir. Ese es nuestro máximo o uno de nuestros máximos placeres, y he allí la ganancia.
Si escribes literatura como escribes cartas, hay posibilidades en tu trabajo. Noto allí un filo literario, la voluntad del estilo. No hay que parar. Con o sin logros, uno debe pensar que esto es de lo poco que nos acarrea placer, un placer inteligente. En esto no digo nada nuevo, pues ya Reyes nos ha enseñado que la mayor aspiración de la vida, de la suya al menos, era lograr una "felicidad inteligente". Así pues, hay que aspirar a ella en la medida de nuestras capacidades y con las limitaciones de nuestro entorno.

Estas palabras de Jaime son para mí oxígeno puro, donde la pureza de este elemento químico escasea.
Los dejo con una frase que me hizo llegar mi lectora número uno: Teresa, cuyo espacio sigo (http://www.destierro-voluntario.blogspot.com/). Esta frase también me dio un abrazo cuando sentí que la depresión quería ganar terreno en mí. En las cosas que uno cree, que a uno lo apasionan, vale la pena seguir al pie de guerra.

Hoy por hoy ser un artista es un acto de fe; no reporta nada salvo la satisfacción del arte mismo.


Truman Capote

2 comentarios:

  1. Es refrescante una bocanada de oxígeno cuando nos sentimos asfixiados, tanta incertidumbre acerca de qué hacer o cuál rumbo seguir, para no sentir más esta vida monótona.

    Lecturas como la de Jaime Muñoz son como la nalgada que le dan a un recién nacido, duele pero sin ella no funcionaría el cerebro.

    A la distancia, tu lectora # 1

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  2. Teresa, no imaginas lo mucho que tus comentarios significan para mí.
    Un beso y un abrazo para mi lectora # 1

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