viernes, 28 de agosto de 2009

Simios al volante


No hay nada más estresante para mí que los momentos que paso cuando conduzco mi auto. Las personas dejamos sacar lo peor de nosotros con el modo y la forma en que nos manejamos detrás del volante, al ser responsables del vehículo automotor que tenemos en las manos y en el que olvidamos precisamente eso: que somos responsables de todo lo que ocasionemos montados en nuestro carro, camioneta, camión, tractocamión, incluso si no tenemos más que una motocicleta o una bici. Pero parece todo lo contrario, que el responsable no es quien conduce, si no la maquina conducida, así que no hacemos alto cuando debemos hacerlo, rebasamos por la derecha, damos vuelta en “U” donde no está permitido, nos vamos de largo aunque la luz del semáforo ya se encuentre en rojo, hablamos por el teléfono celular mientras realizamos nuestras peripecias al volante (porque déjenme decirles que hay tipos, y tipas, que no conformes con ir a toda madre hablando por el celular, todavía cometen crudas y graves violaciones al reglamento de transito), presionamos al que va delante de nosotros para que acelere aun cuando circula por el carril de baja velocidad, cambiamos de carril como si no hubiese más auto que el de nosotros: sin marcar la luz direccional correspondiente y sin importar quien venga sobre los demás carriles, detrás y muy cerca de nosotros; no puede faltar el clásico de clásicos: Las señoras, y lo señores, que creen que porque van a recoger a sus hijos al colegio, tienen el derecho de estacionarse en doble fila hasta que el infante suba al vehículo. Muchas veces pensamos que por traer una camioneta grande y alta, podemos hacer con más libertad lo que nos venga en gana, incluso al grado de intimidar al resto de los conductores que poseen un auto. Ya no se diga de la mayor parte de las personas (si es que así se les puede llamar, porque no merecen el calificativo) que conducen un taxi, un camión del trasporte público, un camión para transportar personal de alguna maquiladora, un trailer (definitivamente los dueños de estos vehículos pesados no contratan a personas para el puesto de chofer, he conjeturado que están autorizados por alguna entidad gubernamental corrupta para contratar algún tipo de simios, ya sea gorilas o cuando menos chimpancés), y cualquier tractocamión, abusan indiscriminadamente del poder que les confiere la tremenda mole de la que debieran ser responsables, pero parece que les pagan por cada accidente que provoquen, como si los motivaran, con algún incentivo, a que si hay muerte y destrucción, mejor.
Hacemos todas estas cosas, y muchas más, como echarle encima el vehículo a un peatón, no importa que se trate de una viejecita; casi podría jurar que no importa que se trate de nuestra propia madre, al fin y al cabo cuando conducimos parece que no tenemos. Y por si todo esto no es suficiente, tratamos como idiota, como tonto o como retrasado mental a todo aquel que no es tan vivo e inteligente como nosotros, y hasta lo hostigamos para que también cometa burradas, ¿Qué tal, he?
Por poco se me olvida mencionar que la mayor parte de los accidentes de transito, sobre todo en los que hay heridos y muertos, son por causa de conducir en estado de ebriedad, siendo los jóvenes los más adictos a esta práctica temeraria y mortal (entre 15 y 35 años, según las estadísticas y los estudios sobre el tema).
Hay un anuncio en la televisión que me estremeció (y que me estremece cada que lo veo) cuando acaparó la atención de mis ojos en la pantalla adictiva: La escena comienza con un cuate al que le calculo una edad entre los 35 y cuarenta años, quien despierta y, desde el principio hasta el final del día, se carga una cara de tristeza y pesadumbre, que no puede con ella. Junto a él, desde que se levanta de la cama, esta una niñita de unos cuatro o cinco años, que lo sigue al baño, a desayunar, al trabajo, de regreso a casa, a cenar, a la cama a dormir, a todo lugar, y nunca se despega de su lado. Al aproximarse el final del comercial, gracias al narrador del video, te das cuenta de que la niñita murió en un accidente automovilístico por causa de este cuate al que sigue, y del alcohol que traía él en las venas. La imagen de la niñita no es más que el fantasma que él mismo, debido a la culpa que siente, creo con el recuerdo de su imprudencia con ayuda de su consciencia, el peor de los jueces, el que nunca nos suelta. Impactante ¿Verdad?
Si les contara por lo menos la mitad de las anécdotas desagradables que he sufrido al volante, no terminaría nunca. Y todavía algunos se ofenden con la teoría evolutiva de Darwin, que menciona que descendemos del mono; ¿Qué les pasa? Si los monos deberían, en muchos casos, de ser los ofendidos.
Para aquellos que piensan que esto de ser cafre al volante es una característica de este perturbado y perdido Siglo XXI, aquí va un poema de un escritor controversial, pero muy leído, sobre todo por mostrar los grandes defectos que adolecemos los seres humanos. Y recuerden que, cuando vamos al volante de un vehículo, también tenemos en nuestras manos una poderosa arma, que es letal tanto para los demás como para nosotros mismos; además, los buenos modales (los refiero sin el afán de rozar la santurronería) se demuestran en todo momento, no nada más cuando estamos fuera de la armadura de metal rodante.
Va el poema.

Manejando a través del infierno

La gente está exhausta, infeliz y frustrada, la gente es

amarga y vengativa, la gente está engañada y temerosa,

la gente es iracunda y mediocre

y yo manejo entre ellos en la autopista y ellos

proyectan lo que les han dejado de sí mismos

en su manera de manejar.

Algunos más odiosos, algunos más disimulados

que otros.

A algunos no les gusta que los pasen, e intentan

evitar que otros los hagan.

Algunos intentan bloquear los cambios de carril.

Algunos odian los autos más nuevos, más caros.

Otros en esos autos odian los autos más viejos.
La autopista es un circo de emociones

chiquitas y baratas, es

la humanidad en movimiento, la mayoría

viniendo de un lugar que

odia y yendo a otro lugar que odia todavía

más.

Las autopistas nos enseñan en qué

nos hemos convertido y

muchos de los choques y muertes son la colisión

entre seres incompletos, entre vidas penosas

y dementes.
Cuando manejo por las autopistas veo el alma de

mi ciudad y es fea, fea, fea: los vivos han

estrangulado

su corazón.

Charles Bukowski

Mi más sincero agradecimiento, un beso y un abrazo a Teresa, en cuyo espacio virtual, Destierro Voluntario (http://www.destierro-voluntario.blogspot.com/), fue donde leí por primera vez este poema de Charles Bukowski. Muchas gracias Teresa por proporcionarme el texto completo.

2 comentarios:

  1. Querido Rulfiano:

    Cuando ya creí que era suficiente vivir el caos vial de Torreón, ahora me encuentro en el epítome de este problema ni más ni menos que en el DF y su zona metropolitana. La verdad, t hacen sentir vivo cada vez que abordas una micro o un pesero

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  2. Hola Teresa. Entiendo, es un disparador innato de la adrenalina el viajar en estos vehículos defeños.
    Perdón por responder a tu comentario tan tarde, pero últimamente adolezco más la falta de tiempo.
    Un beso y un abrazo.

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