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jueves, 20 de febrero de 2014

Volver a escribir







Cuando menos lo esperaba, y sin que me diera cuenta, el diablo llegó a mi lado mientras escribía en mi vieja y traqueteada laptop y se la llevó con toda la desfachatez que lo caracteriza. La verdad es que no le fue complicado hacer de las suyas, mi laptop ya había sobrevivido a muchos de sus embates y no pudo con este último. El disco duro dejó de existir dejando la pantalla en completa oscuridad. 
     Como siempre ocurre en momentos así, lamenté todo aquello que pude haber escrito y que ya no teclearía más frente a mi fiel computadora portatil, amiga, confidente y centinela incorruptible de mis sueños, mis obsesiones, mis deseos más profundos, mis adicciones, mis gustos, mis manías –porque todos las tenemos, aún cuando muchos las nieguen-,y mis secretos.
    En el momento en que mi laptop perdió el pulso intenté contactar por medio de facebook a los ingenieros en sistemas que conozco y sé que, además de ostentar un profesionalismo intachable, son de lo mejor que uno puede encontrar en el laberíntico campo de la informática. Sólo uno de ellos respondió mi llamado y me pidió que le llevara a la paciente para intentar volverla a la vida. Después de una revisión a fondo su conclusión fue devastadora para mi ánimo: el disco duro dio lo que tenía que dar y no volvería en sí jamás. Mi computadora ha estado nueve años a mi lado. No puedo quejarme de su vida útil. Sin embargo duele la nostalgia de haber tecleado en ella mis primeras ideas literarias, mis primeros textos, mis primeros cuentos, mi primer borrador del capítulo inicial de una novela. También duele el recuerdo de las noches que pasamos juntos sin dormir, yo al amparo de varias tazas de café negro y ella apoyada en la todavía enorme fortaleza de su sistema. Pero lo que más duele, y es algo de lo que no sé si podré reponerme, es que mi laptop conservaba ensayos, cuentos y futuros post para mi blog, notas de investigación y todo tipo de textos que por falta de tiempo, por exceso de confianza y por negligencia no respaldé y el disco duro se llevó a la tumba. Las lecciones más útiles que se aprenden en la vida son aquellas que vienen al lado de los golpes que nos dejan sin sentido antes de que podamos apreciarlas y antes de que podamos echar mano de ellas.
     Estás líneas las escribo desde una nueva, moderna, funcional y atractiva laptop que recibí como regalo de navidad por parte de mi hermano –muchas gracias, carnal-, quién al saber de mi pérdida no dudó en buscarme una nueva compañera de sueños. Un motivo, una razón más para seguir On Writing. 
     Acumulé varios meses sin escribir y justo cuando comenzaba a teclear de nuevo, y con un entusiasmo  como el de mis primeros días frente a la página en blanco, mi laptop emprende el camino al más allá. Entonces sigo sin escribir. Porque me ocurre algo similar a lo que  describe Stephen King en Mientras escribo: “La verdad es que prefiero la escritura normal [tecleando]; lo malo es que cuando cojo la directa [manuscrita] no puedo seguir el ritmo de los renglones que se me forman en la cabeza y me agobio”. En lo personal, cuando escribo con pluma sobre un generoso fajo de hojas de máquina o en algún cuaderno, siento que se me arremolinan las ideas y no alcanzo su ritmo al intentar aterrizarlas sobre el papel.   
     En el tiempo en que la tragedia ocurre, asisto a presentaciones de libros y me encuentro con amigos y colegas lectores y fraguadores de letras, quienes comentan que gustan de mis textos y cuyos elogios levantan mi ánimo para seguir escribiendo. Entre ellos se encuentra una escritora que admiro mucho: Magda Madero. Mi entusiasmo se eleva tanto que decido irme por la libre e intento garabatear en el papel para después teclearlo en la hoja virtual de Word de la computadora de algún Café Internet. Y entonces mi hermano, como heraldo del destino, aparece con un obsequio incomparable: una computadora nueva. 
   Son demasiados eventos seguidos como para tratarse de coincidencias. Llegó el momento de volver a escribir.

lunes, 9 de enero de 2012

Un desafiante propósito


Las personas que tienen por hábito inherente la lectura diaria, sobre todo de libros, son pocas, son minoría, una minoría que es mucho más numerosa en los países de primer mundo como los de la Unión Europea y el Nuevo Imperio Romano renacido en América: Los Estado Unidos. Según estudios, encuestas y estadísticas, los europeos que leen -que en serio leen- devoran cincuenta libros al año, o sea un promedio de un libro por semana, récord que a simple vista parece difícil hasta para quienes de este lado del mundo sí engullimos con la vista, de principio a fin, un buen número de libros en trescientos sesenta y cinco días. La hazaña anual de los lectores del Viejo Continente, por simple lógica, es imposible para los mexicanos que no leen ni el instructivo del celular de última tecnología que acaban de comprar y del que no utilizan ni la quinta parte de sus funciones porque el motivo que los llevó a hacerse de él no fue la necesidad utilitaria sino el apantalle social.
Pero volviendo a los lectores europeos, muchos apasionados de la lectura de por acá se preguntarán cómo es que hacen del otro lado del Atlántico para chutarse semejante cantidad de libros en doce meses. Quizá a cualquier lector que en verdad ama los libros, y la letra impresa en todos los formatos, sin importar el lugar del orbe donde habite, también le parece increíble la cantidad de horas que el mexicano promedio pasa frente a las pantallas, tanto del televisor como de la computadora, como mero esparcimiento, pantallas que en vez de despertar y acrecentar su intelecto, lo adormecen. Quienes no leen ni un solo libro al mes y según ellos desean sumar la lectura a su flaco costal de hábitos útiles y enriquecedores, deberían de inventariar las horas que pierden enajenando su vista con telenovelas que de tan trilladas son una mentada directa al teleauditorio, con programas y series que descubren el nudo y el final mucho antes de llegar a la mitad de su duración, y con noticias veladas y expuestas con maña para lograr la persuasión y el efecto deseados en la mayoría de quienes las ven y escuchan a través de la caja-loro, que es como nombra Stephen King al televisor en Mientras escribo. Y ni que decir del monitor de la computadora y las pantallitas de los teléfonos celulares como el Blackberry, donde la adicción a las redes sociales y a la vagancia virtual, adicción que puede volverse insaciable, hace que las cabezas de los cibernautas naufraguen en los escollos de un yermo cansancio mental. Es principalmente por estas razones que la minoría conformada por los lectores de hueso rojo intenso es más pequeña en países como el nuestro.
Hay algunos factores importantes en países como Inglaterra, España, Francia y Alemania que ayudan a que los lectores acrecienten su número de libros leídos, como el trasporte público, preferido por muchos habitantes de estos lugares en vez de la monserga de manejar sus autos dado que los autobuses y los trenes urbanos son muy cómodos y seguros y permiten una agradable lectura mientras se recorre la distancia de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, o de cualquier punto de la ciudad a determinado destino.
Aun con todas las circunstancias que arrastramos los mexicanos, como el pésimo servicio del trasporte público, los altos precios en las novedades editoriales, las exhaustivas jornadas laborales que en su mayoría superan las ocho horas diarias, la poca cantidad de librerías y bibliotecas que existen -como es el caso de Torreón-, sí es posible que también nosotros leamos una media de cincuenta libros al año. Si en vez de vagar sin rumbo fijo por Internet se baja un libro electrónico (Google enlaza con innumerables sitios web donde es posible descargar libros gratis) y se lee en todos esos momentos sin quehacer en que se recurre al monitor de la computadora para mandar ese tiempo al otro mundo, si en vez de encender la televisión abrimos un libro que nos guste o nos hayan recomendado, saborear completo un libro a la semana del grueso de unas cien o ciento cincuenta páginas no es difícil, mucho menos imposible.
Uno de mis propósitos de año nuevo es zambullirme en la cruzada de jugarse el todo por el todo con el fin de llegar a los cincuenta libros leídos, y comprendidos, antes de que caiga la hora cero en los relojes el último día de diciembre de este 2012. Por supuesto, si antes no se acaba el mundo. Aunque en realidad en muchos casos, como alguien escribió por ahí, el mundo ya se acabó para aquellos que creen que acabará este año de acuerdo a supuestas interpretaciones de profecías mayas.
Mientras son melones o son simples naranjas, y de acuerdo al mito convertido en rito que reza que aquello que hagamos durante el primer día del año lo haremos el resto de sus días, yo ya comencé con el primer libro el primero de enero: Nuestro libro de cada día, de José Saramago. Y aunque es cierto que es un libro de no muchas páginas, apenas un promedio de cuarenta y siete, con su lectura sólo me faltan cuarenta y nueve por engullir. Voy por ellos y por todas y cada una de sus páginas.

lunes, 9 de marzo de 2009

Stephen King, el arte de escribir bestsellers


Existen intelectuales y pseudointelectuales (de los cuales conozco muchos) que dicen odiar los bestsellers; su afirmación es contradictoria. Rechazan -según ellos- los super ventas, pero admiran a escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti y otros tantos mas genios y figuras de la literatura; y no solo eso, algunos aseguran que poseen todos los libros de uno, dos o más de estos escritores. Lo que ocurre es que estos engreídos tipos, que deben su orgullo a lo mucho que han leído sin a veces siquiera tener un relato decente y publicado, se hacen tontos; los tres escritores latinoamericanos que menciono tienen en su haber varios libros -si no es que todos- que son bestsellers.
Esta introducción se debe a que hoy abordaré como tema la reseña de Mientras escribo, de Stephen King. Recomiendo este libro a toda aquella persona a quien no lo deje en paz el gusanito del deseo de ser escritor; también a todos los que tengan curiosidad por saber que hay detrás de alguien como King, cuyos libros se han vendido -y se siguen vendiendo- por millones, además de conocer como se forma un escritor.
Mientras escribo consta de dos partes: La primera de ellas es la autobiografía del amo del terror norteamericano; y la segunda es practicamente un manual para el aspirante a escritor. A pesar del contenido del libro, que parece ser aburrido, este es bastante divertido y ameno. King cuenta su vida desde una edad muy temprana, nos refiere los sucesos que influyeron en él para que tomara el camino de la literatura; y nos hace participes de sus vivencias (buenas, malas y catastróficas) como la emoción que le provocó el aviso de aceptación para la publicación de su primer novela, Carrie. A la vez confiesa como, sin darse cuenta, se vio atrapado por la adicción a las drogas; situación que logró superar gracias al amor que le demostraron en los momentos mas dificiles su familia y sus amigos.
King narra sus inicios como escritor a muy temprana edad. Es sorprendente saber que los relatos cortos que escribía entonces, los enviaba a las diferentes revistas literarias americanas de su época. En una de las primeras treinta paginas de su biografía comenta:
"Cuando tuve catorce años (y me afeitaba dos veces por semana, hiciera o no falta), el clavo de mi pared ya no aguantaba el peso de todas las notas de devolución que había ido acumulando. Lo sustituí por uno mas largo y seguí escribiendo. A los dieciséis ya había recibido algunas notas con mensajes a mano un poco mas alentadores que el consejo de no grapar y usar clips. La primera de las notas esperanzadoras era de Algis Budrys al sazón director de Fantasy and Science Fiction, que leyó un cuento mio titulado La noche del tigre [...] y escribió: El cuento es bueno. No está en nuestra línea, pero es bueno. Tiene usted talento. Envíenos mas cosas.
Solo eran cuatro frases cortas garabateadas con una pluma que manchaba mucho, pero alegraron el triste invierno de mis dieciseis años."
Conforme se avanza en la lectura del libro, se da uno cuenta de que también los escritores comerciales como King están comprometidos con la literatura y tienen una formación con bases solidas; una de estas bases son las referencias que King cita sobre las obras de escritores como Cervantes (en la edición en ingles), Joyce, Hemingway, Faulkner, Updike, Edgar Allan Poe, entre otros grandes de las letras.
La segunda parte libro, que trata sobre técnicas y consejos sobre el oficio de escribir, se divide a su vez en cuatro secciones: Herramientas, Escribir, Posdata y Coletilla, segunda parte: Una lista de libros. Aquí se trata de un par de remos para tu canoa si ya te embarcaste en la apasionante aventura de escribir.
Al igual que sus novelas y sus libros de cuentos, King atrapa con su tremenda forma de narrar y de enseñar, precisamente, el arte de narrar. Mientras escribo es uno de esos libros que no solo resultan absorventes, sino que además es del tipo de los cuales uno aprende mucho.
Los dejo con dos comentarios de Stephen King sobre el oficio de escribir que encontraran en el libro.
"El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). [...] Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la pagina en blanco a la ligera."
"Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo."