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viernes, 9 de julio de 2010

Acequias 52


Ayer por la tarde en Librerías Gandhi sucursal Torreón, a eso de las 19:30 hrs., fue la presentación del número 52 de la revista literaria Acequias, que publica la Universidad Iberoamericana Torreón. La chamba, la que me da el pan nuestro de cada día, me enclaustró toda la tarde en un curso de capacitación y desgraciadamente no pude asistir al evento. En cuanto salí del aula, a eso de las ocho pasadas, convertí mi auto compacto en una saeta de fuego (esta metáfora me la fusilé de Harry Potter) y llegué a Gandhi a las ocho y media, pero ya no encontré a ninguno de los presentadores ni al público que asistió a conocer el nuevo número de la publicación. No me quedó de otra que agenciarme un buen bonche de Acequias que me encontré en la mesa de centro del área de café con que cuenta la librería y que es generalmente donde se llevan a cabo las conferencias y las presentaciones de lo más nuevo en cuanto a publicaciones.
Siempre que tengo el tiempo en mis manos, o más bien que el tiempo me suelta de sus manos, asisto a las presentaciones de la tremenda Acequias, cuyo timonel es el poeta sinaloense Julio César Félix, pero ayer de plano no pude.
Esta es la presentación que más me ha dolido perderme de Acequias, porqué en este nuevo número se publica una reseña de mi autoría sobre Leyenda Morgan, de Jaime Muñoz Vargas, reseña que subí a este espacio el pasado 30 de mayo.
Acequias es de distribución gratuita, o sea "de a grapa", y la pueden encontrar el las principales librerías de la región, cómo en Gandhi y la librería del FCE que está a un lado del Teatro Isauro Martínez, y en los centros culturales comarcanos, cómo el Icocult y el CINART (que ya están en las mismas instalaciones: en la antigua estación del ferrocarril de Torreón).
Una felicitación a Julio César Félix y a todo el equipo editorial de Acequias por este número 52, que, además de sus nuevas secciones que incluyen crónica y cómic, está de lujo.

viernes, 15 de enero de 2010

leer o releer


No soy muy aficionado a la poesía; más bien no soy aficionado a la poesía. Es muy raro descubrirme a mí mismo leyendo un libro de algún poeta o alguna poetisa. No sé a ciencia cierta el origen de mi ligera aversión a este género literario, considerado -por los conocedores- el que más belleza contiene entre sus líneas. Tal vez se deba a que no he leído, aun, a los poetas que en verdad valen la pena. Por recomendación compré un libro con la mayor parte de la obra de Jaime Sabines; su poesía y su prosa me fascinaron. He degustado algunos poemas completos y algunos fragmentos de Octavio Paz; también me han gustado. Por otro lado, en mis andadas de bibliófilo, me he topado con poetas, o más bien aficionados, escribidores (sí, “escribidores”, no hay error en la palabra) de una poesía que poco o nada tiene que ver con la verdadera poesía y los versos llegadores, ya sea que estén delineados bajo cierta métrica o carezcan de ella, como los versos libres. Y lo peor de todo, estos poetas ocurrentes (escriben cualquier tontería que se les ocurre) hacen hasta lo imposible por que sus líneas resulten incomprensibles a la mayoría de los mortales; es más, juraría que ni ellos saben que demonios escribieron o que fue lo que quisieron decir con sus dizque poemas.
Antier por la noche, revisando mi desordenado librero, encontré, en uno de los estantes más altos, una pequeña colección de libros de bolsillo publicados por La Fragua, firma editorial del Gobierno del Estado de Coahuila. El conjunto de libros llegó a mis manos hace algunos años como regalo de un amigo escritor que por entonces era el titular del área literaria del Icocult Laguna. Los volúmenes son autoría de escritores coahuilenses, tanto forasteros radicados en alguno de los tres ranchotes que conforman La Laguna como nacidos dentro del Estado comandado por el Profe Moreira. Recién recibí la colección, me chuté tres títulos completos, entre ellos Desierto blues, un poemario de Julio César Félix. Hasta ese momento tenía recorridas algunas páginas, no más de diez, de poemas, así que Desierto blues me pasó de noche, pero reconozco que si entendí los versos y la temática manejada por Julio César en su libro.
Como comento, antier di con el regalo literario de La Fragua y me volví a encontrar con Desierto blues, al que releí en una hora, a diferencia de la primera vez que acaricié sus páginas y que me llevó tres días recorrerlo de pe a pa. Mientras releía (¿o leía?) los poemas, me invadió una sensación que ya me había envuelto en la segunda lectura de otros libros: creí encontrarme con un libro de contenido diferente, aunque era la misma obra, tanto en edición como en físico. Los poemas de Julio César me gustaron, incluso me hicieron sentir ciertas emociones, como cuando, en unas líneas, el poeta sinaloense manifiesta la forma en que experimenta el desvelo regalado por el insomnio que padece en las madrugadas, algo muy común en poetas y prosistas, pero, reitero, Julio hace que uno lo vuelva a experimentar, aunque sea una hora del medio día el momento en que se están leyendo sus poemas. No voy a profundizar en este post sobre Desierto blues; prometo subir, lo más pronto que pueda, la reseña completa.
Ocurre que, en mis inicios como devorador de libros, leí obras muy buenas, pero con escasa experiencia ante textos de monstruos literarios como Rulfo, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Kafka, Cervantes, El Gabo, por nombrar solo algunos, y cuando saboreé nuevamente sus intensas páginas, descubrí cosas nuevas y otros enfoques. Tal vez en parte se deba a que a la mayoría de los grandes escritores me los presentaron de forma obligada en la preparatoria; la imposición, mi corta edad y la nula experiencia con la literatura me jugaron la trastada necesaria para que novelas como Pedro Páramo, Cien años de soledad y El Quijote pasaran sin pena ni gloria frente a mí. Ahora que las he releído, o más bien leído, los mundos que contienen entre sus páginas me han embelesado y atrapado para siempre. En ocasiones es inevitable que cuando mis ojos dan con el Pedro Páramo que tengo en mi librero, lo tome y lea capítulo tras capítulo con una euforia infantil, aquella que no conoce el cansancio ni el aburrimiento.
Así que, cuando, después de un buen tiempo, tomamos nuevamente entre nuestras manos las fascinantes obras de los escritores clásicos y clásicos contemporáneos, ¿Se pude hablar de releer, o en realidad leemos, realmente leemos?
Cualquier excelente libro que retomemos siempre nos tendrá en una lectura permanente debido a su rico contenido, leeremos cosas nuevas cada que visitemos sus páginas, sus mágicas páginas, como El libro de arena de Borges.