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jueves, 20 de febrero de 2014

Volver a escribir







Cuando menos lo esperaba, y sin que me diera cuenta, el diablo llegó a mi lado mientras escribía en mi vieja y traqueteada laptop y se la llevó con toda la desfachatez que lo caracteriza. La verdad es que no le fue complicado hacer de las suyas, mi laptop ya había sobrevivido a muchos de sus embates y no pudo con este último. El disco duro dejó de existir dejando la pantalla en completa oscuridad. 
     Como siempre ocurre en momentos así, lamenté todo aquello que pude haber escrito y que ya no teclearía más frente a mi fiel computadora portatil, amiga, confidente y centinela incorruptible de mis sueños, mis obsesiones, mis deseos más profundos, mis adicciones, mis gustos, mis manías –porque todos las tenemos, aún cuando muchos las nieguen-,y mis secretos.
    En el momento en que mi laptop perdió el pulso intenté contactar por medio de facebook a los ingenieros en sistemas que conozco y sé que, además de ostentar un profesionalismo intachable, son de lo mejor que uno puede encontrar en el laberíntico campo de la informática. Sólo uno de ellos respondió mi llamado y me pidió que le llevara a la paciente para intentar volverla a la vida. Después de una revisión a fondo su conclusión fue devastadora para mi ánimo: el disco duro dio lo que tenía que dar y no volvería en sí jamás. Mi computadora ha estado nueve años a mi lado. No puedo quejarme de su vida útil. Sin embargo duele la nostalgia de haber tecleado en ella mis primeras ideas literarias, mis primeros textos, mis primeros cuentos, mi primer borrador del capítulo inicial de una novela. También duele el recuerdo de las noches que pasamos juntos sin dormir, yo al amparo de varias tazas de café negro y ella apoyada en la todavía enorme fortaleza de su sistema. Pero lo que más duele, y es algo de lo que no sé si podré reponerme, es que mi laptop conservaba ensayos, cuentos y futuros post para mi blog, notas de investigación y todo tipo de textos que por falta de tiempo, por exceso de confianza y por negligencia no respaldé y el disco duro se llevó a la tumba. Las lecciones más útiles que se aprenden en la vida son aquellas que vienen al lado de los golpes que nos dejan sin sentido antes de que podamos apreciarlas y antes de que podamos echar mano de ellas.
     Estás líneas las escribo desde una nueva, moderna, funcional y atractiva laptop que recibí como regalo de navidad por parte de mi hermano –muchas gracias, carnal-, quién al saber de mi pérdida no dudó en buscarme una nueva compañera de sueños. Un motivo, una razón más para seguir On Writing
     Acumulé varios meses sin escribir y justo cuando comenzaba a teclear de nuevo, y con un entusiasmo  como el de mis primeros días frente a la página en blanco, mi laptop emprende el camino al más allá. Entonces sigo sin escribir. Porque me ocurre algo similar a lo que  describe Stephen King en Mientras escribo: “La verdad es que prefiero la escritura normal [tecleando]; lo malo es que cuando cojo la directa [manuscrita] no puedo seguir el ritmo de los renglones que se me forman en la cabeza y me agobio”. En lo personal, cuando escribo con pluma sobre un generoso fajo de hojas de máquina o en algún cuaderno, siento que se me arremolinan las ideas y no alcanzo su ritmo al intentar aterrizarlas sobre el papel.   
     En el tiempo en que la tragedia ocurre, asisto a presentaciones de libros y me encuentro con amigos y colegas lectores y fraguadores de letras, quienes comentan que gustan de mis textos y cuyos elogios levantan mi ánimo para seguir escribiendo. Entre ellos se encuentra una escritora que admiro mucho: Magda Madero. Mi entusiasmo se eleva tanto que decido irme por la libre e intento garabatear en el papel para después teclearlo en la hoja virtual de Word de la computadora de algún Café Internet. Y entonces mi hermano, como heraldo del destino, aparece con un obsequio incomparable: una computadora nueva. 
   Son demasiados eventos seguidos como para tratarse de coincidencias. Llegó el momento de volver a escribir.

lunes, 9 de enero de 2012

Un desafiante propósito


Las personas que tienen por hábito inherente la lectura diaria, sobre todo de libros, son pocas, son minoría, una minoría que es mucho más numerosa en los países de primer mundo como los de la Unión Europea y el Nuevo Imperio Romano renacido en América: Los Estado Unidos. Según estudios, encuestas y estadísticas, los europeos que leen -que en serio leen- devoran cincuenta libros al año, o sea un promedio de un libro por semana, récord que a simple vista parece difícil hasta para quienes de este lado del mundo sí engullimos con la vista, de principio a fin, un buen número de libros en trescientos sesenta y cinco días. La hazaña anual de los lectores del Viejo Continente, por simple lógica, es imposible para los mexicanos que no leen ni el instructivo del celular de última tecnología que acaban de comprar y del que no utilizan ni la quinta parte de sus funciones porque el motivo que los llevó a hacerse de él no fue la necesidad utilitaria sino el apantalle social.
Pero volviendo a los lectores europeos, muchos apasionados de la lectura de por acá se preguntarán cómo es que hacen del otro lado del Atlántico para chutarse semejante cantidad de libros en doce meses. Quizá a cualquier lector que en verdad ama los libros, y la letra impresa en todos los formatos, sin importar el lugar del orbe donde habite, también le parece increíble la cantidad de horas que el mexicano promedio pasa frente a las pantallas, tanto del televisor como de la computadora, como mero esparcimiento, pantallas que en vez de despertar y acrecentar su intelecto, lo adormecen. Quienes no leen ni un solo libro al mes y según ellos desean sumar la lectura a su flaco costal de hábitos útiles y enriquecedores, deberían de inventariar las horas que pierden enajenando su vista con telenovelas que de tan trilladas son una mentada directa al teleauditorio, con programas y series que descubren el nudo y el final mucho antes de llegar a la mitad de su duración, y con noticias veladas y expuestas con maña para lograr la persuasión y el efecto deseados en la mayoría de quienes las ven y escuchan a través de la caja-loro, que es como nombra Stephen King al televisor en Mientras escribo. Y ni que decir del monitor de la computadora y las pantallitas de los teléfonos celulares como el Blackberry, donde la adicción a las redes sociales y a la vagancia virtual, adicción que puede volverse insaciable, hace que las cabezas de los cibernautas naufraguen en los escollos de un yermo cansancio mental. Es principalmente por estas razones que la minoría conformada por los lectores de hueso rojo intenso es más pequeña en países como el nuestro.
Hay algunos factores importantes en países como Inglaterra, España, Francia y Alemania que ayudan a que los lectores acrecienten su número de libros leídos, como el trasporte público, preferido por muchos habitantes de estos lugares en vez de la monserga de manejar sus autos dado que los autobuses y los trenes urbanos son muy cómodos y seguros y permiten una agradable lectura mientras se recorre la distancia de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, o de cualquier punto de la ciudad a determinado destino.
Aun con todas las circunstancias que arrastramos los mexicanos, como el pésimo servicio del trasporte público, los altos precios en las novedades editoriales, las exhaustivas jornadas laborales que en su mayoría superan las ocho horas diarias, la poca cantidad de librerías y bibliotecas que existen -como es el caso de Torreón-, sí es posible que también nosotros leamos una media de cincuenta libros al año. Si en vez de vagar sin rumbo fijo por Internet se baja un libro electrónico (Google enlaza con innumerables sitios web donde es posible descargar libros gratis) y se lee en todos esos momentos sin quehacer en que se recurre al monitor de la computadora para mandar ese tiempo al otro mundo, si en vez de encender la televisión abrimos un libro que nos guste o nos hayan recomendado, saborear completo un libro a la semana del grueso de unas cien o ciento cincuenta páginas no es difícil, mucho menos imposible.
Uno de mis propósitos de año nuevo es zambullirme en la cruzada de jugarse el todo por el todo con el fin de llegar a los cincuenta libros leídos, y comprendidos, antes de que caiga la hora cero en los relojes el último día de diciembre de este 2012. Por supuesto, si antes no se acaba el mundo. Aunque en realidad en muchos casos, como alguien escribió por ahí, el mundo ya se acabó para aquellos que creen que acabará este año de acuerdo a supuestas interpretaciones de profecías mayas.
Mientras son melones o son simples naranjas, y de acuerdo al mito convertido en rito que reza que aquello que hagamos durante el primer día del año lo haremos el resto de sus días, yo ya comencé con el primer libro el primero de enero: Nuestro libro de cada día, de José Saramago. Y aunque es cierto que es un libro de no muchas páginas, apenas un promedio de cuarenta y siete, con su lectura sólo me faltan cuarenta y nueve por engullir. Voy por ellos y por todas y cada una de sus páginas.

martes, 6 de julio de 2010

Ahora le tocó a Francisco Amparán


Hay una expresión de la cual ignoro su origen y que solo he escuchado en voz de algunos compañeros de la oficina representada en la frase “se lo cargó el payaso”, o séase “se murió”. En caso de que se trate de una mujer sería “se la cargó el payaso”. Cuando recién escuché estas palabras tan simples, tan chuscas y poco comunes (al menos para mí) para referirse al fallecimiento de alguien, primero, solté una carcajada dado que no se trataba de alguien conocido -ni querido- en esa ocasión inicial que oí mencionar la mentada frase; segundo, me puse a pensar en el posible origen de la expresión y a lo único que llegué fue a la novela It, de Stephen King, que, cómo la mayoría de sus producciones literarias, fue a parar a la pantalla grande. ¿Por qué It? Porqué en el pueblito lluvioso donde se desarrolla la trama de la película, un ente maligno con fisonomía de payaso muy a la Mc Donald´s anda mate y mate niños (algo le han de haber hecho los cabrones mocosos). De ahí en más no encuentro otra relación con “se lo cargó el payaso”; no al menos que me satisfaga.
Bueno, pues últimamente el payaso ha andado hiperactivo en México, patrocinado principalmente por el crimen organizado, y ni que decir de la plomeada Comarca Lagunera. Lleva tanto vuelo el payaso que, el fin de semana que no hay balaceras significativas en La Laguna, no se detiene a descansar y se carga a quien se le ponga enfrente, cómo hizo el domingo pasado con el escritor lagunero Francisco Amparán, mejor conocido en el periodismo, la literatura y el ámbito cultural en general cómo Paco Amparán, y cuyo nombre completo era Francisco José Amparán Hernández. La muerte de este tremendo periodista y escritor lagunero me ha impactado, y más a sabiendas de que era muy joven, al menos para morir; tenía 52 años. Hago el comentario de su fallecimiento con la susodicha frase del payaso porqué en las dos columnas que tenía Paco Amparán en El Siglo de Torreón escribía sobre los problemas del mundo, de nuestro país y de nuestra región, narrados siempre de una forma chusca y amena utilizando modismos del habla que todos hemos pronunciado alguna vez, o que por lo menos escuchamos o hemos escuchado.
Las dos columnas de Paco Amparán eran El comentario de hoy, que salía de lunes a viernes; y Los días, los hombres, las ideas, líneas domingueras que generalmente relacionaban el panorama actual del orbe con la historia y que trataban sobre temas interesantísimos; en esta columna de Amparán aprendí mucho más de historia que con los maestros de la SEP que me tocaron en primaria y en secundaria, a diferencia de cuando cursé el bachillerato, porqué déjenme decirles que la maestra de historia que asignaron a mi grupo de la prepa era toda una chucha cuerera (frases así escribía Amparán).
Don Paco, de más está decir que lo vamos a extrañar sobremanera, muchísimo; la Comarca ya no será la misma sin sus palabras en la radio y El Siglo de Torreón, periódico que sin usted padece un tremendo hueco difícil de llenar, cómo los baches sin fondo de Torres.
Que le vaya muy bien Don Paco, y no se deje del payaso; aunque no dudo que usted lo tenga bastante entretenido y a carcajadas.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La Libertad


¿Cómo es posible saber lo que es La Libertad, nuestra Libertad? Y cuándo la hemos descubierto, cuándo la podemos señalar entre la inabarcable jungla que forman las situaciones que vivimos todos los días dentro de la encadenante cotidianeidad, ¿Es posible romper el condicionamiento al que nos ha sometido la sociedad para poder decidir y actuar conforme a lo que nos venga en gana?
La libertad en forma pura no existe, no es más que una utopía; siempre tendremos algo que nos limitará para poder hacer lo que en realidad queremos hacer, no hacer lo que no queremos hacer, decir lo que queremos decir, callar lo que queremos callar. Una de las esclavitudes mas aterradoras de nuestro tiempo es la aceleración desenfrenada del ser humano a que nos somete la encarnizada competencia: debemos hacer más y mejor, mucho más y mucho mejor, que los demás en el menor tiempo posible. Así como la tecnología nos ha hecho la vida más cómoda, también nos ha recluido en el averno de lo instantáneo: nada puede sobrepasar el límite de unos cuantos instantes. Las horas, los días, las semanas, los meses, los años, una vida, todo vuela; la existencia misma se nos va entre las patas de las obligaciones que tenemos con los demás y con lo demás, menos con nosotros mismos. Quizás por ello es que el matrimonio ya no es lo atractivo que era, incluso todavía a principios del último tercio del siglo pasado; las nuevas generaciones han decidido bordear el grillete conyugal por muchos motivos, pero el principal es que el matrimonio mina física y psicológicamente la libertad, tanto para el hombre como para la mujer. Si no toca un conyugue posesivo, machista o feminista, siempre existirá la tendencia a tener contenta a la pareja, aunque esto implique sacrificar, no en pocas ocasiones, lo que en realidad queremos hacer.
La soledad y una desbordante cuenta de banco dan libertad, solo hay que tener cuidado, ser demasiado cautelosos, para no confundirla con el libertinaje y así evitar caer en el abismo de los excesos.
Cuanto me gustaría tener la intelectualidad de Alfonso Reyes y de Jorge Luis Borges, el temperamento y el carácter de García Márquez, el cinismo de Faulkner, y la habilidad para escribir a maquina de King y de Bradbury. Con estas cualidades tal vez, y solo tal vez, sería más feliz; seguiré al frente hasta lograr desarrollarlas.

jueves, 29 de octubre de 2009

Halloween o Día de Muertos


En innumerables ocasiones he escuchado, de las personas de mayor edad, las quejas sin solución en torno a que en México los niños prefieren disfrazarse de seres que hasta a los adultos nos dan miedo y gustan de salir a pedir dulces, chocolates, golosinas, frutas y todo lo que la gente quiera dar la noche del día último de octubre, en vez de celebrar el dos de noviembre; o sea que para los niños resulta más atractivo Halloween o la noche de brujas que el tradicional Día de Muertos. Y no los culpo, la verdad que hasta para los adultos jóvenes como uno es divertido organizar un buen pachangón con amigos, o familiares, o conocidos, o todos ellos juntos, y ser otro a través de un disfraz, que sirve de licencia para transformarse en monstruo, súper héroe, alienígena o hasta Michael Jackson por una noche; unas buenas bebidas, una buena cena y unos apetecibles postres no pueden faltar.
Ahora, si volteamos a ver nuestras costumbres, el Día de Muertos se me hace también algo muy padre, algo muy bonito, no importa que suene cursi o hasta gay. Todo esto de preparar y montar un altar de muertos para los seres queridos que se nos adelantaron a conocer que hay en el más allá, me parece una buena forma de preservar su memoria y de seguirles demostrando cuanto los queríamos mientras estuvieron con nosotros, cuanto los extrañamos y cuanto los seguimos queriendo. Las comidas que se preparan para este fin y para la persona que, según la tradición, tiene permiso de visitar nuevamente este mundo la noche del Día de Muertos, son exquisitas; esto sin mencionar el Pan de Muerto con chocolate o champurrado, las frutas secas y cristalizadas, las cañas, y por supuesto el buen café con piquete.
Como buen amante de las letras, para estas fechas -y más en las noches frías y oscuras como calabozo medieval- se me antoja leer los relatos de Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft; las novelas de Bram Stoker, Stephen King y Anne Rice; y no puede faltar Pedro Páramo de Juan Rulfo. Para el que aun no haya leído la magnánima novela de Rulfo (lo que es imperdonable), trata de un pueblo habitado por animas, y en sí la novela es narrada por animas, incluso en algunos pasajes las voces, o los murmullos, salen desde el ataúd dentro de la mismísima tumba. Pedro Páramo es una tremenda opción para este Día de Muertos; es más, hasta para pasar a gusto Halloween y terminar de leerla, si no se es un lector rápido, el dos de noviembre, ya que no pasa de cien o ciento diez páginas, pero que páginas. El Gabo cuenta que leyó y releyó Pedro Páramo en una misma noche, y desde entonces se convirtió en admirador de Rulfo.
También en estos días nace en mí la inquietud de escribir cuentos de terror, misterio, horror, cosas espeluznantes, algo que haga florecer el miedo que todos llevamos dentro y que algunos ocultan muy bien, otros no tanto. El riesgo que corro es el de no dormir hasta que concluya mi relato, o sea que tal vez permanezca despierto desde la noche de los disfraces hasta el día del altar.
El séptimo arte tiene muy buenos filmes para que uno no pueda dormir y se nos estremezca todo al oír el más mínimo ruido. Una película muy buena que siempre recuerdo es Los Otros (The Others, 2001), protagonizada por Nicole Kidman, donde ella demuestra que es una excelente actriz. La historia trata de una madre que se va a vivir, junto con sus dos hijos -un niño y una niña-, a un caserón ubicado en la isla de Jersey. A partir de que unos sirvientes llegan al lugar para ofrecer su trabajo, comienzan a ocurrir cosas raras: la niña ve gente extraña que los demás no pueden ver, un piano que hay en una habitación cerrada comienza a tocarse solo, las puertas se abren y se cierran solas, y otros tantos sucesos que ponen la piel de gallina. El final es indescriptible. Otro peliculón que cae como anillo al dedo en estos días es El orfanato (2007), producción cinematográfica española protagonizada por la actriz Belén Rueda en el papel de Laura. Y aunque cuando vi la película todo el tiempo estuve al borde del asiento, con el corazón dando de brincos y los escalofríos nunca cedieron, el final me hizo soltar las de cocodrilo.
Una humilde sugerencia de quien esto escribe: ¿Por qué no celebras ambas fechas, ambos eventos, ambas costumbres? Así te la pasas de reventón tenebroso y macabro en Halloween y recuerdas a los seres queridos que ya no están con nosotros admirando y, porqué no, si quieres hasta montando un colorido y surtido altar de muertos.
Que estos terroríficos días los espantos no falten y, sobre todo, que te diviertas como loco.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Clima londinense


El día de hoy amaneció londinense, como dice uno de mis compañeros de trabajo, uno que es muy elocuente. Cuando las nubes sombrean la ciudad, me entran unas ganas tremendas de escribir, y -al mismo tiempo- tomar un buen café capuchino moka. La tarde ha estado lenta, los clientes -en vez de frecuentar los comercios- probablemente prefieren ir por una amiga (o un amigo, ve tú a saber), o por una novia, o por su amante, quien resulta más antojable por considerarse prohibida en el caso de los casados, y suena más ardiente para los solteros, para después ir a darse un buen encerrón en uno de los mejores moteles de la región. Tengo que aceptar que esta idea es más tentadora que quedarse a escribir acompañado de un triste café capuchino moka, pero no todos tenemos la misma suerte para los encerrones.
Vuelvo la mirada hacia el cielo y notó que el algodón atmosférico amenaza con desperdigarse y permitir así el paso del sol; ojalá y no, porque con noches nubladas o, que mejor, lluviosas, se antoja leer algo de terror, algo de Poe, algo de King, algo de Borges, para conciliar el sueño mucho mejor, o tal vez para no poderlo conciliar.
Se acerca el frío, trayendo consigo los tamales, el champurrado, los buñuelos, el café con piquete (siempre me ha dado mucha curiosidad probarlo así, y ¿Creerán que aun no lo hago?), las cobijas calientes, mejores si se está acompañado, y muchas otras cosas más que disfrutamos sin importar lo entumidos que nos tenga el clima invernal. La convivencia con nuestros semejantes y seres queridos, al igual que su compañía, se acrecienta, renace un espíritu de hermandad, quizá con el fin de buscar algo de calor entre lo helado de los días y las noches. Con este tiempo despierta en nosotros una necesidad muy grande de entrarle con todo a los dulces de temporada, como el de camote, el de calabaza, las frutas secas y cristalizadas, los tamales de azúcar, el chocolate abuelita con leche, es más, hasta un atole marca Maizena; que le hace que subamos de peso, ya habrá tiempo de hacer ejercicio al inicio del año entrante, cuando sea insoportable el dormir más de la cuenta por las mañanas a causa del calor desértico que nos agobia la mayor parte del año.

viernes, 10 de julio de 2009

El regreso del innombrable


Allá por noviembre del 2002, la adicción a los libros y a la lectura cobró una víctima más: a mí. Comencé, como tal vez comienza todo mundo, con un bestseller; adquirí el tomo dos de Caballo de Troya, la serie más famosa de J. J. Benítez. La novela sobre el diario de un coronel retirado del ejercito norteamericano que viaja al pasado, me atrapó, tanto así que -poco a poco- compré, uno por uno, todos los libros de la serie.
Pasé bastante tiempo como cazador de buenos bestsellers, así fue como di con El Código Da Vinci, de Dan Brown; El misterio de Salem´s Lot, de Stephen King; El Alquimista, de Paulo Coelho; y, entre muchos más, Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling, del que voy a comentar un poco.
Recuerdo que ya había escuchado hablar mucho sobre el mago más famoso del mundo, pero no vi la película -al estar de moda- basada en la primera novela, si no hasta mucho después. Varios compañeros del trabajo hablaban maravillas de los efectos especiales de Harry Potter, y de la buena trama en su historia. Cuando supe del estreno del segundo filme del niño mago (Harry Potter y la cámara secreta), no dudé en ir a verla; en efecto, me embelesaron la trama, la imaginación sin límites de la escritora y los efectos especiales. Me propuse conseguir el primer libro, lo encontré en internet, lo bajé, lo leí y quedé hechizado con las historias de J. K. Rowling.
No sé si tú ya habrás leído las novelas o habrás visto todas las películas que hasta ahora se han filmado, pero ambas cosas son fantásticas; claro, como comento en notas anteriores, tanto la literatura que leemos como el cine vemos, son cuestión de gustos.
J. K. Rowling es una pintora de imágenes precisas a través de las palabras: todo cuanto escribe, tú lo lees y lo imaginas nítidamente, como si ya estuvieras viendo la película. Esto ha sido una de las claves de su tremendo éxito, no solo con los niños y jóvenes, sino también con los adultos.
En las novelas de Harry Potter, siempre está presente la amenaza del enemigo mortal del niño mago, Lord Voldemort, quien pretende regresar a los dos mundos, mágico y mugle, para cobrar venganza matando a Potter, y recuperar el poder y su reinado de terror, que perdió en su primer intento por asesinar a Harry cuando era apenas un bebé. Detrás de todas las cosas oscuras y terroríficas que le ocurren a Potter y a su entorno, está tras bambalinas Voldemort o sus fieles seguidores, o ambos. Pasa algo atroz, muere alguien, algún alumno fracasa, los hilos tras las sombras se mueven para presionar o derrocar al ministerio de magia, y el culpable es quien no debe ser nombrado (Voldemort).
Menciono todo esto porque, por lo general, la ficción retrata gran parte de la realidad. Mi mente trajo a mí la imagen y el recuerdo de Lord Voldemort al ponerme a analizar la situación política de México. Desde hace ya algunos años que Carlos Salinas de Gortari, discretamente, comenzó a aparecer en los medios de comunicación: concedió entrevistas, opinó sobre la situación política y económica de nuestro país, sacó a la venta un libro (lleva por título algo así como "La década perdida"); es más, hasta se dio el lujo de asistir a la boda del gobernador de Coahuila, el profesor Humberto Moreira. Recientemente fue tema de polémica nacional (cuando no) al ser nombrado por el también ex-presidente de México Miguel de la Madrid en una entrevista con la periodista Carmen Aristegui, donde el ex-mandatario habló pestes -hasta las chanclas- de Salinas y de todos los Salinas en general, a quienes tachó de rateros, aliados del narco, corruptos y asesinos. Increíble, ¿verdad? Me dan lástima dos cosas: una de ellas, que muy pocos mexicanos siguieron esa explosiva entrevista; y la otra, que en cuanto se dio cuenta Carlitos, se encargó de hacer uso del tremendo poder que nunca perdió e hizo que De la Madrid se retractara. A la par de estos sucesos con Salinas como protagonista, el PRI comenzó a llevar a cabo las estrategias que, hoy por hoy, le han regresado la mayoría en el Congreso Local, Estatal y Federal; además de llevarlo con una fuerza arrasante para poder retornar a los Pinos en el 2012. La mayoría de la gente, al parecer, se encuentra convencida con la tonta -pero efectiva- campaña publicitaria del PRI, donde dicen que ellos SI saben gobernar. Si, como no. Desgraciadamente para las elecciones, México es un país de jóvenes que no recuerdan -o no están enterados- de las atrocidades que hicieron los presidentes y los legisladores emanados del PRI y su dictadura durante los 70 años que disfrutaron del poder. Que pronto se les olvidó a los mexicanos la crisis de 1994, provocada por Carlitos Salinitas y todos los desmadres y matanzas que llevó a cabo durante su mandato, y aun después de estar en el poder. Aunque no soy Panista de hueso colorado, reconozco algunos logros de los últimos dos presidentes cocinados en el partido blanquiazul. La libertad de expresión ha traspasado límites que eran impensables de franquear durante la dictadura del PRI, antes parecía imposible que algún día se pudiera criticar al Presidente de la República en pleno ejercicio de su mandato. También desapareció el presidencialismo, la centralización del poder en un solo hombre. Desaparecieron, o al menos bajaron drásticamente al grado de no notarse, los asesinatos políticos, ya sea a críticos ácidos del sistema de gobierno o de oponentes políticos duros de roer y con posibilidades de derrocar -por medio de las elecciones- al partido en turno. Las elecciones, a su vez, son más transparentes y -a todos los que nos interesa votar- ya no sufrimos tanto con la impotencia de que, aunque participemos en los comicios electorales, siempre quede en el poder quien quiere el actual gobierno, gracias al dedazo y al fraude electoral. Aun nos falta mucho, aun falta una diferencia abismal para que la democracia y la transparencia en México alcancen su auge como ocurre en los países del primer mundo, pero nadie puede negar que el PAN abrió el camino, bien o mal, intencionalmente o por accidente, pero lo hizo. Ahora todo esto está en peligro de perderse al regresar con tanta fuerza el PRI al congreso, y más aun, si el que gana las elecciones del 2012 es de extracción priísta. El poder corrompe, y el poder absoluto ni se diga; además, así como el infiel siempre será infiel, el adicto a la corrupción siempre será adicto a la corrupción, el adicto al poder, siempre será adicto al poder; si no, pregunten a Salinas a que demonios regresó a México. Como Voldemort, Carlitos volvió para vengarse, para destruir a quienes hicieron que tuviera que exiliarse, a recobrar el poder, aunque solo sea tras bambalinas y en las sombras insondables de su partido; y a que el PRI, y él mismo, implanten nuevamente la dictadura que tanto amaban y que creían perdida.

lunes, 27 de abril de 2009

¿El arte pronosticó la influenza?


Como si no fuera suficiente lidiar con dos problemones en México, que son la inseguridad y la crisis económica, ahora aparece un tercer ayudante del caos: la influenza. Es bueno que los gobiernos, tanto de los países mas afectados por este mal como del resto del planeta, ya estén tomando medidas urgentes y enérgicas para acabar lo mas pronto posible con este brote infeccioso que ha cobrado, por lo menos en nuestro país, alrededor de 150 vidas. No hay que dejar de atender las recomendaciones que se están haciendo a través de los medios de comunicación, incluso por el mismo Presidente de la República, Felipe Calderón.
Cuando escuché en días pasados el comunicado a nivel nacional que hizo el Secretario de Salud, José Ángel Córdova Villalobos, fue inevitable que pensara en como la literatura y el cine muchas veces se adelantan con su ficción a la realidad que se dará en el futuro.
En el 2007, cuando comenzaba a hacer mis pininos en la literatura venciendo la hoja en blanco con mis primeros relatos cortos, me enteré de la convocatoria para el Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche de ese mismo año. Yo deseaba participar enviando un cuento de mi autoría. El relato, según especificaba la convocatoria, tenía que abordar el tema del terror o el tema de la fantasía. Para entonces yo solo había leído unos tres o cuatro cuentos de Poe, Drácula de Bram Stoker y uno que otro relato fantástico del Gabo. No dudé en buscar mas literatura que ayudara a mis fines. Así es como di con El Umbral de la Noche (1978) de Stephen King. En este libro esta incluido un cuento llamado Marejada nocturna, narrado en primera persona por un joven sobreviviente a una epidemia de gripe llamada A6. Transcribo un párrafo del relato: Ésa era, pues, la situación: toda la raza humana aniquilada, pero no por las armas atómicas ni por la guerra biológica (?) ni por la contaminación ni por nada portentoso. Solo por la gripe. Me habría gustado colocar una inmensa placa en alguna parte. Quizás en las salinas de Bonneville. La Placa de Bronce. De cuatro kilómetros y medio de longitud de cada lado. Y diría en grandes letras en altorrelieve, para información de cualquier extraterrestre recién llegado: SÓLO LA GRIPE. El signo de interrogación (?) no aparece en el relato original, este es de mi cosecha; ya ven como se las gastan los gobiernos actualmente para distraer a la población.
El séptimo arte también ha hecho lo suyo en cuestión de profecías que tarde o temprano se cumplen. Al igual que el relato de King, recordé una muy buena película que dirigió nuestro compatriota Alfonso Cuarón; es más, no solo eso, sino que también escribió el guión, adaptando para la pantalla grande la novela The Children of Men (1992) de la escritora británica P.D. James . El filme al que me refiero es Niños del hombre (2006). La historia transcurre en la ciudad de Londres en el año 2027. El mundo es un completo caos debido a las guerras de todo tipo, la contaminación, los suicidios en masa y la esterilidad en toda la población mundial; no hay un solo niño en el orbe. La persona mas joven, a quien consideran un infante, tiene 19 años y es asesinado. Adivinen porque se acabaron los niños en este mundo del futuro; exacto, por una epidemia y ¿que creen? Claro, de gripe. El fin de los infantes por una epidemia de gripe. Los escenarios de esta película son muy grises, clásico del ambiente londinense, pero llegan a ser casi negros -aunque la cinta esta filmada a color- y da la impresión (que así se supone que es) de que se vive un duelo permanente por la ausencia de los traviesos chiquitines. La parte esperanzadora de la película (¿y del futuro?) es cuando una mujer de color queda embarazada sin saberlo y el protagonista principal, llamado Theo e interpretado por Clive Owen, no se separa de su lado y la protege.
Sorprendente ¿verdad? La próxima vez que leas alguna novela de ciencia ficción adentrada en un futuro de calamidad o veas una película como Niños del hombre (no olvidemos El día después de mañana), medita profundamente sobre el porcentaje de realidad en el contenido y que se puede dar en los años venideros, porque tal vez estés viendo el futuro que tarde o temprano vivirá la humanidad.

lunes, 9 de marzo de 2009

Stephen King, el arte de escribir bestsellers


Existen intelectuales y pseudointelectuales (de los cuales conozco muchos) que dicen odiar los bestsellers; su afirmación es contradictoria. Rechazan -según ellos- los super ventas, pero admiran a escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti y otros tantos mas genios y figuras de la literatura; y no solo eso, algunos aseguran que poseen todos los libros de uno, dos o más de estos escritores. Lo que ocurre es que estos engreídos tipos, que deben su orgullo a lo mucho que han leído sin a veces siquiera tener un relato decente y publicado, se hacen tontos; los tres escritores latinoamericanos que menciono tienen en su haber varios libros -si no es que todos- que son bestsellers.
Esta introducción se debe a que hoy abordaré como tema la reseña de Mientras escribo, de Stephen King. Recomiendo este libro a toda aquella persona a quien no lo deje en paz el gusanito del deseo de ser escritor; también a todos los que tengan curiosidad por saber que hay detrás de alguien como King, cuyos libros se han vendido -y se siguen vendiendo- por millones, además de conocer como se forma un escritor.
Mientras escribo consta de dos partes: La primera de ellas es la autobiografía del amo del terror norteamericano; y la segunda es practicamente un manual para el aspirante a escritor. A pesar del contenido del libro, que parece ser aburrido, este es bastante divertido y ameno. King cuenta su vida desde una edad muy temprana, nos refiere los sucesos que influyeron en él para que tomara el camino de la literatura; y nos hace participes de sus vivencias (buenas, malas y catastróficas) como la emoción que le provocó el aviso de aceptación para la publicación de su primer novela, Carrie. A la vez confiesa como, sin darse cuenta, se vio atrapado por la adicción a las drogas; situación que logró superar gracias al amor que le demostraron en los momentos mas dificiles su familia y sus amigos.
King narra sus inicios como escritor a muy temprana edad. Es sorprendente saber que los relatos cortos que escribía entonces, los enviaba a las diferentes revistas literarias americanas de su época. En una de las primeras treinta paginas de su biografía comenta:
"Cuando tuve catorce años (y me afeitaba dos veces por semana, hiciera o no falta), el clavo de mi pared ya no aguantaba el peso de todas las notas de devolución que había ido acumulando. Lo sustituí por uno mas largo y seguí escribiendo. A los dieciséis ya había recibido algunas notas con mensajes a mano un poco mas alentadores que el consejo de no grapar y usar clips. La primera de las notas esperanzadoras era de Algis Budrys al sazón director de Fantasy and Science Fiction, que leyó un cuento mio titulado La noche del tigre [...] y escribió: El cuento es bueno. No está en nuestra línea, pero es bueno. Tiene usted talento. Envíenos mas cosas.
Solo eran cuatro frases cortas garabateadas con una pluma que manchaba mucho, pero alegraron el triste invierno de mis dieciseis años."
Conforme se avanza en la lectura del libro, se da uno cuenta de que también los escritores comerciales como King están comprometidos con la literatura y tienen una formación con bases solidas; una de estas bases son las referencias que King cita sobre las obras de escritores como Cervantes (en la edición en ingles), Joyce, Hemingway, Faulkner, Updike, Edgar Allan Poe, entre otros grandes de las letras.
La segunda parte libro, que trata sobre técnicas y consejos sobre el oficio de escribir, se divide a su vez en cuatro secciones: Herramientas, Escribir, Posdata y Coletilla, segunda parte: Una lista de libros. Aquí se trata de un par de remos para tu canoa si ya te embarcaste en la apasionante aventura de escribir.
Al igual que sus novelas y sus libros de cuentos, King atrapa con su tremenda forma de narrar y de enseñar, precisamente, el arte de narrar. Mientras escribo es uno de esos libros que no solo resultan absorventes, sino que además es del tipo de los cuales uno aprende mucho.
Los dejo con dos comentarios de Stephen King sobre el oficio de escribir que encontraran en el libro.
"El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). [...] Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la pagina en blanco a la ligera."
"Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo."