martes, 14 de septiembre de 2010

Ejercicios literarios I: Reseña

Esto que ves es un rostro, ¿Pero de qué, de un cuento o de una novela?


A partir de la segunda mitad del Siglo XX los escritores latinoamericanos llamaron la atención en todo el mundo debido a sus propuestas literarias frescas, vanguardistas y con una calidad irrefutable. Jorge Luis Borges ya había comenzado a garabatear, antes de los años cincuenta, sus cuentos fantásticos que hasta la fecha pocos entienden; entre sus libros más conocidos están Ficciones (1944) y El Aleph (1949). En México, a comienzos de la segunda mitad del Siglo pasado, Juan Rulfo revolucionó la forma de escribir una novela con Pedro Páramo (1955). Se podría decir que es a partir de la aparición de Pedro Páramo que muchos otros escritores en Latinoamérica lanzan al mercado obras rebosantes de una literatura que no se había visto hasta entonces. Entre los exponentes más famosos del llamado Boom de la literatura latinoamericana están Julio Cortázar y su inigualable e inagotable Rayuela (1963), Mario Vargas Llosa y su juego con el tiempo en La casa verde (1966), y Gabriel García Márquez y las historias entremezcladas de todos los integrantes de la familia Buendía en Cien años de soledad (1967).
En este siglo que corre algunos escritores no se han quedado atrás y también han arrojado propuestas a las aguas cambiantes de los océanos literarios actuales. Una de esas propuestas es la novela Esto que ves es un rostro, de la escritora española Lolita Bosch. Además de ser su primera novela, esta obra la llevó a conseguir el "Premio de Experimentación Literaria de Òmnium Cultural" en el 2004.
Esto que ves es un rostro trata sobre una mujer joven a quien se le acaba de morir su padre. La chava va escribiendo a manera de diario las impresiones y vivencias que le deja la muerte del hombre que, a pesar de ser el único sobreviviente a un incendio además de ella, no frecuentaba y al que cree culpable de la muerte de su madre y sus hermanos a causa de las llamas. La forma en que escribe Elisa Kiseljak, la protagonista, es siguiendo a su alter ego y lo que este le dicta; sigue a su consciencia, a su otro yo, diría Benedetti, y todo lo que ese otro yo recuerda de su presente, de su pasado, del tiempo que ha vivido y que está por vivir es viéndolo como un corredor, un pasillo con muchas puertas con un número cada una de ellas. Esas puertas representan los años que se fueron y los que vendrán. La propuesta de Bosch es interesante, su pluma da correría desbocada a largas frases durante toda la novela, frases que a veces en más de media página no llevan ningún punto, ninguna coma y tampoco punto y coma. Las frases simplemente se suceden a través de la voz del alter ego de la protagonista como una serie de pensamientos que llevan un orden pero vuelan desbocados mientras ella los sigue y los aterriza en el papel.
La novela de Bosch deja mucho trecho abierto para que el lector lo llene con sus conclusiones y su imaginación. Se entiende que el cadáver del padre tiene el rostro desfigurado, y ahora que la hija lo puede ver, no lo reconoce y busca hacerlo a través de tres textos del fallecido; esos tres textos son, a mi parecer -junto con la propuesta de las frases sin las anclas de la puntuación- lo mejor de la novela. Los tres textos son bastante poéticos, parecen versos escritos uno seguido del otro y solo separados, estos sí, por puntos y comas; además están escritos en cursiva, lo que les da un toque muy ad hoc.
Un detalle bastante intelectual que habla muy bien de Lolita Bosch es el hecho de que incluyó, cómo inicio de la novela, un párrafo de Luz de agosto (1932), de William Faulkner.
La novela de Bosch me gustó, pero siento que queda a deber, por el hecho que es repetitiva en algunos de sus párrafos, además de que sí se llega a notar en algunos de ellos la falta de las comas en frases que, a mi parecer, debieran llevarlas. Algo a favor de esta propuesta de escritura es que, a pesar de la falta de puntuación necesaria, si es comprensible la trama y si se pueden detectar los comienzos y finales de dichas frases. A leguas se nota la influencia en la escritora española del último capítulo del Ulises, de James Joyce, donde una serie de pensamientos desenfrenados pueblan las páginas dando pie a que el lector los interprete cómo más le venga en gana; pero, aun así, Joyce es Joyce.
También me parece que la extensión en el número de páginas deja la clasificación de la historia entre un cuento largo y una novela corta, aunque con mucho más de cuento que de novela.
Esto que ves es un rostro convence aun cuando le hace falta esa parte de la narrativa que da las características necesarias para que una historia se considere novela.

El guiño


No son pocas las veces que una pregunta ha flagelado mi pensamiento y mi consciencia inútilmente, y esa pregunta es ¿Porqué no seguí mi instinto literario en el momento en que me hizo el primer guiño? Si así lo hubiera hecho lo más seguro es que, en vez de estudiar contabilidad, ahora tendría en mis haberes el título, y hasta la maestría, de una licenciatura en letras o por lo menos en ciencias de la comunicación. El guiño que no advertí lo recibí mientras cursaba los primeros semestres de preparatoria, y fue en la clase de “Taller de lectura y redacción”. Por aquel entonces conocí a Kafka, a García Lorca, y algunos otros escritores de lujo de quienes nos encargaban, como tarea semanal, leer completa una de sus obras y hacer el resumen con todo aquello que nuestra memoria retuviera. La maestra de esta clase era eficiente, nos obligaba a leer mediante la amenaza de que ella leería todos y cada uno de nuestros resúmenes y si ante sus ojos pasaban dos tareas iguales, una de alguien que sí cumplió y la otra un clon hecho por un flojonatas, a ambos alumnos les pondría cero dado que a su juicio era imposible identificar el trabajo original del trabajo copiado. Algunos compañeros confiaron en que la amenaza no iba a pasar de ser solo amenaza y tanto al alcahuete como al holgazán les signaron con un círculo colorado sus cuadernos del taller.
Yo disfrutaba leyendo y escribiendo los dichosos resúmenes, pero esta situación no fue el guiño a que me refiero. En la sección del semestre que yo cursaba había una chava muy guapa y, hay que reconocerlo, muy viva: a veces me pedía que le leyera mi resumen del libro en turno, y en base a lo escuchado ella redactaba el suyo. Nunca me negué a sus peticiones, que ojalá y hubieran llegado más allá de lo académico, ya que bastaba que me mirara para perderme en sus lindos ojotes color miel. La chava tenía otras cualidades; además de guapa era muy buena onda y también muy estudiosa. Y algo más: gustaba de la literatura. Cuando no escribía su resumen al parecer se debía a que trabajaba por las tardes en una miscelánea que tenían sus papás en donde si la chamba se tornaba agobiante no le daba chanza de leer el libro entero que tocaba.
El guiño consistió en que, al enterarme del gusto por la literatura de mi guapa compañera, escribí mis primeros cuentos para ella; fueron dos y los garabateé en una sola tarde. Recuerdo que la experiencia fue parecida a un ejercicio de escritura en automático. Tenía la idea del comienzo de una historia y un espejismo nebuloso del final, así que comencé a escribir cómo poseído, perdido entre las cuartillas rayadas que mi puño llenaba de ficción. Terminé un primer relato. No me gustó. Trataba sobre un callejón (al parecer así se llamaba el cuento, El callejón) en el que un fantasma se la pasaba dándole cuello, bueno...matando, a todo aquel que cruzara por allí. Cuando llegué la final del relato lo leí y releí y no me llenó el ojo. Me pareció que la historia, en vez de dar miedo y despertar el terror escondido del lector, iba a parecer floja, y con un final cursi. Aun así me la quedé, pero decidí escribir otra. Otra vez me parecía que era la pluma, y no yo, quien escribía, que mi mano solo sostenía al bolígrafo mientras se dejaba llevar a la velocidad que él quería. Prácticamente no paraba de tatuarle palabras a las hojas del cuaderno, y cuando me detenía un pequeño instante era porque había cometido un error en algún vocablo.
El segundo cuento me llevó más tiempo, lo terminé casi anocheciendo. Al escribir la última palabra apliqué la misma catadura: lo leí y releí. Me gustó. La trama del relato se basaba en una nave espacial extraterrestre que caía cerca de un ranchito donde un chavito de diez años vivía en la casa de su abuelo. El mocoso, curioso cómo él solo, veía caer una especie de pequeño sol -la nave- en los alrededores de una laguna cercana al poblado y salía a la noche para averiguar que había caído del cielo. Al llegar a la laguna, el chavito descubría la nave y a sus tripulantes, Los Guerreros Solares (fue cómo nombré el cuento), descendiendo de una especie de estopa gigante en llamas, unas llamas que eran capaces de dejar ciego a cualquier humano que las mirase. A partir de ahí se desarrollaba la historia. El título me lo fusilé de una película que por aquellos años andaba de moda y que en español se tradujo así, Los Guerreros Solares. Era todo lo que yo conocía de dicha cinta, y lo único que conocí, puesto que nunca la vi.
Al día siguiente le platiqué a mi compañera, la chava de los lindos ojotes color miel, mi hazaña literaria y me pidió que la dejara leer los cuentos. Lo hice y le gustó el de Los Guerreros Solares. Ya encarrerado y con semejante motivación, escribí un tercer relato, bastante cursi y agringado, al que titulé Los amigos y que trataba sobre dos policias que se echaban tanto la mano que, en vez de amigos -ahora que lo pienso- parecían una pareja de gays. No recuerdo si se lo di a leer a mi bella e inquietante amiga, pero si así fue no le ha de haber gustado igual que el de los guerreros, porque no se me grabaron sus elogios para el cuento; quizá fueron nulos.
Este es el guiño al que me refería al principio del post, guiño al que no hice caso cuando disfrutaba y sufría mi adolescencia. La literatura no volvió a flirtearme hasta hace ocho años, cuando retomé el hábito de la lectura hasta volverme un adicto compulsivo. Y de tanto leer desperté a la loca de la casa, la imaginación, que me estuvo muele y muele con la idea de que escribiera, y le hice caso. Y heme aquí, azotando el teclado cada vez que las palomas, los murciélagos, o vayan ustedes a saber qué, se cuelan al campanario.
Hay que hacer caso al guiño, al instinto, eso que algunos llaman sexto sentido, porqué cuando embate con la fuerza descomunal de un rayo, seguro nos está gritando la verdad de algo que aun no hemos visto, pero que es cierto, y que necesitamos descubrir.

viernes, 20 de agosto de 2010

Depresión en línea


Toda esta semana me sentí, y me sigo sintiendo, cansado, desganado y algo deprimido. La razón principal la achaco a que el fin de semana pasado salí de viaje a Parras de la Fuente, Coahuila, en plan de trabajo. Estuve por el oasis de las viñas y el buen vino la noche del viernes, todo el sábado y la mañana domingo sin parar de trabajar más que para comer, descansar un poco -muy poco, un poquitín- para después seguir atendiendo gente deseosa del conocimiento y costo de nuestros productos automotrices. Así que solo descansé el domingo por la tarde, ya en Torreón, para continuar temprano el lunes por la mañana con las labores diarias. El cansancio ya me acechaba socarronamente antes del corto pero pesado viaje, y desde el lunes barrió conmigo; creo que me quiere exprimir hasta la última gota de energía, porque no me ha soltado.
Por si el cansancio no fuese suficiente la depresión le está haciendo segunda sobre mí y, aunque es pequeñita, mi ánimo la resiente cómo si se tratara de la piedrota que carga en las imágenes oficiales El Pípila antes de prender fuego a las puertas de La Alhóndiga de Granaditas.
La ventaja que tengo contra estos dos huéspedes indeseables que se han alojado en mi cuerpo y mi mente es que sé de donde viene cada uno de ellos: el cansancio, cómo mencionaba, del viaje sin descanso a Parras; y la depresión me la contagió el famoso y mentado facebook.
Allá por el miércoles más o menos, hará cómo nueve días, me di de alta en el lugar más famoso en cuanto a redes sociales vía Internet se refiere: facebook. En realidad no creo mucho en eso de poder hacerse de cerros y cerros de amigos en México y en cualquier parte del mundo. Yo más bien ingresé al facebook con fines comerciales y profesionales, fines que en casi semana y media no han avanzado nada. Eso sí, se pierde un montón de tiempo actualizando el perfil y revisando los mensajes, notas y comentarios de tus amigos y contactos. Durante la primera navegada en este sitio social tuve una sensación rara, me sentí extraño, sin ganas de nada y como deprimido, más bien me sentí deprimido. ¿Por qué? Hasta ahora no lo sé a pesar de que lo he meditado bastante. Simplemente es como si el sitio te transmitiera la depresión de alguien más o de todos cuantos están dados de alta y circulan en él. Lo positivo de mi reacción ante el facebook es que cada vez lo visito menos y solo reviso mi muro cuando considero que hay algún mensaje, aviso o comentario importante por parte de mis amigos o de alguien que desea ser mi amigo.
Nunca lo hubiese pensado, menos hecho, de no ser por el facebook, pero la noche de mi primer encuentro con la red social virtual, busqué en mi cava de letras un libro de motivación personal -imaginen cómo andaría- y lo leí hasta que mi ánimo mejoró. El libro salvavidas, salvamentes y salvaincautos victimas del facebook fue, y es, Ya deja de buscar… ¡Encuéntrate!, de Olga Nelly García, locutora regia que tiene un programa de radio por las tardes en multimedios y que se trasmite por el 93.1 de FM aquí en Torreón. Aunque no lo crean, y no lo menciono solo porque me sacó del mar de la tristeza sin razón, es un buen libro. En cuanto lo terminé pienso subir la reseña.
Ahora soy más precavido y tengo cuidado con el facebook; incluso pienso que, si no me proporciona buenos contactos profesionales y comerciales, que -como comento- fue el objetivo principal de enrolarme en ese océano de personas con relaciones virtuales, voy a darme de baja. No sé si alguien lo ha notado, pero todas las pantallas, ya sean las de computadoras, televisores, cine, celulares y hasta video juegos portátiles, le chupan a uno la energía y son como cualquier droga: después de pasar el efecto placentero que producen, te dan cruda. Así que cuidado con ellas, no hay que regalarles demasiado tiempo, y menos si es tiempo improductivo.

miércoles, 11 de agosto de 2010

México en las noticias internacionales gracias a un chícharo


El futbol me es indiferente. Si bien es verdad que he llegado a emocionarme un poco cuando el equipo local, El Santos Laguna, ha sido protagonista en la liguilla y ha llegado a la final cómo ocurrió la temporada pasada, no despotrico de euforia en cuanto los guerreros anotan un gol, no arremeto con vulgaridades y leperadas contra el equipo contrario, y mucho menos despierta en mí el deseo irrazonable de cortarme las venas cuando pierden los verdiblancos. Igual reacciono con la Selección Mexicana. Tampoco niego que sentí un gusto como pocos cuando los nuestros le pusieron una patiza a los italianos y a los franceses; a los primeros fue en un partido previo al pasado mundial y a los segundos en pleno mundial. Pero aun con todo, las emociones al límite que explotan en los aficionados y fanáticos gracias al futbol me parecen sin razón y en la misma gran proporción pienso que son inútiles. ¿Que ganamos cuando los guerreros del Santos Laguna golean al contrario? Nada que yo sepa. La Selección Mexicana siempre es pintada cómo un grupo de héroes que no parecen de carne y hueso, sino semidioses del balompié, grupo que siempre nos decepciona llegando a donde mismo en todos los mundiales y soltando un montón de excusas en vez de aceptar que lo que les falta no es talento si no actitud. Eso sí, los jugadores aztecas son buenísimos anunciando el Pan Integral Bimbo y su famosa frase de “Haz sándwich”. El Rafa Márquez no se queda atrás, el güey parece galán de telenovela anunciando rastrillos con triple hoja de corte diamante que proporcionan una mejor rasurada, al ras y por más tiempo.
Por eso hay que emocionarnos, pero cuando los periódicos dejen de publicar nota roja donde aparecen decapitados, jóvenes acribillados en fiestas de cumpleaños y en inauguraciones de bares, balaceras entre grupos rivales y entre el crimen y los cuerpos de seguridad donde mueren mujeres, niños, jóvenes y demás inocentes que pasaban por el lugar. También hay que emocionarnos cuando nuestros jóvenes hagan algo importante a nivel mundial, que es a donde voy.
Antier por la noche, viendo el noticiero de Joaquín López Dóriga, una noticia me llenó de orgullo y despertó en mí el deseo de ser mejor en todos los aspectos: en el trabajo, cómo mexicano y, lo más importante, en la búsqueda continua de alcanzar mis sueños, que importa que suene a frase barata de motivación personal. La noticia fue en el rubro deportivo internacional y hacía mención de las hazañas del Chicharito Hernández cómo jugador del Manchester United en las tierras del Rey Arturo. Tres Partidos, tres golazos, y la alineación del joven futbolista mexicano como titular en el famoso equipo inglés.
Parece que contradigo mis palabras, las que teclé al principio de este post, pero no. ¿Qué ganamos emocionándonos con las patadas acertadas al balón y sin piedad del Chicharito? Nos damos cuenta que la juventud se impone y da el ejemplo de que si los mexicanos nos lo proponemos podemos llegar a donde nos dé la gana, cómo el Chicharito Hernández, que está demostrando que juega un tremendo futbol, y está asombrando al viejo continente, al orbe entero, y a nosotros mismos, los mexicanos, con su talento y su entrega en las canchas europeas.

martes, 20 de julio de 2010

Música nocturna del fin de semana


La música nocturna de la que habla Jaime Muñoz Vargas en uno de sus artículos de Ruta Norte me despertó la madrugada de este domingo que acaba de pasar: el tableteo producido por los disparos de armas de alto poder. Era la una pasada cuando las mortíferas ráfagas de plomo terminaron con el oscuro silencio de Torreón dando paso al oscuro ruido. Fui testigo auditivo dado que vivo a unas cuantas manzanas del lugar donde se jalaron los gatillos a sangre fría. Debido a la hora, la noticia ya no alcanzó a salir en los diarios, pero ayer lunes apareció tanto en La Opinión Milenio como en El Siglo de Torreón. Las consecuencias de esta nueva barbarie fueron entre 17 y 18 jóvenes asesinados y 17 heridos. Claro y por supuesto que los números pertenecen a las rasuradas cifras oficiales.
Los cruentos hechos se materializaron en la Quinta Italia Inn, inmueble que se encuentra dentro del Ejido San Luis, a espaldas de una agencia funeraria ubicada sobre el periférico Raúl López Sánchez (si no imagino mal, la funeraria debe ser Gayosso). En el lugar se encontraba un nutrido grupo de jóvenes, algunos de ellos integrantes de un equipo deportivo, celebrando un cumpleaños cuando de buenas a primeras llegaron varios vehículos de los que bajaron sujetos armados hasta los dientes con rifles y metralletas como si estuviéramos en Irak, se metieron a la quinta y dispararon contra todos los asistentes, incluyendo a los integrantes del grupo musical Banda Ríos que amenizaba la pachanga; algunos de los músicos perdieron la vida.
En la imagen que subí a este post les muestro los nuevos instrumentos musicales con que se amenizan las noches de La Laguna: Los rifles de grueso calibre conocidos y temidos con el famoso mote de Cuernos de Chivo.
Pero bueno, esta noticia es el pan nuestro de cada día en esta terregosa y abrasante región sin ley. Ni modo. Mejor es pensar en la Macro Plaza que está construyendo el flamante Presidente Municipal de Torres -que se preocupa por las demandas y necesidades de su gente- y El Gobierno de la Gente (si las cosas siguen así, va a ser el Gobierno de la gente muerta), que, la verdad, dicen que va a quedar bien chingona. También hay que prepararse para la inauguración del próximo torneo del futbol mexicano profesional de primera división. Hay que apoyar al Santos aunque, igual que el Tri, al final dé pena ajena; tanto pinche estadio para nada, tanta piche publicidad para convertirlos en héroes, pero como el de la canción Soldado del amor que Mijares convirtió en éxito hace décadas: "héroes de mentira y gigantes de papel".
Que hay balaceras en donde mueren mujeres, niños, jóvenes y demás incautos inocentes…ni modo, pobres desafortunados, de todos modos algún día se iban a morir. Nada se gana con preocuparse e indignarse. Mejor es prepararse para el fut con unos buenos botes, una jugosa carne para asar y la camisa oficial del equipo. Ah, y no hay que descuidar el echarle una ojeada al proyecto de la nueva Presidencia Municipal para vigilar que quede chingonsísima y así despierte la envidia de los regios.

viernes, 9 de julio de 2010

Acequias 52


Ayer por la tarde en Librerías Gandhi sucursal Torreón, a eso de las 19:30 hrs., fue la presentación del número 52 de la revista literaria Acequias, que publica la Universidad Iberoamericana Torreón. La chamba, la que me da el pan nuestro de cada día, me enclaustró toda la tarde en un curso de capacitación y desgraciadamente no pude asistir al evento. En cuanto salí del aula, a eso de las ocho pasadas, convertí mi auto compacto en una saeta de fuego (esta metáfora me la fusilé de Harry Potter) y llegué a Gandhi a las ocho y media, pero ya no encontré a ninguno de los presentadores ni al público que asistió a conocer el nuevo número de la publicación. No me quedó de otra que agenciarme un buen bonche de Acequias que me encontré en la mesa de centro del área de café con que cuenta la librería y que es generalmente donde se llevan a cabo las conferencias y las presentaciones de lo más nuevo en cuanto a publicaciones.
Siempre que tengo el tiempo en mis manos, o más bien que el tiempo me suelta de sus manos, asisto a las presentaciones de la tremenda Acequias, cuyo timonel es el poeta sinaloense Julio César Félix, pero ayer de plano no pude.
Esta es la presentación que más me ha dolido perderme de Acequias, porqué en este nuevo número se publica una reseña de mi autoría sobre Leyenda Morgan, de Jaime Muñoz Vargas, reseña que subí a este espacio el pasado 30 de mayo.
Acequias es de distribución gratuita, o sea "de a grapa", y la pueden encontrar el las principales librerías de la región, cómo en Gandhi y la librería del FCE que está a un lado del Teatro Isauro Martínez, y en los centros culturales comarcanos, cómo el Icocult y el CINART (que ya están en las mismas instalaciones: en la antigua estación del ferrocarril de Torreón).
Una felicitación a Julio César Félix y a todo el equipo editorial de Acequias por este número 52, que, además de sus nuevas secciones que incluyen crónica y cómic, está de lujo.

martes, 6 de julio de 2010

Ahora le tocó a Francisco Amparán


Hay una expresión de la cual ignoro su origen y que solo he escuchado en voz de algunos compañeros de la oficina representada en la frase “se lo cargó el payaso”, o séase “se murió”. En caso de que se trate de una mujer sería “se la cargó el payaso”. Cuando recién escuché estas palabras tan simples, tan chuscas y poco comunes (al menos para mí) para referirse al fallecimiento de alguien, primero, solté una carcajada dado que no se trataba de alguien conocido -ni querido- en esa ocasión inicial que oí mencionar la mentada frase; segundo, me puse a pensar en el posible origen de la expresión y a lo único que llegué fue a la novela It, de Stephen King, que, cómo la mayoría de sus producciones literarias, fue a parar a la pantalla grande. ¿Por qué It? Porqué en el pueblito lluvioso donde se desarrolla la trama de la película, un ente maligno con fisonomía de payaso muy a la Mc Donald´s anda mate y mate niños (algo le han de haber hecho los cabrones mocosos). De ahí en más no encuentro otra relación con “se lo cargó el payaso”; no al menos que me satisfaga.
Bueno, pues últimamente el payaso ha andado hiperactivo en México, patrocinado principalmente por el crimen organizado, y ni que decir de la plomeada Comarca Lagunera. Lleva tanto vuelo el payaso que, el fin de semana que no hay balaceras significativas en La Laguna, no se detiene a descansar y se carga a quien se le ponga enfrente, cómo hizo el domingo pasado con el escritor lagunero Francisco Amparán, mejor conocido en el periodismo, la literatura y el ámbito cultural en general cómo Paco Amparán, y cuyo nombre completo era Francisco José Amparán Hernández. La muerte de este tremendo periodista y escritor lagunero me ha impactado, y más a sabiendas de que era muy joven, al menos para morir; tenía 52 años. Hago el comentario de su fallecimiento con la susodicha frase del payaso porqué en las dos columnas que tenía Paco Amparán en El Siglo de Torreón escribía sobre los problemas del mundo, de nuestro país y de nuestra región, narrados siempre de una forma chusca y amena utilizando modismos del habla que todos hemos pronunciado alguna vez, o que por lo menos escuchamos o hemos escuchado.
Las dos columnas de Paco Amparán eran El comentario de hoy, que salía de lunes a viernes; y Los días, los hombres, las ideas, líneas domingueras que generalmente relacionaban el panorama actual del orbe con la historia y que trataban sobre temas interesantísimos; en esta columna de Amparán aprendí mucho más de historia que con los maestros de la SEP que me tocaron en primaria y en secundaria, a diferencia de cuando cursé el bachillerato, porqué déjenme decirles que la maestra de historia que asignaron a mi grupo de la prepa era toda una chucha cuerera (frases así escribía Amparán).
Don Paco, de más está decir que lo vamos a extrañar sobremanera, muchísimo; la Comarca ya no será la misma sin sus palabras en la radio y El Siglo de Torreón, periódico que sin usted padece un tremendo hueco difícil de llenar, cómo los baches sin fondo de Torres.
Que le vaya muy bien Don Paco, y no se deje del payaso; aunque no dudo que usted lo tenga bastante entretenido y a carcajadas.